Mostrando entradas con la etiqueta quejas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta quejas. Mostrar todas las entradas

jueves, 2 de julio de 2026

Entregarse al sistema

Una película que me encanta es Good bye, Lenin. Probablemente, no por los motivos que hubiera querido el director, pero me gusta mucho, y hay partes que me han hecho llorar.

No tengo muy claro si la película es anticomunista o no lo es. A mí me reafirma en mi comunismo, pero creo que la historia de Christiane Kerner pretende ser una crítica al sistema socialista.

Os voy a hacer spoiler, pero la película tiene ya 23 años y habéis tenido tiempo de verla. Si la vais a ver, no sigáis leyendo.

La trama argumental de la película consiste en que Christiane Kerner es una ciudadana comprometida de la República Democrática Alemana a la que le da un patatús cuando, una noche de 1989, ve a su hijo siendo detenido por la policía por manifestarse contra el gobierno. Se pasa meses en coma y, cuando despierta, el médico recomienda que no le den disgustos, así que el hijo decide montar todo un teatrillo para ocultar que han desmantelado la RDA y están en proceso de anexión por parte de la Alemania capitalista.

Hacia el final de la película, se descubre que Christiane no fue siempre esa comprometida ciudadana, sino que en los años 60 había planeado huir con su marido, un médico, al lado capitalista. Esto era el pan de cada día en la RDA: la guerra económica a la que la sometía el lado capitalista. Aunque los obreros manuales tenían mucho mejores condiciones y salarios en la RDA, los profesionales liberales (médicos, abogados, ingenieros) recibían mucho mejores salarios en el oeste, por lo cual se veían tentados a emigrar. En la película, el señor Kerner aprovecha un permiso para asistir a una conferencia en Berlín Oeste para pedir asilo y quedarse allí; la idea era que su mujer se reuniera con él, pero tras el no retorno de él, la agencia de seguridad empieza a seguirla de cerca, impidiendo así que ella se fuera. Es la frustración de ella por no haber podido marcharse la que la empuja a entregarse al sistema socialista y colaborar con él activamente, por lo cual empieza a recibir reconocimientos y medallas.

¿Por qué pienso en esta historia? Porque yo vivo en una frustración constante con el sistema capitalista y con el trabajo. Vivo y trabajo cada día con la esperanza de un día no tener que hacerlo más, pero la frustración va en progresivo aumento, entre otras cosas porque lo único que me podría permitir eso sería una lotería cuyas probabilidades son ínfimas. Sería más sencillo venir contento a trabajar y a que me explotaran, pero mi historia no es la de Christiane Kerner y yo, por desgracia, no tengo la opción de colaborar con un sistema que realmente me favorece.

¿A estas alturas, a estas edades, puede uno cambiar el chip y entregarse al trabajo asalariado, a la extracción de plusvalía como si fuera algo natural y enriquecedor?

viernes, 15 de mayo de 2026

Mayo

Buenos días, amiguis,

hace unos meses que no me paso por aquí a contar nada, supongo que porque la vida me tiene sumido en una espiral rutinaria donde nada pasa, salvo el tiempo, y nada cambia, salvo yo, que me hago viejo y gordo.

De hecho, la rutina ha pasado a un nuevo nivel porque en condiciones normales, a estas alturas de mayo yo estaría inmerso en mi espiral eurovisiva, y este año no lo estoy siguiendo (por primera vez desde 1995). Mi querido Aitor asegura que son necesarios los acontecimientos temporales para la salud mental y probablemente tenga razón.

El otro día escribí un texto un poco sombrío para mi blog en serbio donde hablaba sobre el tempus fugit y mis vacaciones. Porque recientemente (la semana pasada) he estado visitando a mi familia, y aunque el desasosiego de pensar qué estoy haciendo con mi vida no me ha dado tan fuerte como en julio del año pasado, sí que es verdad que lo he vivido con otra perspectiva.

Por lo demás, poco más os puedo contar. Vendrán tiempos mejores. O ningunos en absoluto, que también está bien.

lunes, 23 de febrero de 2026

El negocio de los datos

Querides amigues, hace un mes tomé la decisión de ir mudando mis servicios de Google a Proton.

Siempre he sido bastante descuidado con mis datos online. Y no me refiero a darle mi dirección a cualquiera con el que hable, obviamente, sino a las empresas. No he sido descuidado hasta el punto de ser temerario, o eso creo, pero hasta hace poco no me importaba que las empresas tecnológicas tuvieran mis datos. Lo asumía como parte de la experiencia de estar en línea: sabía que por usar un servicio u otro, iba a perder privacidad, porque así funciona Internet desde hace unos años, desde que empezaron a funcionar las redes sociales.

Cuando empezaron Facebook y MySpace (recuerdo que fueron sobre la misma época, pero no recuerdo cuál fue primero), me parecían sitios fabulosos para compartir aficiones con amigos. Me parecían la evolución de los foros, aunque todo en un mismo sitio, centralizado en una página con tu identidad, no separado por temáticas. Eso era, por un lado cómodo, porque estaba todo en el mismo sitio y no tenías que visitar diez webs para ver las novedades; por el otro, inconveniente por no poder segmentar públicos (a lo mejor a tu tía segunda no le interesa leer tu top 5 de videoclips de Lady Gaga). Pero bueno, nos acostumbramos y fuimos haciendo. Ni que decir tiene que así murieron los foros.

Por esa época, una de mis series favoritas, The IT Crowd, sacó un capítulo donde parodiaban las redes sociales. El capítulo se llama «Friendface» y en él los protagonistas se dan de alta en una nueva red social, a cambio de que (lo dicen expresamente) sus datos ahora pertenezcan a Friendface y puedan hacer lo que quieran con ellos. Conforme avanza el capítulo, los protagonistas se enganchan a estúpidos juegos que los hacen estar despiertos hasta altas horas de la madrugada y caen víctimas de la publicidad invasiva (¿nos suena?).

A mí en esa época, el capítulo me pareció divertido, por supuesto, pero también consideré que era una grotesca caricatura, demasiado exagerada. No le di más importancia.

Con el tiempo se fueron destapando prácticas no muy limpias (o directamente ilegales) en las que Facebook había incurrido. Venta de datos, censura, promoción de contenido de ultraderecha, permisividad con el discurso de odio... Digamos que Facebook fue la primera, pero poco a poco estos escándalos iban a ir salpicando a casi todas las demás redes sociales.

También con la edad uno empieza a comportarse de manera diferente en Internet, haciendo vida online de manera diferente. Por un lado, el ir haciéndose viejo, y por el otro, enterarse de todo lo que hacen las redes sociales a tus espaldas, hace que uno comparta menos información o lo haga de manera diferente.

Sin embargo, asumía que era normal que Google tuviera casi todos mis datos, porque al fin y al cabo, mi teléfono usa un sistema operativo de Google, utilizo un montón de servicios de Google, y simplemente por llevar mi móvil encima saben dónde estoy y qué hago. Todos nos hemos dado cuenta en algún momento de que el teléfono nos oye, que si hablamos de algo en presencia del teléfono, un par de días después nos muestra publicidad relacionada con eso. Mi razonamiento, quizá para no darle más vueltas, era «bueno, no pasa nada porque me conozcan, ¿qué van a hacer? ¿Ponerme publicidad que me interese?»

El giro del mundo a la ultraderecha en 2024-25 y la manera en que todas las grandes tecnológicas están encantadísimas de colaborar con Trump y su régimen fascista me ha hecho replantearme mi presencia online. No voy a renunciar a relacionarme con gente por Internet, porque es la manera en que hago vida social. No obstante, creo que es buena idea tomar ciertas medidas. Por un lado, dejar de depender de Google para todo. Por otro, usar más servicios de empresas europeas. Y si hay que pagar por estos servicios, pues habrá que pagar. Ya sabemos que si no pagas, el producto eres tú (y tus datos).

Por todo esto, estoy empezando a mudarme a Proton, que es una empresa que asegura que la privacidad de tus datos no se verá comprometida (ninguna es perfecta, pero las hay mejores y peores, claro), situada en Suiza. Poco a poco estoy cambiando mi dirección de correo en todas las empresas donde lo he dado, ya he movido mis fotos y los archivos que tengo en la nube.

No voy a poder prescindir del todo de Google y de otras empresas grandes, pero todo paso que podamos dar para quitarles poder, bien dado estará.

jueves, 4 de diciembre de 2025

Triste día como eurofán

Si me conocéis, sabéis que soy eurofán. He sido eurofán desde chico. Con 10 años, en 1995, seguí por primera vez el festival. Me encantaron el espectáculo, las canciones, los votos, todo.

Cada año me emocionaba cuando llegaba mayo, porque sabía que iba a descubrir veinte o más canciones, nuevas de las cuales algunas me gustarían mucho. Cuando tuve internet, mi pasión creció, porque podía descubrir las canciones antes del festival y comunicarme con otros eurofans. En internet construimos una comunidad.

Eurovisión se convirtió en mi afición principal hace treinta años. Escucho canciones eurovisivas durante todo el año, no solo antes del festival. Algunas de mis canciones favoritas las conocí en este concurso. Y no puedo olvidar que este festival es el que me abrió la puerta a nuevos idiomas, especialmente al serbocroata.

Por este motivo, para mí hoy es un día triste. No estoy contento con todo lo que ha estado ocurriendo últimamente acerca de Eurovisión, en absoluto. Creo que es una vergüenza mayúscula que Israel haya participado estos dos últimos años, mientras asesinaba a miles de palestinos. Hoy se ha celebrado una votación en la UER para decidir si Israel puede seguir participando. Resulta que a la mayoría de las radiotelevisiones ya les está bien que Israel participe mientras continúa su genocidio en Gaza.

Al menos estoy contento de que las televisiones de España, Eslovenia, Países Bajos e Irlanda hayan decidido retirarse. Es la única decisión acertada y la apoyo.

A las dos últimas ediciones apenas les hice caso, pero el próximo festival no voy a seguirlo. No tengo ni ganas ni la capacidad moral para hacerlo.

viernes, 31 de octubre de 2025

¿Tú no estabas enfadado conmigo?

Tengo una relación un poco tormentosa con los enfados. Concretamente, con el hecho de que la gente se enfade conmigo.

No es que piense que lo hago todo bien, me equivoco y no me cuesta reconocerlo. No tiene nada que ver con eso, es algo que tiene más que ver con la gestión de las emociones.

En el transcurso de mi vida, una de las cosas que he aprendido es que enfadarse es un malgasto de tiempo, de energía, de emociones. Que cuando aprecias a alguien, es mucho más constructivo sentarte y decirle: mira, no me ha gustado esto, me ha hecho sentirme mal. Por eso, es raro que me veas enfadado. Puedo estar molesto, por supuesto, pero enfadarme es algo que hago un par de veces al año, quizá, y me voy por lo largo.

(Es de lo poco positivo que me llevo de la relación con mi último ex. Ejercité y desarrollé la paciencia de una manera sobrehumana.)

Sin embargo, me cuesta entender (mejor dicho: no acepto) que la gente se deje llevar por la irracionalidad y, cuando tiene un desacuerdo conmigo, se enfade, en lugar de decírmelo de manera constructiva.

Sé que todos tenemos una parte irracional y que no debo juzgar a la gente por tenerla. Pero sí creo que se puede elegir hacerle caso o no. Por eso, si hablamos lo suficiente, me oirás decir que enfadarse es una decisión.

Así que cuando alguien se enfada conmigo, me enfado yo, porque me siento castigado e injustamente tratado. Porque esa persona ha decidido castigarme. Y esto hace que cuando alguien se enfada conmigo, quiera echarlo de mi vida. Es mi parte irracional, a la que me esfuerzo por no hacer caso.

Quizá es un reflejo de haberme tenido que enfrentar a muchas cosas solo. Es duro perder a gente a la que quieres, pero es más duro sentirse castigado injustamente. Ya estoy mayor para eso.

También hago el ejercicio de pensar que la gente reacciona irracionalmente a veces, y hago el esfuerzo de no separarme de esa persona, si sé que me aprecia y yo también la aprecio. Pero también es un poco molesto tener que racionalizar yo el comportamiento que es el resultado de que la otra persona no haya querido racionalizar.

De ahí viene una frase con la que he crecido, que decía mi madre, decían y dicen mis hermanas, y que es tan expresiva como, a veces (solo a veces), injusta.

¿Tú no estabas enfadado conmigo?

Es una frase que a la vez expresa tristeza, enfado, pero sobre todo despecho, y a la vez fuerza a la otra persona a hacerse cargo de sus emociones. Impide que haga como si nada hubiera pasado.

Me gustaría ser más constructivo yo también y no tener que recurrir a expresar mi despecho de esa manera. Quizá incluso sería mejor no sentir ese despecho. Pero bueno, cuando me tratan de manera irracional, comportarme de manera un poco irracional es una licencia que me permito.

sábado, 13 de septiembre de 2025

Pensamiento rápido

No es que no quiera ponerme a estudiar (para algo que ya os contaré), pero...

Por un lado, lo que tengo que estudiar es increíblemente aburrido. Me gustaría ponerme a estudiar algo que me guste, que disfrute. Por ejemplo, ahora que he vuelto de Berlín, me han entrado ganas de mejorar mi alemán. O podría aprender algo más de ruso, o de algún otro idioma, yo qué sé.

Por otro lado, ahora estoy pensando que esta es la única manera de volver a vivir donde quiero vivir. Eso significa que debería estudiar. Ahora debería estar estudiando, y no escribiendo aquí mis pensamientos.

Qué le voy a hacer. Supongo que apagaré el ordenador.

domingo, 20 de julio de 2025

Recuerdos y remordimientos

Ayer volvimos de las vacaciones. Siete días que hemos pasado visitando a mi familia en Cádiz.

Esto en sí no es nada tan reseñable, si tenemos en cuenta que vamos entre dos y tres veces al año a pasar unos días allí.

Sin embargo, esta vez me ha golpeado de una manera diferente. Estas vacaciones han sido diferentes. Tengo la impresión de que he sentido más la vida que no estoy viviendo.

Por un lado, el hecho de haber tenido que volar a Sevilla y no a Jerez me ha hecho visitar la ciudad el día que llegaba y el que me iba. Y hablo poco del tema, pero Sevilla sigue siendo la ciudad en la que más soy yo, en la que más he sido yo, y a la que me encantaría volver. Soy gaditano porque nací y me crié allí, pero soy sevillano porque pasé allí trece años y porque me hice un adulto en Sevilla.

Y porque demasiado a menudo pienso que jamás debí irme de allí, que debí seguir buscando trabajo allí.

Por el otro lado, el tiempo que hemos estado en Cádiz hemos hecho más cosas de las que hacía cuando vivía allí. He visitado la escuela de idiomas, aunque solo fuera para reclamar un título (que al final no me han entregado, ha sido una historia para no dormir que ya os contaré). Hemos ido a la playa de Camposoto, que es mi favorita y a la que el año pasado no fuimos porque no estaba en buenas condiciones. Hemos ido a la Feria de la Isla, después de tantos años sin haberla visitado; sin ser yo un feriante acérrimo, me gusta ir, dar una vuelta, comer allí...

Y sobre todo he pasado tiempo con mi familia: con mis hermanas y con mi sobrina y sobrino.

Uno de mis grandes traumas es el tempus fugit. Es darme cuenta de que el tiempo se va y no vuelve, de que nunca seremos más jóvenes de lo que somos ahora.

Y a mí me está pesando mucho no haber pasado más tiempo con mis sobrinos cuando vivía en Sevilla, y no poder hacerlo ahora que vivo en Barcelona. Por eso tengo que aprovechar el tiempo cuando estoy con mi familia.

También me está haciendo pensar mucho en qué estoy haciendo con mi vida, por qué estoy en Barcelona, por qué tomé las decisiones que me llevaron a estar aquí y si no hubiera sido mejor tomar otras.

Por todo esto, el día de hoy está siendo duro, muy duro. Supongo que ya pasará.

jueves, 19 de diciembre de 2024

El academicismo, el conservadurismo y el inmovilismo lingüístico

Hace años que quiero escribir aquí sobre estos temas. No tengo claro cómo estructurar el texto, y tampoco tengo mucho que decir, salvo quejarme de estas actitudes.

Recientemente he tenido dos interacciones en Bluesky que me han hecho pensar de nuevo en esto.

Ya os comenté hace diez años, en esta publicación sobre la incompetencia comunicativa, que la gente era excesivamente academicista. ¿A qué me refiero con esto? A dos cuestiones.

Por un lado, existe la actitud generalizada de tomar las prescripciones de la Academia como leyes a las que hay que adherirse en todo momento y en todo lugar, que además son infalibles y siempre correctas. Por ello, si en algún momento te desvías de esas prescripciones, estás hablando (o escribiendo) mal.

Por el otro, además, estas prescripciones se asumen como inmutables, talladas en piedra y merecedoras de conservarse por los siglos de los siglos. La consecuencia de esto es que cualquier modificación que haga la Academia de su propia normativa será inadecuada, inapropiada, incorrecta, y va a debilitar el idioma, empobrecerlo, corromperlo o cualquier otro verbo negativo que se os ocurra.

La mejor muestra de esto son las reformas ortográficas. ¿Cuánta gente rechaza las reformas ortográficas, añadiendo frases tópicas como que son la resistencia? Lo mejor es que estas personas se creen con mejor criterio que la Academia, a la que consideran que se ha traicionado a sí misma por haberse desviado de las inmutables e infalibles reglas.

A día de hoy tenemos un nutrido grupo de infelices que defiende a capa y espada la ortografía que aprendieron en el colegio, tanto en castellano como en catalán. En castellano porque la Asociación de Academias eliminó acentos en 1999 (guion, pio, rio) y en 2010 (solo, este, aquel), y en catalán porque el Institut d'Estudis Catalans en 2016 y la Acadèmia Valenciana de la Llengua en 2018 redujeron la cantidad de acentos diacríticos a quince.

Esto no es más que conservadurismo e inmovilismo, y no tiene ninguna justificación lingüística.

Estas personas tan preocupadas por la corrupción y el empobrecimiento del idioma, en su mayoría, no se han parado a pensar en las reformas anteriores a la ortografía que aprendieron en el colegio. La ortografía castellana fue reformada en 1959 para eliminar los acentos en palabras como fue o fui, y las consonantes superfluas en oscuro o sustancia. ¿La lengua se ha corrompido porque ya no escribimos esa substancia fué obscura? Sabemos que la respuesta es que no.

Y podríamos hacer lo mismo con cualquier modificación anterior de la codificación castellana, incluso antes de la Academia (sí, había vida y había el mismo idioma antes de la creación de la Academia).

Empecemos por partir de la base de que la ortografía es un convenio arbitrario. La ortografía nos sirve como criterio para poner por escrito lo que hablamos, que es la lengua oral real. Pero el proceso de reducir la lengua oral real (formada por sonidos) a signos gráficos puede hacerse de miles de maneras, y la ortografía que conocemos, la oficial que nos han enseñado en el colegio, solo es una de ellas. De hecho, es obvio que no todos los que creemos hablar la misma lengua (la lengua es un constructo sociopolítico, pero eso para otro día) la hablamos de la misma manera, incluso aunque la escribamos igual: la equivalencia entre grafías y sonidos es diferente para cada grupo humano, incluso para cada persona.

Podríamos escribir esta misma lengua:

  • con caracteres ideográficos que nos inventemos, o con emojis
  • con los caracteres ideográficos que usan los chinos, ya sean los tradicionales o los simplificados
  • con los silabarios japoneses
  • con un abjad, escribiendo solo las consonantes, como hacen los hablantes de árabe (de hecho, ya se escribía así el mozárabe, estrechamente emparentado con el castellano)
  • con otro alfabeto, como el griego o el cirílico
  • con nuestro mismo alfabeto, pero usando otros signos: si decidimos que el signo s se pronuncia como una f, se le cambia el significado al signo y sigue siendo válido en ese sistema
  • de cualquier otra manera, siempre que sea conocida y compartida por varios hablantes

...y todas estas maneras serían válidas porque permiten la comunicación.

De las dos interacciones que os hablaba, en la primera me decían que eliminar el acento de solo debilitaba la lengua, aunque no fueron capaces de explicarme por qué y al insistir me acabaron bloqueando. ¿Cómo la eliminación de ese acento puede debilitar una lengua como la castellana? ¿En qué puede debilitarse la lengua castellana? ¿Va a haber gente que deje de hablarla por eso?

La segunda, mucho más civilizada, fue con un chico que defendía la coma vocativa en todos los casos y situaciones, a lo cual le dije que yo no la uso en algunas, de manera consciente y decidida. En concreto, en publicaciones de microblogging (como Bluesky) o en memes. Tanto la utilización como la supresión de la coma vocativa añaden un matiz emotivo o contextual al escrito. Y esto es así porque, igual que la lengua oral ha tenido siempre registros de uso mientras que la escrita los tenía mucho más limitados, desde la aparición de Internet y de la mensajería instantánea los registros de uso de la lengua escrita se han multiplicado, y la misma variabilidad que antes teníamos en la lengua oral (no solo en léxico, sino también en entonación, ritmo, gestos...) ahora la tenemos en lengua escrita, para lo cual nos hacemos servir de variaciones en la ortografía, la puntuación, o el uso de emojis o emoticonos (que algunos lingüistas ya consideran un tipo de signos de puntuación).

¿Qué hacer frente a esto? Difícil de decir. Muchas de estas ideas academicistas se transmiten en el colegio y en la familia durante la infancia, y son muy difíciles de combatir. Sí que es cierto que las redes sociales están permitiendo que muchos lingüistas hagan a la gente pensar sobre estos temas y cuestionarse lo que habían aprendido. Espero que sea un comienzo para derribar estas perjudiciales ideas respecto a la lengua.

lunes, 11 de noviembre de 2024

Termina de aprender una lengua

Leo en el blog de mi querido amigo Aitor un texto muy bueno sobre lo que la mayoría de la gente piensa acerca del estudio de idiomas.

Hace mucho que estudio idiomas solo por curiosidad. No solo para comunicarme, sino para saber: me interesa mucho cómo funcionan los idiomas, cómo se expresan las cosas.

Sin embargo, la gente no entiende así los idiomas. La mayoría de la gente piensa que las lenguas solo son útiles para entenderse. Por eso hay muchos que se alegrarían si todos habláramos el mismo idioma. Y además, mucha gente no entiende que a alguien le interese estudiar lenguas menores.

Desde chico he tenido que aprender inglés en el colegio, no es nada extraño, todos los escolares tienen que aprender inglés. La primera lengua "menor" por la que me interesé fue el portugués, cuando tenía 13 años. Dado que la estudiaba por mi cuenta e informalmente, mi familia lo encontraba extraño, pero no le daba importancia.

Las cosas fueron diferentes cuando me apunté a estudiar alemán en la Escuela Oficial de Idiomas, con 15 años. Mi madre estaba de acuerdo en que era un idioma útil y que era buena idea, pero ella no habría elegido como yo. Me dijo, "yo preferiría que terminaras el inglés". Terminar. Como si fuera posible.

¿Cuándo terminamos de aprender un idioma? ¿Conocemos del todo el nuestro propio? ¿Acaso podemos hacerlo? Yo pienso que no.

Entonces, ¿qué significa terminar de aprender inglés? Bajo este criterio, ¿cuándo es aceptable empezar a aprender otro idioma? No redundaré en la idea porque ya me habéis entendido.

Solo es un ejemplo de la reacción hacia el alemán, aunque sea una lengua muy popular. Cuando se trata de lenguas menos populares, esta reacción se magnifica. Me pasó lo mismo cuando aprendí catalán. En este caso, además, se trataba de política. Crecí en una zona monolingüe, donde mucha gente tiene una actitud insana hacia otras lenguas del Estado. Y esa gente no cree que sea útil aprender catalán. De hecho, les gustaría que el catalán desapareciera, y que los catalanes y valencianos hablaran solo castellano.

(Por suerte, también hay mucha gente que respeta otros idiomas).

Con el tiempo, la gente ha empezado a respetar mis intereses y aficiones. Cuando era joven, recibía multitud de juicios no solicitados sobre el catalán y sobre mi decisión de aprenderlo. Eso ya no me pasa. Cuando la gente se entera de que aprendo serbio, algunos preguntan por qué, pero nadie me ha dicho que es inútil ni que sería mejor que aprendiera otro idioma.

Creo, como Aitor, que detrás de todo esto se encuentra una mentalidad perversa, la del capitalismo. Todo lo que hacemos debe ser productivo, debe ser útil: y algo solo es útil cuando te permite ganar dinero. Aprender lenguas menores para hablar con gente no es productivo, y por lo tanto no es útil. Aprender para entender libros de otras culturas no es útil, aprender para saber qué pasó y por qué ocurrió no es productivo, no es útil y, por tanto, solo es aceptable si te sobra el tiempo libre.

Yo rechazo este punto de vista y continuaré estudiando idiomas, me da igual su extensión, me da igual su utilidad. Los idiomas me hacen feliz.

viernes, 18 de octubre de 2024

Adiós, La Oreja de Van Gogh

Bueno, si vivís en el mundo os habréis enterado de que el lunes decidieron echar a Leire Martínez de la Oreja de Van Gogh. Fue un día duro.

Que sí, solo es un grupo musical que no afecta en nada a mi vida, pero también era un grupo musical que hacía canciones que me gustaban y que me han acompañado casi toda mi vida adulta.

LODVG en mi vida

Conocí a La Oreja de Van Gogh en 1998, como casi todo el mundo. En las radios sonaba El 28 y no tardé en cogerle el gusto; tanto, que en cuanto pude fui a alquilar el CD de Dile al sol al videoclub para grabármelo en un casete (cosas que se hacían en los 90) y oírmelo una y otra vez en el walkman, hasta que por mi cumpleaños me regalaron el CD original.

Era un grupo que me encantaba, tenían muy buenas canciones, bonitas y pegadizas, y en sus apariciones en público me parecían gente sencilla y simpática.

Si bien Dile al sol me acompañó los dos últimos años de instituto, en 2000 salió El viaje de Copperpot y me acompañó el primer y segundo años de universidad. Sinceramente, no me parecía tan bueno como el primero, de hecho la segunda mitad del disco se me hacía un poco aburrida y monótona, pero podía vivir con ello, y las canciones que me gustaban me parecían muy buenas.

Me desenganché un poco con Lo que te conté mientras te hacías la dormida. Si bien una de las cosas que me gustaban mucho de ellos era que eran de San Sebastián y sus canciones estaban claramente ambientadas allí, el primer single del tercer disco hablaba de "las noches de invierno por Madrid" y, aunque es legítimo que canten de lo que les da la gana, ahí para mí perdieron esa singularidad geográfica que me había gustado de ellos. Además, Puedes contar conmigo no me llamaba nada la atención, y 20 de enero me cargaba (y me sigue cargando) muchísimo, aunque me encante Rosas y alguna otra canción del disco. El cuarto disco, Guapa, ni me lo conozco, salvo los singles, que sonaron mucho.

Así que en 2007, cuando anunciaron que Amaia se iba del grupo, no me dio mucha pena -ni alegría tampoco, porque no los seguía-. De hecho, su voz había dejado de gustarme, en los últimos singles no me sonaba igual que al principio. Al año siguiente, en 2008, dieron la noticia de que tenían nueva vocalista, una chica del Factor X (programa que yo no seguía), y que sacarían nuevo disco, y tampoco le di mucha importancia porque para mí eran ese grupo que me había gustado, pero ya no.

(No tengo nada contra Amaia Montero, igual que no tengo nada contra tantas otras vocalistas, simplemente no me gusta su manera de cantar).

Peeeero con lo que yo no contaba era con que A las 5 en el Astoria era diferente. Tenía la voz de Leire Martínez y el estilo de la música había vuelto un poco al de los inicios. Por un motivo o por otro, El último vals sonaba en la radio y no tardó mucho en gustarme, lo mismo que me había pasado diez años antes con El 28. Esta vez no alquilé el disco: me lo descargué y lo metí en mi reproductor de mp3. Me oí ese disco innumerables veces.

Desde entonces LODVG no han dejado de estar presentes en mi vida, incluso cuando mi ritmo de vida me ha hecho estar menos pendiente de las novedades musicales. A las 5 en el Astoria me acompañó durante mi primer año de vivir en Sevilla; Cometas por el cielo me recuerda a mi primera época trabajando en Atis y a viajes en coche con Fede. El planeta imaginario es, quizá, mi disco favorito de ellos y también el que más me cuesta escuchar porque me recuerda a 2017 y a lo perdido que estaba en la vida por culpa de mis malas decisiones. Por último, Un susurro en la tormenta es el disco que menos he oído y lo asocio a la pandemia y a mi año de paro, el último que pasé en Sevilla antes de venirme; me recuerda a quedadas con Aarón, a quien le encantaba también el grupo.

Y por último, no puedo olvidar que en 2022 los vi en directo, vinieron a las fiestas locales de Cornellà y fui con Pau a verlos. Me divertí muchísimo, me encantaron. Lo hacían genial y además se lo pasaban bien. Me dije a mí mismo que me gustaría volver a ir a otro concierto de ellos... pero jamás pensé que no iba a ser posible de nuevo.

El final de La Oreja

Precisamente porque me han gustado tanto, y porque le tenía especial cariño a Leire Martínez, me ha dolido tanto este final. Vale, que oficialmente el grupo no está disuelto, pero me va a costar volver a escucharlos con gusto después de lo que ha pasado.

¿Que qué ha pasado? Pues que han echado a Leire de la forma más fea posible, con un comunicado unilateral en redes en el que dejaban claro que ya no contaban con ella, como si ella no hubiera sido parte del grupo.

No solo es rastrero, sino también desagradecido, porque gran parte del éxito del grupo entre 2008 y 2024 ha sido gracias al talento y a la voz de su solista.

Sobre el motivo hay tantas conjeturas como gente en cada país fans. La historia que todos están dando por buena es la que dio a conocer Odi O'Malley, la de que alguien había propuesto a la banda un par de conciertos con Amaia y sin Leire para relanzar la carrera artística de Amaia, y al no parecerle bien a Leire han decidido echarla. Nadie se ha pronunciado oficialmente sobre esto, así que a saber si es cierto o no, pero a la mayoría de la gente le ha valido como explicación provisional.

No sé qué va a hacer el grupo ahora. Intentar encontrar una nueva vocalista sería bastante absurdo, sabiendo que se trata de un grupo veterano y asentado, que tiene mucho más tirón entre gente mayor (más conservadora) que entre jóvenes. Experimentos parecidos, como el de Presuntos Implicados con Lydia en 2008, no han sido demasiado exitosos.

Por otro lado, pocas vocalistas iban a prestarse a eso cuando han visto lo que ha pasado con Leire. Si nos fiamos de las declaraciones de Amaia, ella no está por la labor de volver al grupo.

Desde aquí, desde este blog que no lee nadie, le mando mis mejores deseos a Leire Martínez y un agradecimiento por habernos regalado su voz en tantas canciones que nos han acompañado y marcado.

miércoles, 15 de noviembre de 2023

Viaje a Belgrado y mi relación con el serbio

(Con el serbio-idioma, no con ningún hombre de etnia serbia).

Recientemente estuve en Belgrado y me gustaría hacer una crónica, pero no me apetece que sea un texto lleno de lugares comunes y tampoco tengo un conocimiento suficiente como para hacer un análisis sociológico serio, así que ya veremos lo que escribo.

Por otro lado, volví de allí bastante frustrado porque me costaba mucho hablar y entender a la gente y no veo que esté mejorando en estas dos disciplinas. He retomado mis clases online con mi profe (al que conocí en persona allí, por cierto), pero más por racionalidad que por genuinas ganas de continuar. Lo he hecho porque pienso que no debo tirar la toalla, pero emocionalmente quiero dedicarme a algún idioma que pueda aprender fácilmente. Quizá es que eso ya, a mis edades, no existe.

Pau sigue diciendo que he aprendido un montón en un año y que para ser una lengua eslava voy progresando muy bien, y debería fiarme de él porque para algo es eslavista. Simplemente yo no tengo otras referencias y mis sentimientos respecto a mi aprendizaje son un poco montaña rusa.

He pasado por estas etapas:

  1. Empiezo a aprender lo básico y me entusiasmo porque entiendo algunas letras de canciones que he cantado toda la vida.
  2. Pues no es tan difícil la gramática, lo de no tener artículos es una maravilla. Solo hay un pasado y solo hay un futuro, estupendo.
  3. Malditos aspectos verbales. Malditos posesivos. Malditos números. Malditos clíticos.
  4. Por qué no entiendo nada de lo que leo y oigo si llevo tanto tiempo estudiando. Por qué no soy capaz de decir una frase básica sin pensarla cinco minutos.
  5. Nunca voy a conseguir aprender esta lengua.
  6. A lo mejor con muchos años de estudio... y si no pierdo la paciencia antes...
Ahora mismo oscilo entre la 5 y la 6, según el humor del día y según lo que haya intentado oír y entender. Espero pasar más etapas y no quedarme ahí para siempre.

domingo, 2 de julio de 2023

El fin de Twitter

Desde que Elon Musk, ese pedazo de mocoso inútil (¡aquí lo puedo decir!), compró Twitter, la cosa ha ido de mal en peor. Y ahora parece que casi se lo ha cargado del todo, con las limitaciones a los tuits vistos porque no ha pagado el precio de los servidores de almacenamiento.

Que Twitter aún aguantará, pero cada vez peor, con menos gente, menos tuits, y mucha peor calidad. Últimamente se ha convertido en un nido de fascismo por culpa de dicho imbécil.

No voy a mentir, me da pena. Me uní a Twitter en 2008, aunque empecé a entrar regularmente alrededor de 2014, cuando estaba con Fede. Gracias a Twitter conocí a algunos de mis mejores amigos; mi grupo valenciano de amigos ha salido de Twitter (posteriormente también he conocido a más gente, de Sevilla y de Barcelona, como mi pareja actual).

(También culpo a Twitter de mi catástrofe personal de 2016, pero no nos detendremos en eso).

No solo la gente, también es la cantidad de cosas que he aprendido. Gracias a Twitter me he acercado mucho a la historia y cultura del País Valenciano, aprendí mucho sobre el marxismo-leninismo, sobre el movimiento LGTBI+... además de una gran utilidad, que es estar al día de lo que pasa.

Sin ser una red perfecta, porque tenía un puñado de defectos (que se han acrecentado desde que Musk está al volante), tenía una serie de ventajas que la hacían mi red social favorita: inmediatez, brevedad, y la posibilidad de interactuar fácilmente con gente que no conoces, sin tener que establecer una relación más allá de la respuesta o retuit a algún tuit puntual (a diferencia de lo que pasa en Facebook, donde normalmente te mueves entre tus contactos mutuamente aceptados y las toneladas de sugerencias basura que ahora te hace esa red).

El auge del fascismo y la vía libre a los bots propagandísticos de extrema derecha han hecho que esta red pierda muchísimo en calidad e interés, y quizá por eso la pena ya no es tanta. Que me gustaría encontrar una red parecida a lo que fue Twitter hace unos años, donde poder aprender y leer a gente interesante, de aquí o de otros lugares (viene genial para aprender idiomas), pero eso actualmente no existe, o yo no la he encontrado. Así que tocará volver a otras redes, a foros, o a canales nuevos de comunicación como Telegram.

lunes, 22 de agosto de 2022

Perdido y desesperado

Veo que no he escrito aquí en todo el año. Y si alguien sigue por aquí, me disculpo, aunque hace tiempo que este blog no pretende divertir ni divulgar sino servir de rincón de desahogo, y ya me va bien así.

El motivo para no escribir no es otro que la dejadez, pero no motivada por buenos acontecimientos. Ya todos sabéis que me contrataron en Granollers el año pasado y me mudé temporalmente a Lliçà de Vall, a la espera de aclarar cuál sería mi futuro laboral.

Estamos acabando el verano y, aunque ha habido novedades, mi vida en esencial no ha cambiado y lo que esperaba que fuera temporal, cuestión de un par de meses, se está alargando mucho más de lo que me gustaría. En el trabajo me han hecho indefinido, pero sin la subida salarial que prometieron ni perspectivas de cambiar de puesto a algo que encaje más con mi preparación. Con el sueldo que tengo tampoco puedo alquilar nada por mi cuenta, y vivir en un sitio compartido y con miles de reglas la verdad es que me está limitando mucho.

El resultado está siendo desastroso para mi salud mental, aunque hago lo posible para salir a flote, como ir al gimnasio (que es, básicamente, la única actividad que hago durante los días laborables, aparte de trabajar y hacer la compra). Los fines de semana, por suerte, los paso con Pau, al que tengo que agradecer que sigo vivo y cuerdo.

El pensamiento recurrente hace unos meses era que me equivoqué eligiendo venir, aceptar este trabajo y mudarme, dejando toda mi vida en Sevilla y alejándome de mi familia, para acabar en un pozo donde mi vida ha perdido casi todo el interés.

Hoy no pienso eso, he hecho un ejercicio de análisis nietzscheano y he asumido que no pude haber tomado otra decisión porque estar en Sevilla y sin trabajo me agobiaba. Era feliz yendo a clase y disfrutando de mi ciudad, pero por desgracia eso no iba a durar para siempre, y las oportunidades laborales en la zona no abundan. No está claro que me hubiera salido algo allí.

Una vez asumida la decisión y sus consecuencias, ahora lo que pienso es que de este pozo me va a costar salir (si es que salgo). Hasta que no me contraten en otro lugar, la cosa no va a mejorar, y a saber si eso ocurre y cuándo. He hecho alguna entrevista, pero cada día que pasa sin saber de ellas es un día más que pierdo la esperanza de que algún día la vida sea mejor.

Dicho esto, al menos espero que os hagáis una idea de por qué no escribo mucho más por aquí. Deseame suerte y a ver si la cosa mejora pronto, para poder volver a hacer posts menos serios y más divertidos. Besis. 

lunes, 25 de octubre de 2021

Te echaré de menos, Sevilla

Trece años (y tres meses). Se dice pronto, pero trece años de treinta y siete son más de una tercera parte. Trece años son los que he pasado en Sevilla. Prácticamente toda mi vida adulta.

Llegué a esta ciudad un 19 de julio de 2008, un sábado. Me mudé ese día, era la primera vez que iba tan lejos con mi coche, un Kia Picanto de segunda mano; solo tenía cinco meses de carnet y me preocupaba hacer un camino tan largo. Dicho camino acabó cuando vi aparecer, desde la carretera, mi puente favorito, que me avisaba de que ya estaba aquí; de que, como a una Violet Sanford de la vida, la gran ciudad me esperaba.

Tenía la tierna edad de 23 años, venía a Sevilla para mi primer contrato laboral y, la verdad, los primeros meses se me hicieron duros. No conocía a nadie, salvo a mi pareja, Fernando. No encajaba bien en el trabajo, donde me pasaba todo el día. Así que pasaba la semana deseando que llegara el fin de semana para, o bien estar con mi pareja, o bien volver a Cádiz con mi familia.

El tiempo fue pasando, y lo que al principio me resultaba un lugar hostil, acabó por convertirse en mi casa. Hasta el punto de que fue el lugar donde retomé mis estudios y los acabé; donde encontré amigos de los buenos, de los que son para siempre.

No se me olvida la primera vez que me describieron como sevillano. Fue en 2011, estaba trabajando en Toulouse y habíamos salido unos cuantos de excursión, a Rocamadour. Nos cruzamos con unos españoles que preguntaron de dónde éramos, y mi compañera Sonia dijo, «somos de Sevilla». Que lo haría por generalizar y porque en una respuesta genérica no pega decir «pues trabajamos en Sevilla pero hay gente de Cádiz, de Córdoba, de Málaga...» no, no pega. Pero la cuestión es que me sentí englobado en los sevillanos y mira, me gustó. Y empecé a asumir que ya era un poco sevillano.

Han pasado diez años y ahora yo mismo me considero parte de esta ciudad, y no puedo negar que esta ciudad forma parte de mí, ha moldeado bastante mi forma de ser, mi personalidad, mis experiencias (incluso mi acento). Y aunque juego a menudo la carta de «yo puedo decir que esta ciudad es preciosa, porque no soy de aquí», realmente estoy mintiendo un poquito, porque sí que lo soy.

A la izquierda, junio de 2008, justo antes de mudarme.
A la derecha, octubre de 2021, mi último mes en la ciudad.


 

Pero, sin esperarlo, esta etapa ha llegado a su final. Cuando más enraizado me sentía, cuando estaba ya empezando el máster e incluso planteándome comprar alguna casa en la ciudad o alrededores en cuanto tuviera trabajo, el mundo laboral me envía fuera, en este caso a Catalunya. Y a pesar del cariño que le tengo a esta ciudad y a todos los amigos que tengo aquí, incluso al hecho de tener a mi familia a una hora de coche, no tengo más motivos para quedarme cuando el trabajo me hace irme.

Se me está haciendo duro, muy duro, recoger todo lo que tengo aquí y pensar que me voy a ir, sobre todo porque no sé si volveré. De visita, claro que sí, siempre puedo, pero no sé si volveré a vivir aquí. Y eso me duele un poquito.

Pero por mucho que duela, hay que aceptar la vida y hay que intentar pensar en positivo. Espero que Catalunya me trate bien.

jueves, 29 de julio de 2021

Admitido... y renunciado

Cariños, mi último drama viene porque soy un poco quieroynopuedo. Aunque ya me conocéis y me queréis así.

Y es que en cuanto terminé el grado, eché la preinscripción para hacer un máster. Aunque mi primera idea es ponerme a trabajar, si no me saliera trabajo no quiero estar ocioso, así que me preinscribí. Aquí en Andalucía se gestiona mediante el Distrito Único Andaluz (cuya adjudicación debe salir durante el día de hoy): una preinscripción única para todas las universidades públicas andaluzas.

También se me ocurrió echar la preinscripción para un máster que me parecía interesante en la Universitat Politècnica de València (UPV). Ya había visto el precio, que era más caro, pero la idea de vivir y estudiar en València me parecía atractiva. Igualmente, no me tenía que preocupar mucho porque no entregué carta de motivación y mi carrera no era preferente para el acceso, así que probablemente no me admitirían.

Un carajo pa mí. El lunes me enviaron un mail diciendo que estaba admitido, y que tenía que formalizar la matrícula entre el martes a las 13:00 y la noche del miércoles.

Ahí comienza la rallada. No tengo tiempo para pensarlo. ¿Debo inscribirme y largarme a estudiar a València, o dejar pasar la oportunidad de irme a un lugar donde me apetece estar?

Así que después de pensarlo durante la noche y toda la mañana del martes, decidí dejarlo pasar. El máster en València es más caro, tendría que organizar una mudanza, buscar piso, y a fin de cuentas irme a vivir allí sin perspectiva de ingresos. Estaría igual que aquí pero gastando más dinero. Y el único punto a favor es la ilusión que me haría irme.

Ha sido una de esas decisiones que duelen. Pero creo que ha sido lo más razonable.

Seguiré intentando irme, pero me iré con algún trabajo ya conseguido, con las cosas bien hechas.

sábado, 17 de octubre de 2020

Está bien pero no mucho

Me vais a dejar que sea un dramático aquí, que apenas entra nadie a leer, y hasta me alegro porque así me siento un poquito más libre para soltar mi drama. Hasta en la candado de Twitter me lee más gente.

Hablando con dos amigos el otro día llegaba a la conclusión de que, bueno, una parte de conocerse a sí mismo es ser consciente de las fortalezas y debilidades. Un análisis DAFO (o SWOT), como dicen ahora en los círculos modernos empresariales, de esos estudios modernos que se hacen para poder competir en el mercado y tener mucho éxito.

Y llega el momento en que el resultado de ese análisis es que no tienes fortalezas. Debilidades hay, y un puñado, pero fortalezas no. Porque lo haces todo de manera aceptable, pero no destacas en nada. Eres un 6 en casi todo, pero un 10 en nada.

Como me enseñó Miquel, mi amigo de Terrassa, «puedo hablar cinco minutos sobre cualquier tema pero diez sobre ninguno», y en ese momento pensaba que era algo bueno.

(Claro que en su caso era mentira, porque él es experto en su campo, la musicología). En fin, no me desvío del tema.

Eres agradable, pero sin pasarte, porque al cabo de cierto tiempo sueltas alguna bordería o subes el tono. Eres resultón, pero no guapo. De cuerpo estás demasiado gordo para los que buscan atléticos, y demasiado delgado para los que buscan osos. Eres cariñoso, pero a los quince minutos estás pidiendo aire. Eres inteligente, pero a un nivel normal. Chapurreas un par de idiomas, pero no hablas bien ninguno. Sabes hacerte de comer, pero no sabes cocinar.

Te doy tres estrellas, muy merecidas
 

Sobrevives, pero no vives.

Bueno, ágil no eres. Eres torpe de cojones. Un borracho de 60 años tiene mejor coordinación psicomotriz que tú.

Ah, oye, y ahora además estás en paro, así que tampoco puedes aportar estabilidad.

Así que no, no eres buen candidato. Encima te vas a quejar.

Solo es cuestión de aceptar que eres así y hay poco más que hacer. Así que o dejas de fijarte en gente a la que no tienes nada que aportarle, o te quedas solo y bien contento, que peor sería estar con alguien tóxico.

Sí Dani, que eres un dramático, que para un tío que no ha querido quedar contigo ya estás montando un pollo. Pues oye, sí. Y como he dicho otras veces, que soy plenamente consciente de que no se me acaba el mundo y que de todo se sale. Pero oye, un poquito sí que duele. Y llevaba dos años sin que me gustara nadie.

Ahora lo que toca es pasar del género humano y centrarme en el técnico, para seguir sacando seises también ahí.

sábado, 19 de septiembre de 2020

Oh, the irony

Tiene gracia (o más bien no) que, después de escribir lo que escribí el día 13, ahora la vida me diga «pues no mi ciela, ahora te vas a adaptar tú».


Y va a tocar eso, a pesar de que mi mente sea un hervidero de «tenía que haber hecho ...» / «tenía que haber dicho ...» / «debí haber evitado ...».

Ya no sirve para nada. Ahora solo se puede buscar una salida.

domingo, 17 de mayo de 2020

Por qué odio los grados sexagesimales

Es hora de decirlo públicamente, odio los grados sexagesimales.

A todos os encantan los grados sexagesimales. Lo decís todo en grados, ponéis la calculadora en grados. Pero solo es así porque habéis crecido con ellos. Os pensáis que es natural que un ángulo recto tenga 90 grados o un ángulo llano tenga 180.

Pero es tan natural como pensar que el agua se congela a 32 grados Fahrenheit o que una pechuga de pollo pesa media libra. Es decir, nada en absoluto.

Todos los sistemas de unidades son arbitrarios, cierto. ¿Por qué medimos nuestra estatura en metros y no en palmos o en pies, por ejemplo? Porque lo hemos convenido así.

Y así hemos convenido que una circunferencia mide 360 grados sexagesimales. Que tienen una historia muy chula que se remonta a Mesopotamia, pero ahí se queda, porque no sirve para nada más. Los grados sexagesimales son caprichosos como ellos solos.

Sin embargo, hace tres siglos ya definimos una unidad angular que surge de su propia naturaleza, que nace en la circunferencia y que no necesita números caprichosos para definirla. Es el radián.

El radián es el resultado de medir un ángulo por la relación entre su arco y su radio. Un radián es aquel ángulo que hace que el arco que comprende sea igual de largo que el radio de la circunferencia del que surge dicho arco. Fue descrito por Roger Cotes en 1714.

¿Cuánto mide la longitud de una circunferencia? 2π por su radio. Precisamente 2π radianes es el ángulo de una circunferencia completa. π es un ángulo llano, π/2 uno recto. Por lo tanto, un arco siempre va a ser el producto del ángulo (en radianes) y su radio.

Por esto, la unidad de ángulo en el Sistema Internacional de unidades es el radián. No el grado sexagesimal ni ninguna otra. Pero por algún motivo, y no conozco otro que no sea la resistencia al cambio, en la educación no termina de cuajar hacer los cálculos con radianes. Te acaban enseñando lo que es un radián, pero luego no lo usas nunca. Es esa unidad que estorba y no queremos entender.

Yo por tanto reivindico el radián como la mejor unidad de medida de ángulos.


domingo, 26 de abril de 2020

Retoma de contacto

Bien, mi querido Aitor me ha recordado que hace tiempo que no escribo en el blog y le tengo que dar la razón. Y de hecho, hace tanto tiempo, que he entrado en Blogger e incluso habían cambiado la interfaz. Ahora sí que parece otro servicio de Google.

También me ha dicho que no tengo que limitarme a volcar frustraciones porque acabo muy viciado. Pero en este momento es lo único que me viene a la mente.

Hace cuánto, ¿cuarenta días? que estoy encerrado en casa y los efectos no están siendo devastadores, pero los siento como pasos atrás.

Para hacer una verdadera retoma de contacto os tengo que actualizar. Por fin de año volví de Hamburgo y lo hice decidido a dejar atrás los hábitos destructivos que había adquirido en el último año. Decidí visitar una terapeuta, con quien hice algunos progresos. Entre otros, me ayudó a pasar página de lo que pasó con Juanjo, identificando lo que había estado mal en esa relación, y me dijo que en mi vida faltaban gravemente las recompensas, por eso las acababa buscando donde no tocaba.

Estaba empezando a salir más, a quedar más con gente con quien normalmente no me atrevía, cuando nos sobrevino la pandemia esta, i ahora estoy encerrado en casa sin hacer nada excepto salir a hacer la compra. Exactamente como era mi vida en el año 2005, un año para olvidar. Cuarenta días después lo que siento es que no me veo capaz de hacer nada, de tirar adelante. Por un lado, quiero que las cosas sean como antes; sin embargo, por otro, no quiero verme en la situación de tener que enfrentarme a la vida.

Tengo un trabajo adonde no quiero volver porque el ambiente se ha vuelto imposible, y en algún momento el ERTE se acabará.

Tengo una carrera que estoy dejando abandonada porque no soy capaz de ponerme a estudiar y el tiempo se me va: estamos acabando abril, han pasado tres meses de cuatrimestre y no he estudiado nada. Me he hecho un calendario de estudio que ni siquiera estoy cumpliendo. Verás qué risa el mes de junio.

La vida afectiva no existe, pero ahora mismo tengo excusa para que no exista. Cuando levanten el confinamiento no tendré y no me podré quejar de que nadie me quiere porque no estaré poniendo remedio. Hablar por Whatsapp o por Twitter es muy cómodo, pero cuando haya que quedar en persona volverán las inseguridades. Por Internet somos todos fantásticos, y si alguien no lo piensa, nos da igual porque podemos pasar de él.

Ya me he viciado de nuevo. Pero prometo que el próximo texto no será tan frustrante.

domingo, 29 de septiembre de 2019

Se nada der certo, continue fazendo nada

La libertad de saber que no te lee nadie, incluso menos gente que en la candado de Twitter.

Es domingo por la tarde. Bueno, son las 14.28, que para los alemanes ya es por la tarde, porque la hora de comer ya fue hace unas dos horas. ¿Y qué estoy haciendo? Estoy en el gimnasio.

La vista desde la bici en la que estoy. Llueve. Como todos los días en Hamburgo.

No sería nada extraño si no fuera por el motivo por el que me he venido. Y es que he decidido venirme porque tenía tal ansiedad que he abierto dos veces el frigorífico buscando comida.

Claro, "busca algo que hacer, lee, estudia, ve series". No sirve de nada si no te puedes concentrar, porque a los dos minutos de haber empezado lo quito buscando alguna otra estimulación. Y las mías son de las que te hacen sentir mal después de acabar como, por ejemplo, comer. Así que al menos en el gimnasio no puedo hacer ninguna de ellas y además me ejercito, aunque me aburra como una ostra.

Pero es que claro, mi salud mental es este meme.

This is fine.

Me obligo a pensar que todo está bien y que todo podría ser peor. Y es que es verdad, mis problemas son una gilipollez comparados con los problemas de la gente.

Estoy en Hamburgo. No me gusta vivir aquí, pero sé que se acabará dentro de tres meses. A lo tonto ya llevo aquí mes y medio.

Pero es que cuando vuelva, lo que me espera es peor. Un trabajo donde el ambiente ya estaba mal antes de venirme y donde estará peor cuando vuelva.

No puedo buscar otro trabajo porque sin estar titulado no me consideran en ningún sitio.

Pero no me puedo titular hasta que no acabe lo que me queda de la carrera.

Y no puedo dedicarme a estudiar si no trabajo, porque necesito comer. Y si dejo el trabajo, no tengo prestación por desempleo. Pero en mi empresa ya han insinuado que no van a despedirme, que si me quiero ir, debo firmar la baja voluntaria.

Todo esto sin considerar el pequeño detalle de que no creo que haya ningún trabajo para el que realmente sirva.

Desde el punto de vista social, aquí en Hamburgo estoy completamente solo. Y no me gusta. Pero tampoco quiero ver a nadie, porque me provoca una tensión que no me apetece soportar. Me vienen a la mente pensamientos que intento evitar. Siento que mis amigos y familia se limitan a tolerarme, pero que realmente soy poco más que una carga. Luego, racionalmente, pienso que no es así y que no tengo motivos para pensarlo. Pero así lo siento y esto me hace comportarme de una manera aún más rara. Hola, círculo vicioso. He vuelto a mis 14 años.

Y del emocional, ¿qué os voy a contar? Me siento atado de pies y manos. ¿Por qué, Dani? Deja ya de ser un drama. Pues mira, porque estoy convencido de que no voy a conocer a nadie que me entienda o a quien le interese. Sé que está todo relacionado con lo del párrafo anterior. Pero tampoco sé cómo llegar a conocer a nadie a quien le pueda interesar. Además de que a mí me gusta poca gente para más de un rato.

Y esto me lleva a una espiral destructiva, a querer aprovechar el tiempo que estoy aquí pero no tener ganas de hacer nada. A querer aprovechar las tardes después del trabajo pero llegar a casa tan cansado y desganado que lo que hago es comer dulces y sentirme mal. 

Así que me fuerzo a decir This is fine mientras todo arde, porque si hubiera visto alguna salida ya la habría cogido.

Y por eso estoy aquí en el gimnasio ahora.

Si nada sale bien, continúa haciendo nada, porque salió bien