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martes, 28 de marzo de 2017

Lo natural siempre es mejor

Lo natural siempre es mejor. ¿A que lo habéis oído alguna vez? ¿A que últimamente has recibido este mensaje, de una forma u otra, por varias vías y de varias personas diferentes? Se ha convertido en un verdadero bombardeo esta obsesión con las bondades de lo natural y de lo malos que son los procesos y los aditivos. Y me refiero sobre todo a la comida, pero no exclusivamente.

Os podría hablar, para empezar, de la gilipollez de los cinco venenos blancos (sal, azúcar blanco, harina refinada, arroz blanco y leche pasteurizada) que a tanto iluminado le ha dado por difundir. Según este estúpido mito, al parecer, el azúcar blanco es malo porque está refinado (pero el azúcar moreno, que tiene prácticamente la misma composición química, no es malo). Todo en orden.

Esta moda absurda es la que nos ha llevado a mirar mal el hecho de que la comida lleve conservantes. «Sin conservantes» es un reclamo típico. ¿Pues sabes qué? Yo quiero que mi comida lleve conservantes. Desde luego, prefiero eso a que se pudra, se infecte o le salga moho.

Los aditivos nos han facilitado la vida de una manera inimaginable. Si no fuera por los aditivos, solo podríamos comer lo que se hubiera recolectado o sacrificado pocas horas antes a poca distancia de nuestra casa. Sin aditivos no existiría la comida preparada o semipreparada, que a muchos os parecerá una abominación, pero hay gente que la necesita para poder tener el trabajo que tiene, por ejemplo. Sin aditivos no existirían las galletas envasadas, no existiría la bollería; no existiría la comida para bebés. Ni siquiera existirían los embutidos. El pan sería ázimo, porque ¿sabes lo que es la levadura? Exacto, un aditivo.

La modificación genética, tan denostada ahora por el asunto de los transgénicos, es la que nos ha permitido tener frutas comestibles, carnosas, con pocas semillas o con buen sabor. Ni el tomate, ni el plátano, ni la sandía, ni el maíz se encuentran en la naturaleza tal y como los conocemos. Por favor, ni siquiera la naranja es un fruto natural. Te invito a que pruebes un día una zanahoria salvaje, a ver si eres capaz de comértela.

Estamos comiendo cada día productos de la agricultura, productos genéticamente modificados durante siglos mediante cruces e injertos; pero rechazamos que se pueda cultivar trigo sin gluten, que permitiría hacer pan para celíacos de una manera mucho más barata… porque es transgénico. Mejor dejarse llevar por bulos y leyendas urbanas que facilitarles la vida a los celíacos.

Dejemos ya de idealizar «lo natural»: no todo lo natural es bueno ni beneficioso, y no todo lo creado por el ser humano es malo ni perjudicial. Cocinar no es natural. Vestirse no es natural. Utilizar la electricidad no es natural, ni la mecánica.

¿Sabes lo que es natural? Natural es hacerse una herida y dejar que se gangrene. Natural es morir de polio a los 10 años. La tuberculosis es natural, el cáncer es natural. ¿La quimioterapia? No, la quimioterapia no es natural. Y no te recomiendo que intentes curarte de cáncer por métodos «naturales», porque todos los que lo han intentado están en el hoyo, desgraciadamente.

Abramos los ojos de una vez. Sí, en la sociedad hay problemas de salud graves, problemas que podríamos y deberíamos solucionar para mejorar. Pero nos encontramos ante la sociedad más sana y más longeva de la historia… ¿seguro que no ha tenido nada que ver que nos hayamos alejado de «lo natural»?

Aceptemos que nuestra sociedad no es «natural», pero es que tampoco le hace falta serlo. Y en vez de dejarnos llevar por el primer iluminado, por el primer blog que nos encontremos alertando de los peligros de cualquier alimento, recurramos a la ciencia y oigamos lo que nos tiene que decir. No, la harina de trigo no es mala. No, el azúcar blanco no es ningún veneno. Ni el glutamato, ni los colorantes, ni la sacarina. Ni, desde luego, la leche (salvo para los intolerantes a la lactosa o los alérgicos a la proteína de leche de vaca).

No hemos llegado hasta aquí creyéndonos a charlatanes sino aplicando el método científico. Sigamos avanzando.

Lectura recomendada: «Los productos naturales, ¡vaya timo!», de José Miguel Mulet. 

domingo, 18 de diciembre de 2016

A todo el mundo hay que darle su sitio

En mi casa había conciencia de clase, aunque no habláramos de ella. Desde chico, mis hermanas y mi madre (y mi padre en los pocos años que conviví con él) me enseñaron que hay que respetar y valorar el trabajo de todo el mundo.

Claro que todo esto era mucho más fácil de enseñar cuando mi madre cocinaba y limpiaba en casas ajenas y en restaurantes, y mis hermanas eran camareras, cocineras o secretarias. Después llegaban a casa y compartían todo lo que les pasaba en el trabajo, los problemas con sus jefes o con los clientes (en cada caso).

Cuando tuve mi primer trabajo, muchas de estas cosas me quedaban muy atrás. Había pasado unos cuantos años en la universidad (con el adoctrinamiento elitista que esto conlleva) y, aunque nunca olvidé lo que había aprendido en casa, había detalles en los que no reparaba.

En este trabajo, todos mis compañeros, o la gran mayoría, eran como yo, chavales de veintipocos años, recién egresados y sin experiencia laboral, así que estábamos todos igual de verdes. Excepto uno, con quien me llevaba muy bien. Tenía diez años más que nosotros, había trabajado en sitios muy variopintos y era un tío muy observador, decía cosas muy interesantes. Así que hablaba mucho con él.

Una de las cosas que me dijo un día es que «a todo el mundo hay que darle su sitio», y me puso el ejemplo de que cuando entró en la empresa, el primer día se paró a hablar con el portero y le dijo que desde entonces iba a trabajar ahí. En ese momento no lo entendí. El portero era un señor que trabajaba en la puerta del aparcamiento y con el que nadie se paraba a hablar porque entrábamos en coche y ni siquiera venía de camino hablar con él; si querías hacerlo, tenías que ir expresamente.

Han pasado ocho años desde entonces y ahora puedo entender mucho mejor a lo que se refería. Estamos inmersos en una sociedad de valores clasistas, donde damos más importancia a unas personas que a otras según su relación social, su puesto de trabajo, su poder adquisitivo... y al final nos encontramos con un puñado de gente que desprecia a porteros, recepcionistas, camareros, secretarios, cajeros, limpiadores, y en general a toda la gente que se encuentra trabajando cara al público. La asquerosa máxima liberal de que el cliente siempre tiene la razón ha hecho mucho daño, porque además es mentira. A veces el cliente es, simplemente, gilipollas.

Por simple respeto, es importante valorar y agradecer el trabajo de todas las personas. También por empatía, porque seguro que a todos nos gustaría que nos valoraran y agradecieran nuestro trabajo. Pero es que además tiene un lado provechoso. Cuando las personas sienten su trabajo valorado, seguramente lo hagan mejor y con más ganas, y el resultado será más satisfactorio para nosotros si vamos a ser los receptores de ese trabajo, o si somos sus clientes.

Seguramente, ese portero al que mi compañero fue a presentarse el primer día, lo recordará posteriormente y podrá ayudarlo cuando lo necesite. Si facilitas el trabajo de las personas que limpian, seguro que disfrutarás de lugares más aseados. Si tratas con educación y amabilidad al camarero, puedes estar seguro de que estará más receptivo si tienes alguna petición que hacerle o si hubiera algún problema con la comida. Lo mismo con los secretarios, recepcionistas, y demás personas cuyo trabajo consista en atenderte. Y, desde luego, si eres amable, no se irán a casa pensando en el imbécil que llegó hablándoles con malos modos.

Y, por último, recuerda que por muy cliente que seas y por mucho dinero que tengas, si esa persona no te atendiera, no podrías tener lo que has ido a buscar. Sin su trabajo, tu dinero no vale para nada.

Por todo esto, recuerda dar a cada uno su sitio. Un buenos días, un por favor, unas gracias y una sonrisa, son gratis y pueden marcar una gran diferencia.

(Ya otro día si queréis os cuento la anécdota de cuando me peleé con un señor pijo en una estación de tren a cuenta de su comportamiento con la limpiadora. Ya sabéis que tiendo a ser algo bronquista).

viernes, 30 de octubre de 2015

Pasivas que van de empotradores, según JPelirrojo

Me vais a perdonar por tratar hoy un tema mucho más mundano de los que suelo tratar últimamente por aquí.

Ayer por la mañana, ojeando Twitter, me encuentro que el famoso youtuber JPelirrojo (al cual solo conozco por haber estado en Los Juegos del Hambre con Elvisa, he de reconocer que no suelo ser muy de youtubers) se encuentra envuelto en una polémica por haber dado su opinión en contra del maquillaje.

No voy a entrar ni salir en eso del maquillaje. No he seguido el tema de cerca y, aunque opino que cada uno se ponga lo que quiera en la cara, tampoco creo que mi opinión esté tan bien fundamentada como para expresarla en ningún sitio. La cuestión es que uno de sus siguientes tuits fue este (enlace):
Personalmente, me parece una meada fuera del tiesto, no venía a cuento de nada, tampoco veo la relación entre este tema y el maquillaje. No sé si estaría buscando la polémica gratuita por medio de la ofensa fácil (como hacen otros youtubers, ¡hola, AuronPlay!) o estaba dando rienda suelta a su subconsciente.

Visto que hubo quien se ofendió por su tuit (lógicamente), respondió de una manera tan inocente como se ve a continuación (enlace):
Después de esto no ha hablado más de este tema. Solo ha respondido en la cuestión del maquillaje, quejándose de que la gente lo insulte y no le dé argumentos.

Te voy a dar argumentos, JPelirrojo. Vamos a ver cómo te explico qué hay de malo. Vamos por partes.

¿Nunca te has planteado por qué se dice pasiva? Si tienes tantos amigos gays y conoces tan bien la jerga del ambiente, ¿no te has dado cuenta nunca del tono con el que se dice que un hombre es pasiva? ¿Nunca te has dado cuenta de que no se utiliza ese tono para decir que alguno es activa? (Entre otras cosas, porque es muy raro oír activo en femenino).

Eso ya debería darte una idea, JPelirrojo. En el ambiente, con una frecuencia aplastante, describir a alguien como pasiva no es ningún cumplido. Al revés, casi siempre se usa para denostar a alguien. Como bien te indica @DaniVG96, es una expresión despectiva.

El mundo gay, por paradójico que pueda parecer, no está exento de los cánones patriarcales en los que hemos crecido todos. A pesar de lo mucho que podamos haber sufrido la exclusión en nuestra vida diaria, cuando nos encerramos en nuestros guetos de ambiente volvemos a reproducir los mismos patrones de conducta, los mismos valores morales. Y esos valores morales son los que nos dictan que ser activo es bueno, es un orgullo; ser pasivo es vergonzoso. Dicho así, parece demasiado simple, muchos te dirán que es falso, pero es un patrón que se repite demasiado a menudo. Sobre todo en ambientes de ciudades pequeñas.

Esto enlaza con el machismo preponderante en el mundo gay. Como has comprobado, el activo es activo, pero el pasivo es pasiva. En femenino, claro, porque tomar por el culo es un acto femenino, propio de mujeres. Y, por supuesto, los mismos gays que han hecho todo lo posible por no ser señalados como gays en su vida diaria para no ser marginados o excluidos, aplicarán esos comportamientos en el ambiente, así que todo lo femenino es deleznable y algo a evitar y despreciar, según esta perversa lógica.

No quiero desviarme en disquisiciones sociológicas. Simplemente hacerte ver que el simple hecho de que digas pasiva en vez de pasivo ya está dejando ver un cierto tufo a machismo.

Y hablando de machismo, volvemos a tu tuit original. Pasivas que van de empotradores. Parémonos a pensar qué significa.

Diciendo pasivas ya te has enmarcado en unas ciertas normas morales que te he comentado antes. Pero bueno, te quejas de las pasivas que van de empotradores (bonita manera de denominar a los activos; nótese el tono positivo de empotrador frente al negativo de pasiva).

Dado que, hasta donde sé, no eres gay, doy por hecho que no vas a las webs o a las discotecas buscando sexo y no vas preguntando a los hombres qué posición toman a la hora del acto sexual, como sí hacemos los gays cuando buscamos rollo. Y si no has ido preguntando estas cosas, entiendo que tu frase tiene mucho que ver con el comportamiento de cada uno.

Te he preguntado por Twitter pero no has respondido, me gustaría saber si por ser pasiva tengo que tener un comportamiento determinado, y me gustaría saber cuál es. No me gustaría estar comportándome como un empotrador y, por lo tanto, llevándote a confusión. A ti y a todos los que no os gustan las pasivas que van de empotradores.

Porque resulta que sí, soy pasivo, y desde que empecé a salir por el ambiente he estado viviendo todo este estigma que los pasivos arrastramos por culpa del machismo. Sé mejor que nadie lo que es que me consideren menos hombre (y por tanto menos digno, siguiendo su lógica, que no la mía) solo porque prefiero recibir antes que dar. Así que me gustaría saber si estoy cumpliendo correctamente con mi papel.

Al final de todo, y en resumen, creo que te equivocas, JPelirrojo, con esos juicios que nos haces. Encorsetarnos en un determinado rol de comportamiento solo por nuestro género o nuestra preferencia sexual es algo que deberíamos haber superado ya. Así que, por favor, piensa sobre este tema y antes de llamarnos pasivas (con tan poco acierto) o de decir de qué tenemos que ir, párate a pensar que a lo mejor no lo hacemos por confundir a nadie, sino porque realmente cada uno es como es y le gusta lo que le gusta. Y, desde luego, no creo que deba preocuparte.

miércoles, 18 de junio de 2014

Orgullo (LGTB)


Los que me conocéis por Twitter o Facebook sabéis que no sólo soy gay sino también muy activista en ese tema. Y ahora que se acerca el día del orgullo, el 28 de junio, voy a hacer un par de reflexiones sobre esta cuestión.

El día del orgullo, con su manifestación y fiesta correspondiente, es fuente de polémicas dentro del colectivo LGTB. Aunque inicialmente se supone que es una fiesta que nos une a todos, la realidad es muy diferente, y nos acaba separando en diversas sensibilidades. Vamos por partes.

Vaya por delante que el nombre de orgullo LGTB es, quizá, demasiado fácil de malinterpretar. Cada uno pensará lo que quiera, pero como yo lo veo, el orgullo no es de ser LGTB, sino de luchar por una causa; es orgullo de ser una persona íntegra, de ser consecuente con quien eres.

Hay quien dice que «si no somos diferentes y no queremos un trato diferente, no tiene sentido un día del orgullo gay/LGTB, porque no hay un día del orgullo heterosexual». Una reflexión muy bonita en la teoría, pero absurda en la práctica. No hay un día del orgullo heterosexual porque los heterosexuales nunca lo han necesitado. Son la porción mayoritaria de la sociedad. No han de vivir estigmas, ni discriminación, por ser heterosexuales. No tienen nada que reivindicar por el simple hecho de ser heterosexuales. Nosotros, desgraciadamente, sí que tenemos, porque aún sufrimos discriminación cada día. Y no hay que irse muy lejos para encontrarla, aquí mismo hay, en nuestra tierra. Cuando dejen de venderse libros que curen la homosexualidad, cuando dejen de existir las palizas callejeras por ser homosexual, cuando nos dejen de mirar mal por ir cogidos de la mano por la calle, quizá será momento de plantearse dejar de celebrar el día del orgullo. Hoy por hoy no estamos en ese caso.

Hay quien dice que el orgullo está mal porque se ha mercantilizado. Estoy de acuerdo. Hemos de evitar caer en el problema de ver el orgullo sólo como una fiesta. Es una fiesta, sí, pero reivindicativa. Quitarle el matiz reivindicativo es lo peor que nos podría pasar a todos, porque conseguiríamos precisamente lo contrario de lo que pretendemos.

Ahora, lo que más me molesta son aquellos que dicen que el orgullo LGTB es perjudicial porque «da una imagen errónea de los homosexuales». Desgraciadamente, esto lo dicen muchos gays, que incluso se lo creen. Analicemos por qué lo dicen.

Tuit de @GaysdeDerechas
(Todo viene por este tuit que enlazo, que me lo he encontrado hoy en Twitter, aunque fue publicado en diciembre pasado.)

Cuando nos hablan del orgullo LGTB, ¿qué nos viene a la mente? Gente disfrazada de manera extravagante, gente vestida con miles de colors, gente con comportamiento descarado, quizá incluso gente semidesnuda. He asistido todos los años desde 2008, y confirmo que esa gente va. Seamos sinceros: son una minoría de la gente que asiste, pero son lo más llamativo de la marcha/cabalgata.

Los homosexuales que rechazan las marchas del orgullo porque dan una imagen errónea, no quieren que se les identifique con ese tipo de gente. Normalmente dicen que quieren «ser normales» y «no llamar la atención». ¿Qué es ser normal, entonces? ¿Tenemos que hacer lo que se espera de nosotros con tal de no llamar la atención? ¿Hasta qué punto tenemos que evitar llamar la atención?

Es un ejercicio de autoodio, de intolerancia propia. Y viniendo de un homosexual, tiene un nombre: homofobia. Quien dice que un homosexual no puede ser homófobo, se equivoca estrepitosamente.

Esta gente que se disfraza, y que sale a la calle como le da la gana al menos por un día, ¿está haciendo algún tipo de daño? ¿Perjudica a alguien? ¿Cuál es el problema, que no se comporta como tú quieres que se comporte? La tolerancia no es admitir a alguien sólo si hace lo que quiero que haga. La tolerancia es admitir al otro como es, y haciendo lo que quiere, siempre que no haga daño a nadie. La igualdad que reclamo no es ser igual que los demás; la igualdad que reclamo es que se me respete siendo quien yo soy, no quien otros quieren que sea.

Y no hace falta que diga que este rechazo a la gente que «llama la atención» es de ser muy, muy desagradecido. Si hoy tenemos lo que tenemos, ha sido gracias a esa gente que siempre ha llamado la atención. A esa gente que no ha querido fingir, hacerse pasar por quien no es sólo por encajar. Esa gente que ha preferido no vivir escondida, incluso cuando estar fuera del armario significaba ser apalizado o encarcelado. Gracias a que no se escondieron, que lucharon por conseguir un lugar digno en nuestra sociedad, hoy muchos ni siquiera nos planteamos escondernos y tampoco lo necesitamos. Porque algunos han luchado para que hoy nos beneficiemos todos; los que se esconden y los que no lo hacemos.

Por todo esto, pienso que el orgullo es más necesario que nunca, nos da visibilidad, nos da todo tipo de visibilidad. Porque en el orgullo tenemos que estar todos, los que nos comportamos de una manera y de otra. Los que se disfrazan y los que no lo hacemos, los que suben a las carrozas y los que las vemos desde abajo. Sólo la visibilidad que consigamos ahora nos permitirá vivir con más normalidad en el presente y en el futuro.

martes, 26 de abril de 2011

Consumismo a la francesa

El que sólo sepa de mi vida a través del blog pensará que me he tirado un mes en Toulouse. Aclaremos: la última vez que escribí no duré ni una semana aquí, y volví el domingo pasado para irme también, posiblemente, la semana que viene.

En esta ocasión me hospedo en el municipio de Blagnac (Blanhac, en occitano). Es un municipio pequeño (21.500 habitantes) que está ocupado al completo por el aeropuerto, urbanizaciones residenciales de casas con jardín y el centro comercial del que voy a hablar.

Esta vez he podido ir por primera vez a un hipermercado francés. Ya sabéis de mi pasión por los hipermercados; además, soy de la opinión de que un hipermercado te da muchísimos más datos sobre la sociedad de un lugar que muchos estudios sociológicos.

Así que hoy me he acercado a E. Leclerc, una de las cadenas más grandes de Francia.

A lo grande

El E. Leclerc de Blagnac está situado en el centro comercial Grand Noble, un centro comercial ENORME, con 16 salas de cine, multitud de tiendas (casi todas franquicias, claro) y varios restaurantes (también de franquicia). Típico centro comercial moderno. El E. Leclerc es el hipermercado que corona el centro comercial, y para no desentonar es monstruosamente grande.

El hipermercado consta de todas las secciones que se estilan en un hipermercado de ese tipo: comida, limpieza, higiene, menaje, electrodomésticos, informática, textil. Incluso un espacio cultural (discos, libros, DVDs y videojuegos) bastante completo.

Diversas costumbres

Aun siendo el mercado francés y el español bastante parecidos en tendencias de consumo (conclusión a la que llego comparándolos también con el alemán), hay cosas que chocan mucho.

Cuando se me ocurrió escribir sobre este tema en el blog, me encontraba en la calle de los aceites de cocina. Nací en el Estado español en 1984, así que crecí en plena psicosis social sobre el síndrome tóxico. Después de todo aquel escándalo, hoy en día es impensable ver en ningún supermercado español aceite de colza (algo que yo sólo conozco de oídas y los nacidos en los 90 no sabrán ni que existe); sólo se ve en los ingredientes de algunos productos fabricados por compañías que no conocen muy bien la situación -los que la conocen se limitan a escribir "aceite vegetal"-. Sin embargo, en la calle de los aceites de E. Leclerc (y de otros supermercados franceses) el aceite de colza está muy visiblemente presente, incluso diría que tiene la misma presencia que el de girasol, y por supuesto mucho mayor que el de oliva. Incluso he llegado a ver un aliño de ensalada cuya etiqueta decía en grande "Olive & Colza", una mezcla que para nosotros sería poco menos que un sacrilegio.

Otro factor muy curioso es la carne. Mientras en Andalucía el cerdo es la estrella de la carnicería, al nivel del pollo y mucho más presente que la ternera, en Francia la situación es muy diferente. Las aves (pollo, pavo y pato) ocupan bastante sitio, pero la carne de vacuno (más buey que ternera) sobrepasa con creces la de cerdo. Por no decir que los lineales de vacuno estaban llenos de gente mirando la carne y los de cerdo estaban abandonados a su suerte... parece que el cerdo no gusta mucho por aquí. Salvo para hacer embutidos, claro, que la calle de los embutidos sí que tenía éxito.

Y un último apunte curioso es la presencia de las marcas blancas. Mientras que en Alemania la marca blanca es omnipresente, en Francia su presencia es muchísimo menor. Hay muchas más marcas de fabricante que de distribuidor, y normalmente la marca blanca se sitúa en la estantería más baja del lineal, en lugar de en la más visible.

Nos llevan años de ventaja

Precisamente en esta célebre frase de Homer Simpson pensé cuando fui a comprar la fruta. Todo normal, elijo mi fruta (por supuesto los plátanos de Canarias no existen, pero los hay de diversas ex-colonias francesas, como Ghana o Costa de Marfil Côte d'Ivoire), la meto en una bolsita, me voy al peso y... no tengo botones para escoger qué fruta es. Cuando miro la pantalla del peso, la cámara incorporada ya me ha dicho qué fruta es la que estoy pesando y me está pidiendo confirmación. Las manzanas Granny y los plátanos los acertó, las mandarinas no (bueno, no pidamos tanto, que con la bolsa de color gris por medio es fácil equivocarse).

Además me llamó la atención un sistema (que no he probado pero me gustaría) para ir escaneando los artículos con una maquinita a medida que los vas metiendo en el carro, para ahorrarte el tostón de esperar en la caja. Sales por un sitio especial donde entregas la maquinita y pagas la compra (por lo que he podido ver). Vale, sí, admito que destruye trabajo, pero estas maravillas de la técnica me encantan desde un punto de vista tecnológico.

En fin, creo que no se me queda nada, ya me ha salido bastante largo el post. Nos hablamos en Sevilla.

viernes, 12 de febrero de 2010

Catetadas cañaíllas: el periódico Información San Fernando

Lo siento, me repito si vuelvo a decir que amo a San Fernando, que es mi ciudad y es especial, blablabla, pero es que cada vez que me encuentro catetadas como ésta, mi alma vomita un poco.

Esta vez viene de parte del único diario de la ciudad, Información San Fernando:

La empresa que tiene que rehabilitar la Iglesia Mayor no coge el teléfono

por increíble que parezca, esto es un titular.

Otros titulares de hoy:
- El alcalde intenta comparar el Diez con la Olimpiada del 92 y la Expo de Sevilla
- El granito rosado de calle Real resalta las siluetas de excrementos caninos

A decir verdad, no sé si me indigna más que sean catetos o que hagan politiqueo en su periodicucho, pero es una lástima que este sea el único periódico de la ciudad. Menos mal que siempre nos quedará la minúscula sección cañaílla de La Voz de Cádiz.

martes, 22 de diciembre de 2009

CUTRES

Sabéis que quiero a mi ciudad de origen como a nada en este mundo, pero todos los días siento un poco de vergüenza por ella.

Estadio Iberoamericano 2010 será el nombre que denominará al municipal de Bahía Sur

Es como si el estadio de Montjuïc de Barcelona se llamara Estadio Olimpiadas del 92.

Además, que yo no veo nada malo en que el estadio se llamara Municipal de Bahía Sur. Será que no soy moderno y cosmopolita. Ni lo quiero ser, oye.

Supongo que este poco de vergüenza va incluido en el amor a mi ciudad, pero a veces se hace duro, eh.

Esto es sólo una cutrez más a seguir la línea de lo que escribí sobre la salada claridad.