Mostrando entradas con la etiqueta internet. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta internet. Mostrar todas las entradas

lunes, 23 de febrero de 2026

El negocio de los datos

Querides amigues, hace un mes tomé la decisión de ir mudando mis servicios de Google a Proton.

Siempre he sido bastante descuidado con mis datos online. Y no me refiero a darle mi dirección a cualquiera con el que hable, obviamente, sino a las empresas. No he sido descuidado hasta el punto de ser temerario, o eso creo, pero hasta hace poco no me importaba que las empresas tecnológicas tuvieran mis datos. Lo asumía como parte de la experiencia de estar en línea: sabía que por usar un servicio u otro, iba a perder privacidad, porque así funciona Internet desde hace unos años, desde que empezaron a funcionar las redes sociales.

Cuando empezaron Facebook y MySpace (recuerdo que fueron sobre la misma época, pero no recuerdo cuál fue primero), me parecían sitios fabulosos para compartir aficiones con amigos. Me parecían la evolución de los foros, aunque todo en un mismo sitio, centralizado en una página con tu identidad, no separado por temáticas. Eso era, por un lado cómodo, porque estaba todo en el mismo sitio y no tenías que visitar diez webs para ver las novedades; por el otro, inconveniente por no poder segmentar públicos (a lo mejor a tu tía segunda no le interesa leer tu top 5 de videoclips de Lady Gaga). Pero bueno, nos acostumbramos y fuimos haciendo. Ni que decir tiene que así murieron los foros.

Por esa época, una de mis series favoritas, The IT Crowd, sacó un capítulo donde parodiaban las redes sociales. El capítulo se llama «Friendface» y en él los protagonistas se dan de alta en una nueva red social, a cambio de que (lo dicen expresamente) sus datos ahora pertenezcan a Friendface y puedan hacer lo que quieran con ellos. Conforme avanza el capítulo, los protagonistas se enganchan a estúpidos juegos que los hacen estar despiertos hasta altas horas de la madrugada y caen víctimas de la publicidad invasiva (¿nos suena?).

A mí en esa época, el capítulo me pareció divertido, por supuesto, pero también consideré que era una grotesca caricatura, demasiado exagerada. No le di más importancia.

Con el tiempo se fueron destapando prácticas no muy limpias (o directamente ilegales) en las que Facebook había incurrido. Venta de datos, censura, promoción de contenido de ultraderecha, permisividad con el discurso de odio... Digamos que Facebook fue la primera, pero poco a poco estos escándalos iban a ir salpicando a casi todas las demás redes sociales.

También con la edad uno empieza a comportarse de manera diferente en Internet, haciendo vida online de manera diferente. Por un lado, el ir haciéndose viejo, y por el otro, enterarse de todo lo que hacen las redes sociales a tus espaldas, hace que uno comparta menos información o lo haga de manera diferente.

Sin embargo, asumía que era normal que Google tuviera casi todos mis datos, porque al fin y al cabo, mi teléfono usa un sistema operativo de Google, utilizo un montón de servicios de Google, y simplemente por llevar mi móvil encima saben dónde estoy y qué hago. Todos nos hemos dado cuenta en algún momento de que el teléfono nos oye, que si hablamos de algo en presencia del teléfono, un par de días después nos muestra publicidad relacionada con eso. Mi razonamiento, quizá para no darle más vueltas, era «bueno, no pasa nada porque me conozcan, ¿qué van a hacer? ¿Ponerme publicidad que me interese?»

El giro del mundo a la ultraderecha en 2024-25 y la manera en que todas las grandes tecnológicas están encantadísimas de colaborar con Trump y su régimen fascista me ha hecho replantearme mi presencia online. No voy a renunciar a relacionarme con gente por Internet, porque es la manera en que hago vida social. No obstante, creo que es buena idea tomar ciertas medidas. Por un lado, dejar de depender de Google para todo. Por otro, usar más servicios de empresas europeas. Y si hay que pagar por estos servicios, pues habrá que pagar. Ya sabemos que si no pagas, el producto eres tú (y tus datos).

Por todo esto, estoy empezando a mudarme a Proton, que es una empresa que asegura que la privacidad de tus datos no se verá comprometida (ninguna es perfecta, pero las hay mejores y peores, claro), situada en Suiza. Poco a poco estoy cambiando mi dirección de correo en todas las empresas donde lo he dado, ya he movido mis fotos y los archivos que tengo en la nube.

No voy a poder prescindir del todo de Google y de otras empresas grandes, pero todo paso que podamos dar para quitarles poder, bien dado estará.

domingo, 23 de febrero de 2014

Buenas noches, Espinete

Hace tiempo, dediqué una entrada a los libros que leía de pequeño, los de Richard Scarry que aquí fueron traducidos como «Serpentino». Hoy voy a volver a hablar de un recuerdo de la infancia.

En mi casa teníamos una cinta de casete de Barrio Sésamo. En concreto, la cinta se llamaba Espinete y sus amigos. En ella había canciones míticas de Barrio Sésamo (o a mí me parecen míticas porque de tanto oír la cinta me las aprendí, claro), como Un erizo como yo, Panadero soy, La canción de Don Pimpón o Ana. Canciones no sólo conocidas por todos, sino que incluso están en Youtube porque alguien se ha encargado de compartirlas para que no las olvidemos.

Todo eso está muy bien, pero había una canción al final del casete que era diferente. Era una canción que yo jamás había visto en ningún capítulo en televisión. Sin embargo, me gustaba mucho (y en mi casa no le gustaba a nadie, no me dejaban ponerla, jajaja), precisamente porque... cantaban en otros idiomas, no sólo en castellano. Decían una pequeña estrofa en castellano, que no recuerdo bien pero era algo del estilo:

Todos, adiós y buenas noches, adiós, hasta mañana,
nos vamos a la cama, nos vamos, nos vamos,
nos vamos a dormir.

Entonces salía una voz que no identifico, y decía: «¿qué tal si la cantamos como los niños catalanes?» y cantaban la misma estrofa en catalán. Después de eso, la misma en vasco y en gallego.

Crecí oyendo esa canción y, mientras no tenía más noticias sobre el tema, para mí era lo más normal que los catalanes, los vascos y los gallegos cantaran esa canción de manera diferente, y era guay escuchar lo raros que sonaban esos idiomas. Llegué a aprenderme que los catalanes decían algo así como anensan a durmí (que hoy en día supongo que dirían anem-se'n a dormir, lo cual tampoco es normativo) y los gallegos ímonos acochar (ni puta idea de cómo se escribe en realidad).

Hoy no sólo he descubierto que ese bonito mundo donde cada uno hablaba su idioma y todos nos amábamos no era real, sino que además si había algún atisbo de que existiera ya se ha desvanecido. Y esa canción no existe en Internet. No está en youtube, ni en eMule, ni ninguna página web habla de ella, salvo una wiki en inglés que menciona de pasada que esa canción existía.

Así que, si algún alma caritativa sabe de ella o me la puede pasar, lo agradeceré. O si la recuerda y quiere comentarlo, bienvenido sea.

Actualización (24 de febrero):  por Facebook me han hecho llegar un enlace de youtube donde estaba la canción, bien escondida por supuesto. La comparto con todos ustedes.


domingo, 23 de octubre de 2011

Nombres - reflexión corta

Cuando me registré en Facebook, una de las cosas que me sorprendieron y no me gustaron mucho era el hecho de que me pedían mi nombre real, no me dejaban registrarme con un nick (entre comillas, claro, porque si quería podía poner lo que me diera la gana en el nombre).

Hoy, cuatro años después, que Facebook (y similares) se han convertido en el centro de nuestra actividad social internáutica, esta condición que ponían al registrarse ha causado cierto efecto que me resulta muy curioso. Y es que, con la mayor parte de mis amigos, ya no me relaciono por su nick sino por su nombre real. A pesar de que a muchos no los haya conocido en persona.

A mis amigos del Mangakayjordi, por ejemplo, en su mayoría los conozco por su nombre porque de ellos, pocos escriben ya en el foro, sin embargo sigo interactuando con ellos por Facebook. De algunos incluso me cuesta recordar el nick.

Por otro lado, gracias a que el foro de Unilang está muy activo, normalmente no me refiero a ellos por su nombre real, a pesar de tenerlos en Facebook.

jueves, 27 de enero de 2011

Vehemente

Ahora es cuando me llamáis friki, pero me la suda.

He tenido una de las mayores peleas internáuticas que he podido tener en varios años. En un foro, para más gravedad, donde todo se queda escrito y a la vista para que todo el mundo pueda responder aunque hayan pasado varios días.

Me da igual ser un friki por tomarme un foro en serio, pero cuando estás a gusto en un sitio y haces amistades bastante fuertes, me parece que lo normal es tomárselo en serio. Para mí es algo serio. Y eso que no me he peleado con ningún amigo mío, sino con una chica con quien apenas he hablado (y apenas hablaría, visto lo visto). Pero ese foro es mi casa (bueno, una de mis casas) y estas cosas siempre duelen.

Duelen porque después de tres años y medio y de continuas contribuciones constructivas, haces un comentario ligeramente criticable y se te echan encima todos aquellos a los que no les gustabas y estaban esperando el desliz adecuado.

Y no me parece mal no gustarles. Al fin y al cabo soy una persona que se señala rápido, al menos en los foros. Digo lo que pienso y a veces peco de vehemencia. La educación por delante, que conste, vehemente pero educado. Sé que la culpa ha sido mía por darles la ocasión de echarse encima de mí. Pero son estas ocasiones las que te permiten discernir quién está contigo y quién va a quedar bien por encima de todo.

Recuerdo que mi querida amiga Almudena dijo una vez (y yo le di la razón) que los roces y los conflictos son buenos. Sirven para ver cómo es la gente en realidad. Funcionan como una especie de selección natural. Y esto me ha hecho reafirmarme.

¿No entendéis de qué va esto? No pasa nada. Sólo necesitaba desahogarme en algún sitio.

jueves, 5 de agosto de 2010

Gatos embotellados

Llevo diez años con internet en casa, que se dice pronto; a finales de febrero de 2000 mi hermana compró un "bononet" por el que teníamos treinta horas al mes de internet, creo que era (según esta web, costaba 4.000 pesetas, 24 euros, con el IPC de diez años serían unos 32 euros actuales).

Ni que decir tiene que los mails que recibía eran testimoniales, dado que muy poca gente tenía internet y menos aún mi dirección, claro.

Cuando entré en la universidad ya tenía tarifa plana de todo el día (y de alta velocidad, 128 kbps, ¡increíble!). En la universidad nos dimos los correos electrónicos los que teníamos internet. Y pocos días después me llegó un correo encadenado.

Para mí, hasta entonces, las cadenas habían sido esa cosa tétrica que recibías en tu buzón bajo amenaza de que, si no la reenviabas, algo muy malito le pasaría a tu casa y a tu familia. Por supuesto, las cartas encadenadas eran anónimas.

Con internet la cosa cambia, claro, porque siempre sabes quién te escribe (pueden ser identidades falsas, pero siempre aparece una identidad en el remitente). En este caso, mi compañera de clase me había escrito un e-mail. Lo abrí con toda mi ilusión y vi que era un correo encadenado en el que se alertaba de que algún insensible estaba embotellando gatos y vendiéndolos porque pensaba que así eran más bonitos.

No voy a hablar de la historia de los gatos embotellados porque una simple búsqueda en Google da más información y mejor de la que yo pueda dar. Como se esperaba, y como estaba claro, los gatos nunca habían sido embotellados, la noticia era más falsa que un duro de maera (o que un billete de cartón).

Pero claro, Internet no era lo que es hoy y hasta que te enterabas de que los pobres gatos embotellados nunca habían existido podían pasar años. De hecho yo tardé unos tres años en enterarme de que no había tales gatos, gracias a la web de una compañía antivirus que tenía una sección sobre leyendas urbanas internáuticas.

Hoy en día, por suerte, estas leyendas urbanas no resisten el más mínimo examen de Google, aunque por desgracia, mucha gente no se lo hace, se cree todo lo que le envían y lo reenvían "por si acaso". Claro está que los mails que apelan a la superstición ni siquiera son examinables, el supersticioso los reenviará siempre. Yo llevo unos ocho años sin reenviar ningún correo encadenado (que no sea divertido) y ni me han caído años de mala suerte, ni soy desafortunado en el amor, ni se ha muerto nadie de mi familia, ni me he muerto yo, ni se me ha aparecido la Begoña Verónica en el baño ni en ninguna curva de noche, ni han puesto el messenger de pago, ni me han llegado tickets de descuento para el Mercadona.

Quiero terminar recordándoos que no calentéis agua en el microondas salvo que lo hagáis en un vaso viejo y rayado o con algo dentro del agua (un palito de madera, por ejemplo) por donde pueda empezar a hervir. No es justificación para enviar un correo encadenado, pero es totalmente cierto.