jueves, 2 de julio de 2026

Entregarse al sistema

Una película que me encanta es Good bye, Lenin. Probablemente, no por los motivos que hubiera querido el director, pero me gusta mucho, y hay partes que me han hecho llorar.

No tengo muy claro si la película es anticomunista o no lo es. A mí me reafirma en mi comunismo, pero creo que la historia de Christiane Kerner pretende ser una crítica al sistema socialista.

Os voy a hacer spoiler, pero la película tiene ya 23 años y habéis tenido tiempo de verla. Si la vais a ver, no sigáis leyendo.

La trama argumental de la película consiste en que Christiane Kerner es una ciudadana comprometida de la República Democrática Alemana a la que le da un patatús cuando, una noche de 1989, ve a su hijo siendo detenido por la policía por manifestarse contra el gobierno. Se pasa meses en coma y, cuando despierta, el médico recomienda que no le den disgustos, así que el hijo decide montar todo un teatrillo para ocultar que han desmantelado la RDA y están en proceso de anexión por parte de la Alemania capitalista.

Hacia el final de la película, se descubre que Christiane no fue siempre esa comprometida ciudadana, sino que en los años 60 había planeado huir con su marido, un médico, al lado capitalista. Esto era el pan de cada día en la RDA: la guerra económica a la que la sometía el lado capitalista. Aunque los obreros manuales tenían mucho mejores condiciones y salarios en la RDA, los profesionales liberales (médicos, abogados, ingenieros) recibían mucho mejores salarios en el oeste, por lo cual se veían tentados a emigrar. En la película, el señor Kerner aprovecha un permiso para asistir a una conferencia en Berlín Oeste para pedir asilo y quedarse allí; la idea era que su mujer se reuniera con él, pero tras el no retorno de él, la agencia de seguridad empieza a seguirla de cerca, impidiendo así que ella se fuera. Es la frustración de ella por no haber podido marcharse la que la empuja a entregarse al sistema socialista y colaborar con él activamente, por lo cual empieza a recibir reconocimientos y medallas.

¿Por qué pienso en esta historia? Porque yo vivo en una frustración constante con el sistema capitalista y con el trabajo. Vivo y trabajo cada día con la esperanza de un día no tener que hacerlo más, pero la frustración va en progresivo aumento, entre otras cosas porque lo único que me podría permitir eso sería una lotería cuyas probabilidades son ínfimas. Sería más sencillo venir contento a trabajar y a que me explotaran, pero mi historia no es la de Christiane Kerner y yo, por desgracia, no tengo la opción de colaborar con un sistema que realmente me favorece.

¿A estas alturas, a estas edades, puede uno cambiar el chip y entregarse al trabajo asalariado, a la extracción de plusvalía como si fuera algo natural y enriquecedor?

lunes, 15 de junio de 2026

Libro: HappyHead

La semana pasada, gracias a un vídeo de TikTok, descubrí a Josh Silver, un escritor inglés que pertenece a nuestro colectivo. El vídeo hablaba de cinco libros queer y, aunque lo mentaron por su último libro Fruit fly, busqué sobre él y vi que había publicado hace un par de años un libro llamado HappyHead, que las sinopsis y reseñas describían como libro queer y como distopía, dos elementos que me interesan en un libro.

Así que ese mismo día empecé a leerlo, y en total he tardado tres días en terminarlo. Os hablaré un poco de él.

La acción transcurre en el presente, en el que nuestro protagonista, Seb, recibe una carta en la que se le invita a tomar parte en un proyecto llamado HappyHead. Este proyecto promete permitir a sus participantes alcanzar la felicidad duradera mediante trece días de actividades en grupo. Durante esos trece días, los participantes no tendrán contacto con el exterior, pero estarán acompañados constantemente por personal con formación psicológica y médica.

Seb es un chaval que acaba de cumplir 17 años, que salió del armario sin querer y cuya relación con su familia no es la mejor. No encaja con sus compañeros de clase y sus notas han bajado a niveles preocupantes, así que ve este proyecto como una actividad en la que podría tener buenos resultados.

Ahora vienen los spoilers.

👁️ Haz clic aquí para ver el spoiler...

Tengo muchos pensamientos sobre este libro (los que he tenido mientras leía y los posteriores) y no sé cómo estructurarlos.

Por un lado, no es verdad que sea una distopía. Tiene elementos que podrían pertenecer a una distopía, pero la acción ocurre en el presente y no tengo claro que fuera completamente imposible que algo así ocurriera.

Por otro, en cuanto al tema del libro, me parece una genialidad enlazar las adolescencias queer, la búsqueda de la salud mental y la manipulación política fascista, además de la homofobia que siempre nos acecha, incluso en las obras de ficción.

(Esto es una de las cosas que echo en falta del libro, pero es por mis expectativas, no es culpa del autor. Me encantaría leer ficción en la que no solo no existiera la homofobia, sino en la que lo queer fuera la norma. A lo mejor algún día encuentro algún libro así.)

Me he pasado buena parte del libro deseando que Seb reaccionara de otra manera, pero es que el personaje es ese, y no el que yo quería. Todo el rato estaba pensando ¿pero por qué no se rebela? ¿por qué no se queja? Suerte que aparece Finn.

El libro no resuelve, te deja pendiente de la segunda parte. Y la verdad es que me ha inquietado tanto que, aunque tengo la segunda parte preparada para leerla, voy a dejar pasar unos días. Necesito leer algo más tranquilo antes de volver a este libro.

Así que, por ahora, seguiré con Ana Karénina (que estaba leyendo en serbocroata pero me he pasado a la versión en castellano).

lunes, 8 de junio de 2026

Me encanta leer en electrónico

Ayer fui al gimnasio y, después de empezar los ejercicios de la rutina que me tocaban, noté que la espalda estaba a punto de lesionárseme así que preferí no forzarla, y dejé el primer ejercicio a la mitad. Me fui a la elíptica a hacer media hora y, por suerte, me había llevado el lector electrónico.

Mi primer lector electrónico me lo regaló Fede, mi ex, para el día que cumplí 29 años, en 2013. Era un Kindle de 4ª generación, no era táctil, tenía unos botones en el inferior y los laterales que servían para desplazarse por la pantalla.

(No sé por qué hablo en pasado, si aún lo tengo. De hecho, lo tengo encima de la mesita de noche aunque ya no lo use.)

Hacía tiempo que quería un lector electrónico, pero no me había atrevido a comprarlo. Me parecía un gasto innecesario y frívolo y no me permitía a mí mismo ese tipo de gastos. Por eso, agradecí mucho que me lo regalara Fede, además con una funda de cuero negro muy chula.

La cuestión es que, desde que tuve ese lector electrónico, me pasó lo que me habían dicho algunos compañeros y amigos que les había pasado a ellos: empecé a leer mucho más.

Y es que me gusta mucho más leer en electrónico. Tiene diversas ventajas que, para mí, han sido clave para que lea en electrónico y lo haga más que en papel.

El mayor factor es la comodidad. Sujetar el lector electrónico es mucho más sencillo que sujetar el libro en papel, sobre todo si es de una cierta extensión (un libro gordo). Además, en este tipo de libros, para leer bien las páginas centrales tienes que abrirlos bastante, lo cual acaba dañando el lomo. Esto es lo normal del uso, pero no deja de darme pena. Además, no tienes que preocuparte de marcar la página con un marcapáginas u otros métodos.

Otro aspecto cómodo del libro electrónico, pero que para mí no tiene mucha importancia, es que puedes ajustar la letra al tamaño que necesites (yo, por ahora, aún leo bien los tamaños pequeños, pero esto no durará mucho). También hay gente que valora que en el libro electrónico, si lees en público, no se ve qué estás leyendo, aunque las opiniones están bastante divididas en este aspecto (hay gente a la que le gusta que se vea lo que leen).

Otro factor de comodidad es que en el mismo dispositivo puedes llevar varios libros. Ya no tienes que elegir qué libro llevarte para leer en un viaje o trayecto, puedes llevar varios y cambiar si te aburres o si quieres ir alternando.

Y lo de no tener una biblioteca gigante de libros en papel que alguna vez leíste es algo que agradeces cuando tienes que hacer una mudanza.

Además, está el factor coste: los libros electrónicos nuevos son más baratos que en papel, y los clásicos (cuyos derechos ya han prescrito) son gratuitos.

Ayer, leyendo a la salida del gimnasio. La tinta electrónica se ve perfectamente en un día soleado, no necesitas subir el brillo como le pasa al móvil.

Después están factores menores como el poder hacer una búsqueda en el texto. Es muy útil cuando un libro tiene muchos personajes y no eres capaz de recordarlos todos por su nombre.

En fin, por todo esto, apenas leo en papel. Aún tengo y de vez en cuando compro libros en papel, pero solo cuando son referencias (diccionarios, gramáticas) o libros de texto. Estos libros que no se leen de una vez de principio a final es más cómodo tenerlos en papel.

Hoy en día ya no uso aquel primer lector electrónico, que aún tengo: la batería le duraba cada vez menos y los botones empezaban a fallarle. El que uso ahora es otro Kindle que me regaló Pau por reyes en 2024, aunque estoy mirando de cambiarme el lector para no usar uno de Amazon, que tiene muchas limitaciones.

Entiendo y no critico a aquellos cuyo argumento para rechazar leer en electrónico es que les encanta el olor o el tacto del papel. No lo comparto, pero no seré yo el que lo critique, cada uno elige qué factores le pesan más.

viernes, 15 de mayo de 2026

Mayo

Buenos días, amiguis,

hace unos meses que no me paso por aquí a contar nada, supongo que porque la vida me tiene sumido en una espiral rutinaria donde nada pasa, salvo el tiempo, y nada cambia, salvo yo, que me hago viejo y gordo.

De hecho, la rutina ha pasado a un nuevo nivel porque en condiciones normales, a estas alturas de mayo yo estaría inmerso en mi espiral eurovisiva, y este año no lo estoy siguiendo (por primera vez desde 1995). Mi querido Aitor asegura que son necesarios los acontecimientos temporales para la salud mental y probablemente tenga razón.

El otro día escribí un texto un poco sombrío para mi blog en serbio donde hablaba sobre el tempus fugit y mis vacaciones. Porque recientemente (la semana pasada) he estado visitando a mi familia, y aunque el desasosiego de pensar qué estoy haciendo con mi vida no me ha dado tan fuerte como en julio del año pasado, sí que es verdad que lo he vivido con otra perspectiva.

Por lo demás, poco más os puedo contar. Vendrán tiempos mejores. O ningunos en absoluto, que también está bien.

lunes, 23 de febrero de 2026

El negocio de los datos

Querides amigues, hace un mes tomé la decisión de ir mudando mis servicios de Google a Proton.

Siempre he sido bastante descuidado con mis datos online. Y no me refiero a darle mi dirección a cualquiera con el que hable, obviamente, sino a las empresas. No he sido descuidado hasta el punto de ser temerario, o eso creo, pero hasta hace poco no me importaba que las empresas tecnológicas tuvieran mis datos. Lo asumía como parte de la experiencia de estar en línea: sabía que por usar un servicio u otro, iba a perder privacidad, porque así funciona Internet desde hace unos años, desde que empezaron a funcionar las redes sociales.

Cuando empezaron Facebook y MySpace (recuerdo que fueron sobre la misma época, pero no recuerdo cuál fue primero), me parecían sitios fabulosos para compartir aficiones con amigos. Me parecían la evolución de los foros, aunque todo en un mismo sitio, centralizado en una página con tu identidad, no separado por temáticas. Eso era, por un lado cómodo, porque estaba todo en el mismo sitio y no tenías que visitar diez webs para ver las novedades; por el otro, inconveniente por no poder segmentar públicos (a lo mejor a tu tía segunda no le interesa leer tu top 5 de videoclips de Lady Gaga). Pero bueno, nos acostumbramos y fuimos haciendo. Ni que decir tiene que así murieron los foros.

Por esa época, una de mis series favoritas, The IT Crowd, sacó un capítulo donde parodiaban las redes sociales. El capítulo se llama «Friendface» y en él los protagonistas se dan de alta en una nueva red social, a cambio de que (lo dicen expresamente) sus datos ahora pertenezcan a Friendface y puedan hacer lo que quieran con ellos. Conforme avanza el capítulo, los protagonistas se enganchan a estúpidos juegos que los hacen estar despiertos hasta altas horas de la madrugada y caen víctimas de la publicidad invasiva (¿nos suena?).

A mí en esa época, el capítulo me pareció divertido, por supuesto, pero también consideré que era una grotesca caricatura, demasiado exagerada. No le di más importancia.

Con el tiempo se fueron destapando prácticas no muy limpias (o directamente ilegales) en las que Facebook había incurrido. Venta de datos, censura, promoción de contenido de ultraderecha, permisividad con el discurso de odio... Digamos que Facebook fue la primera, pero poco a poco estos escándalos iban a ir salpicando a casi todas las demás redes sociales.

También con la edad uno empieza a comportarse de manera diferente en Internet, haciendo vida online de manera diferente. Por un lado, el ir haciéndose viejo, y por el otro, enterarse de todo lo que hacen las redes sociales a tus espaldas, hace que uno comparta menos información o lo haga de manera diferente.

Sin embargo, asumía que era normal que Google tuviera casi todos mis datos, porque al fin y al cabo, mi teléfono usa un sistema operativo de Google, utilizo un montón de servicios de Google, y simplemente por llevar mi móvil encima saben dónde estoy y qué hago. Todos nos hemos dado cuenta en algún momento de que el teléfono nos oye, que si hablamos de algo en presencia del teléfono, un par de días después nos muestra publicidad relacionada con eso. Mi razonamiento, quizá para no darle más vueltas, era «bueno, no pasa nada porque me conozcan, ¿qué van a hacer? ¿Ponerme publicidad que me interese?»

El giro del mundo a la ultraderecha en 2024-25 y la manera en que todas las grandes tecnológicas están encantadísimas de colaborar con Trump y su régimen fascista me ha hecho replantearme mi presencia online. No voy a renunciar a relacionarme con gente por Internet, porque es la manera en que hago vida social. No obstante, creo que es buena idea tomar ciertas medidas. Por un lado, dejar de depender de Google para todo. Por otro, usar más servicios de empresas europeas. Y si hay que pagar por estos servicios, pues habrá que pagar. Ya sabemos que si no pagas, el producto eres tú (y tus datos).

Por todo esto, estoy empezando a mudarme a Proton, que es una empresa que asegura que la privacidad de tus datos no se verá comprometida (ninguna es perfecta, pero las hay mejores y peores, claro), situada en Suiza. Poco a poco estoy cambiando mi dirección de correo en todas las empresas donde lo he dado, ya he movido mis fotos y los archivos que tengo en la nube.

No voy a poder prescindir del todo de Google y de otras empresas grandes, pero todo paso que podamos dar para quitarles poder, bien dado estará.

jueves, 29 de enero de 2026

Los libros que leí en 2025

Copio esta idea de mi querido Aitor. Aunque yo no leo tanto como él, al menos os comento los títulos que me ha regalado el año 2025, ya muerto y enterrado.

Enunciaré los títulos de los libros en el idioma en el que los he leído.

1. Лето када сам научила да летим (El verano que aprendí a volar), de Jasminka Petrović. Es el primer libro escrito originalmente en serbocroata que he leído completo. La protagonista es una niña preadolescente de Belgrado a la que sus padres mandan a regañadientes a veranear con su abuela al pueblo de esta, un idílico pueblecillo en una isla de la costa de Croacia, donde la vida es más auténtica. Aunque se nutre de un puñado de lugares comunes, me resultó muy interesante por todo el contexto cultural: el choque cultural entre Serbia y Croacia, rencillas familiares, rencores por la guerra... No le di las cinco estrellas en Goodreads porque la protagonista es irritante y protestona hasta niveles inaguantables. No sé cómo no la tiraron al Adriático.

2. El matí de la sega (traducido al castellano como Amanecer en la cosecha), de Suzanne Collins. El quinto libro (segunda precuela) de la saga Los juegos del hambre. Cuando empecé este libro, no había acabado el cuarto, lo tenía un poco en suspenso. Sin embargo, me lo leí en una semana y media. Me ha encantado, me parece igual de enganchante que la trilogía original, con el refrescante ingrediente de que el narrador es Haymitch Abernathy de adolescente. Le di 5 estrellas y en realidad estoy deseando volver a leerlo. Este año estrenan la película, probablemente me lo leeré para esa época.

3. Spice Girls Revisited (Las Spice Girls revisadas), de David Sinclair. Sabéis que en mi época adolescente fui fan de las Spice Girls y que aún a día de hoy me gustan, me parecen un grupo imprescindible y que rompió muchos moldes no solo en el pop sino en la sociedad. Este libro ha sido muy ilustrador acerca de todo el fenómeno Spice Girls. Me ha hecho recordar muchas cosas, me ha arrojado luz sobre el contexto social en el que se desarrollaron (que con 13-14 años y sin Internet no tuve manera de conocer), y me ha hecho valorar más lo que hicieron y lo que pasaron. Además, el autor ha hecho una enorme labor de documentación, recopilando testimonios de un montón de gente que trabajó con ellas.

4. Balkanski špijun (El espía balcánico), de Dušan Kovačević. Una obra de teatro no muy larga, escrita en serbio y publicada en 1983, ambientada en la Yugoslavia socialista. Una familia serbia, que alquila una habitación a un inquilino francés de origen serbio, empieza a sospechar que el inquilino es un espía que intenta hacer caer al gobierno. No me gustó demasiado el libro, especialmente por el final que tiene, aunque al menos me sirvió para practicar la lectura en serbocroata, con un montón de coloquialismos.

5. Maricas malas: construir un futuro colectivo desde la disidencia, de Christo Casas. Este potente ensayo reflexiona sobre la situación actual de nuestro colectivo LGTBIQ+, sobre los esfuerzos del sistema por asimilarnos y desactivarnos, y defiende la necesidad de no ser cómplices de ese mismo sistema y de luchar por mejoras para todos. Me encantó.

6. Who I am: my story (Quién soy: mi historia), de Melanie Chisholm. Siguiendo con el tema Spice Girls, esta vez tocaron las memorias de Melanie C. Me resultó bastante interesante conocer su infancia, su juventud, cómo llegó a las Spice, cómo vivió la fama y el apagado del grupo, su carrera en solitario, y cómo sufrió y superó sus problemas de salud y alimentarios. Después de haber leído el libro de David Sinclair, fue interesante leer sobre los mismos hechos pero vividos desde dentro.

7. Balada d'ocells i serps (traducido al castellano como Balada de pájaros cantores y serpientes), de Suzanne Collins. Empecé a leer este libro cuando salió en 2020, y no ha sido hasta el año pasado que me lo terminé, porque me forcé a leerlo. Sinceramente, me parece el más flojo de los cinco. Aunque está bien para comprender el personaje de Coriolanus Snow, realmente es una tan mala persona viviendo unos tiempos tan desagradables que oír sus pensamientos no se hace ameno ni divertido. Me alegré de acabarlo (y del final).

8. The Story of ABBA: Melancholy undercover (traducido al castellano como Melancolía encubierta: el libro de ABBA), de Jan Gradvall. Un libro interesante, sobre la historia de ABBA, y atípico, porque no sigue un orden cronológico, sino que cada capítulo está dedicado a un tema diferente, que bien puede ser de antes del grupo, de después, de durante, o centrado en alguno de los cuatro miembros o en sus allegados. Me resultó interesante, sobre todo, conocer el contexto cultural de ABBA en la Suecia de los años 60 y 70, mucho más desfavorable de lo que podríamos imaginar hoy, que se les considera un grupo mítico.

9. Cveće za Aldžernona (traducido al castellano como Flores para Algernon), de Daniel Keyes. El protagonista del libro es Charlie Gordon, un hombre de 30 años con una discapacidad psíquica al que ofrecen ser parte de un experimento cuyo objetivo es comprobar si pueden aumentar su inteligencia. La premisa es muy interesante, aunque la ejecución no tanto. Me molestó sobre todo que los personajes femeninos fueran tan planos y estereotípicos: todas las mujeres son o malas, o tontas, o putas (entendedlo como "disfrutan del sexo y el autor las culpa por ello"), salvo una, que es la buena de la historia (tampoco os haré spoilers). Lo único interesante es el estilo en el que está escrito, pues está narrado en primera persona y el autor escribe de acuerdo al nivel de inteligencia del protagonista. Como curiosidad, este libro fue parodiado en el capítulo de los Simpson en el que Homer tiene un lápiz en el cerebro (y yo me he enterado más de 20 años después).

miércoles, 31 de diciembre de 2025

En 2025...

2025 se acaba, otro año más que nos echamos a la espalda (y literalmente, porque ayer mismo me lesioné el lumbar en el gimnasio, debe de ser de cargar con tantos años, jajaja).

En 2025...

  • En el plano laboral no ha habido muchos cambios. Sigo en la misma empresa, pero el proyecto en el que trabajaba se acabó en mayo. Para junio me metieron en otro, luego en verano no sabían dónde meterme y me dieron dos trabajos seguidos que no sabía hacer, así que me desesperé mucho. Para octubre me asignaron un nuevo proyecto que, más o menos, entra dentro de lo que sé hacer y de mis habilidades adquiridas en la empresa. En cuanto a la sociabilidad dentro de la empresa, sigo siendo un apestado, y no tengo claro que eso vaya a cambiar.
  • Cuando me dan cosas que no sé hacer y no me ofrecen la formación necesaria, me desespero y entro en una espiral destructiva, así que ese verano me informé sobre hacer oposiciones. Al final descarté esa idea, aunque tengo el temario, pero ahora mismo no contemplo seguir ese camino.
  • Respecto al plano académico, os conté que me apunté a un curso de euskera. No continué con el curso, así que fue un pequeño fracaso personal. Echo la culpa al material que nos dieron: el libro que seguíamos era lo bastante malo como para no poder estudiarlo por mi cuenta.
  • Peeero no todo van a ser malas noticias. Como os comenté, en enero tuve mi examen de B2 de serbio. Lo aprobé con buena nota, así que ya tengo mi titulito que acredita que sé hablar y escribir. Sinceramente, creo que mi nivel no es tan bueno para un B2 (es como un First Certificate en inglés), pero ¿quién soy yo para llevarles la contraria?
  • Por otro lado, no he dejado de estudiar serbio (de hecho es mi principal actividad de ocio), pero digamos que no he seguido con la misma velocidad que llevaba los dos años anteriores. Ha sido mi tercer año aprendiendo y no creo que haya aprendido tanto. Lo único que creo que ha mejorado bastante es mi comprensión auditiva, aunque estoy muy lejos de poder entender conversaciones espontáneas con nativos.
  • En cuanto a amistades, he visto a Eloy y a Cristòfol una vez, he quedado regularmente con Antonio y Carles, y he visto un par de veces a Dani. Hemos conseguido volver a celebrar las cenas kink con Bernat y Cris. También quedé con Carlos y su marido Mario un finde que vinieron a Barcelona. Y por primera vez en tres años, volví a ver a Germán.
  • Perdí el contacto con Fede porque su relación con un novio celoso lo llevó a borrar de su vida a la mayoría de sus amistades masculinas. Habría tanto que decir sobre esto, y a la vez no puedo decir nada. I've been there.
  • De viajes no me puedo quejar: hemos ido a Belgrado en enero (con un paso fugaz por Viena) y a Berlín en agosto. Sobre viajes familiares, hemos ido dos veces a Barakaldo (junio y octubre) y tres a la Isla (marzo para carnavales, julio para Feria, y noviembre).
  • Sigo sin coche, y sigo con la misma moto, pero me cansa un poco que le cueste tanto arrancar cuando paso una semana sin usarla, así que me planteo venderla para comprarme otra. No tengo ni idea de cuál, pero es una idea que me ronda. Ya veré.
  • En cuanto a mi pelea con mi imagen, no he mejorado, no he adelgazado, pero por suerte tampoco he ido a peor, así que tampoco está tan mal. Sin embargo, he tenido otros problemas de salud, como un episodio importante de ardores y dolor estomacal que comenzó en agosto y a día de hoy aún dura. 

jueves, 4 de diciembre de 2025

Triste día como eurofán

Si me conocéis, sabéis que soy eurofán. He sido eurofán desde chico. Con 10 años, en 1995, seguí por primera vez el festival. Me encantaron el espectáculo, las canciones, los votos, todo.

Cada año me emocionaba cuando llegaba mayo, porque sabía que iba a descubrir veinte o más canciones, nuevas de las cuales algunas me gustarían mucho. Cuando tuve internet, mi pasión creció, porque podía descubrir las canciones antes del festival y comunicarme con otros eurofans. En internet construimos una comunidad.

Eurovisión se convirtió en mi afición principal hace treinta años. Escucho canciones eurovisivas durante todo el año, no solo antes del festival. Algunas de mis canciones favoritas las conocí en este concurso. Y no puedo olvidar que este festival es el que me abrió la puerta a nuevos idiomas, especialmente al serbocroata.

Por este motivo, para mí hoy es un día triste. No estoy contento con todo lo que ha estado ocurriendo últimamente acerca de Eurovisión, en absoluto. Creo que es una vergüenza mayúscula que Israel haya participado estos dos últimos años, mientras asesinaba a miles de palestinos. Hoy se ha celebrado una votación en la UER para decidir si Israel puede seguir participando. Resulta que a la mayoría de las radiotelevisiones ya les está bien que Israel participe mientras continúa su genocidio en Gaza.

Al menos estoy contento de que las televisiones de España, Eslovenia, Países Bajos e Irlanda hayan decidido retirarse. Es la única decisión acertada y la apoyo.

A las dos últimas ediciones apenas les hice caso, pero el próximo festival no voy a seguirlo. No tengo ni ganas ni la capacidad moral para hacerlo.

viernes, 31 de octubre de 2025

¿Tú no estabas enfadado conmigo?

Tengo una relación un poco tormentosa con los enfados. Concretamente, con el hecho de que la gente se enfade conmigo.

No es que piense que lo hago todo bien, me equivoco y no me cuesta reconocerlo. No tiene nada que ver con eso, es algo que tiene más que ver con la gestión de las emociones.

En el transcurso de mi vida, una de las cosas que he aprendido es que enfadarse es un malgasto de tiempo, de energía, de emociones. Que cuando aprecias a alguien, es mucho más constructivo sentarte y decirle: mira, no me ha gustado esto, me ha hecho sentirme mal. Por eso, es raro que me veas enfadado. Puedo estar molesto, por supuesto, pero enfadarme es algo que hago un par de veces al año, quizá, y me voy por lo largo.

(Es de lo poco positivo que me llevo de la relación con mi último ex. Ejercité y desarrollé la paciencia de una manera sobrehumana.)

Sin embargo, me cuesta entender (mejor dicho: no acepto) que la gente se deje llevar por la irracionalidad y, cuando tiene un desacuerdo conmigo, se enfade, en lugar de decírmelo de manera constructiva.

Sé que todos tenemos una parte irracional y que no debo juzgar a la gente por tenerla. Pero sí creo que se puede elegir hacerle caso o no. Por eso, si hablamos lo suficiente, me oirás decir que enfadarse es una decisión.

Así que cuando alguien se enfada conmigo, me enfado yo, porque me siento castigado e injustamente tratado. Porque esa persona ha decidido castigarme. Y esto hace que cuando alguien se enfada conmigo, quiera echarlo de mi vida. Es mi parte irracional, a la que me esfuerzo por no hacer caso.

Quizá es un reflejo de haberme tenido que enfrentar a muchas cosas solo. Es duro perder a gente a la que quieres, pero es más duro sentirse castigado injustamente. Ya estoy mayor para eso.

También hago el ejercicio de pensar que la gente reacciona irracionalmente a veces, y hago el esfuerzo de no separarme de esa persona, si sé que me aprecia y yo también la aprecio. Pero también es un poco molesto tener que racionalizar yo el comportamiento que es el resultado de que la otra persona no haya querido racionalizar.

De ahí viene una frase con la que he crecido, que decía mi madre, decían y dicen mis hermanas, y que es tan expresiva como, a veces (solo a veces), injusta.

¿Tú no estabas enfadado conmigo?

Es una frase que a la vez expresa tristeza, enfado, pero sobre todo despecho, y a la vez fuerza a la otra persona a hacerse cargo de sus emociones. Impide que haga como si nada hubiera pasado.

Me gustaría ser más constructivo yo también y no tener que recurrir a expresar mi despecho de esa manera. Quizá incluso sería mejor no sentir ese despecho. Pero bueno, cuando me tratan de manera irracional, comportarme de manera un poco irracional es una licencia que me permito.

martes, 30 de septiembre de 2025

Divulgando a los divulgados

Se me ocurrió el otro día, como parte de mi práctica de serbocroata, intentar traducir al serbocroata mi libro. En principio sería un ejercicio para mí mismo, para practicar, pero siempre está la posibilidad de publicarlo, como hice con la traducción al inglés (después de contratar a una correctora, porque mi inglés claramente no es tan bueno).

El lado bueno es todo lo que aprendería, de serbocroata y de terminología política-económica relacionada con el comunismo.

Sin embargo, la posibilidad de publicarlo me provoca un dilema moral enorme. ¿Con qué cara voy yo a divulgar comunismo a un público (el de habla serbocroata) que ya vivió un sistema socialista?

Y podríamos entrar en un debate enorme y estéril sobre el socialismo, sobre el socialismo en Yugoslavia, y desembocaría en los motivos por los que Yugoslavia desapareció.

Sabiendo que en Yugoslavia vivieron cuarenta años de socialismo, ¿no deberían tener ya suficientes libros de divulgación sobre el socialismo? (No he podido encontrar ninguno que sea realmente divulgativo, pero deben de existir). ¿Qué iba a aportar mi texto que no hayan hecho ya otros autores socialistas?

Así las cosas, por lo pronto iré haciendo la traducción para mí, mientras trato de tomar una decisión respecto a la publicación, con la posibilidad de que se me olvide el tema antes de acabar incluso de traducirlo.

sábado, 13 de septiembre de 2025

Pensamiento rápido

No es que no quiera ponerme a estudiar (para algo que ya os contaré), pero...

Por un lado, lo que tengo que estudiar es increíblemente aburrido. Me gustaría ponerme a estudiar algo que me guste, que disfrute. Por ejemplo, ahora que he vuelto de Berlín, me han entrado ganas de mejorar mi alemán. O podría aprender algo más de ruso, o de algún otro idioma, yo qué sé.

Por otro lado, ahora estoy pensando que esta es la única manera de volver a vivir donde quiero vivir. Eso significa que debería estudiar. Ahora debería estar estudiando, y no escribiendo aquí mis pensamientos.

Qué le voy a hacer. Supongo que apagaré el ordenador.

lunes, 18 de agosto de 2025

La alienación de la publicidad

Pensaba ahora en un anuncio de El Corte Inglés sobre la vuelta al cole que echaban cuando yo era chico, que tenía una canción que decía: volver a empezar otra vez, volver a estrenar zapatos y libros...

Y entonces he pensado que qué es eso de estrenar zapatos y libros, cuando yo iba con los zapatos que ya tenía y los libros eran muy a menudo heredados de mis hermanas o de algún vecino o conocido que ya no los necesitaba.

Entonces me he puesto a pensar en la alienación que he sentido siempre hacia muchísimos anuncios de la tele por diferentes motivos.

Esta alienación tenía varios planos. En primer lugar, una alienación de clase. Los anuncios están dirigidos, lógicamente, a gente que puede pagar sus productos. En mi casa siempre hemos sido pobres. Vivíamos del salario de mi padre y éramos 7 en casa, y aunque no pasábamos necesidad, jamás tuvimos para ningún lujo. A partir de 1993 y de la separación de mis padres, vivíamos 6 de la pensión que mi padre nos pasaba (en esa época mis hermanas mayores se tuvieron que buscar algún trabajo para aportar algo más en casa). A mediados de los 90 casi todo el mundo tenía coche, pero no era nuestro caso. Ni siquiera teníamos algo tan mundano como un vídeo.

La segunda alienación era geográfica. Los anuncios se hacen desde Madrid para gente de Madrid, están rodados en Madrid, y se refieren a sitios de Madrid. La gente de los anuncios habla como en Madrid. Y lo que ya sabemos que ha pasado siempre y sigue pasando, cuando sale alguien con otro acento es para caricaturizarlo. La única gente que hablaba como yo en la televisión (en muchos casos de manera falsa) era la que se pretendía que hiciera gracia (y casi nunca la tenía).

Y la tercera vino más tarde, a partir de darme cuenta de quién era. La tercera alineación es la heteronormativa. Los anuncios (hoy en día no son todos, pero sí la mayoría) se dirigen a heterosexuales. Los anuncios más serios, a parejas heterosexuales con hijos (en mi casa ya no éramos una familia tradicional, así que tampoco nos podíamos identificar). Los anuncios más juveniles, a jóvenes heteronormativos: chicos heteros con intereses heteros, y chicas heteros con sus intereses heteros. Ningún anuncio mostraba a gente como yo.

Supongo que estos tres factores han hecho que muy pocas veces me interese algún producto por haber visto su anuncio.

domingo, 20 de julio de 2025

Recuerdos y remordimientos

Ayer volvimos de las vacaciones. Siete días que hemos pasado visitando a mi familia en Cádiz.

Esto en sí no es nada tan reseñable, si tenemos en cuenta que vamos entre dos y tres veces al año a pasar unos días allí.

Sin embargo, esta vez me ha golpeado de una manera diferente. Estas vacaciones han sido diferentes. Tengo la impresión de que he sentido más la vida que no estoy viviendo.

Por un lado, el hecho de haber tenido que volar a Sevilla y no a Jerez me ha hecho visitar la ciudad el día que llegaba y el que me iba. Y hablo poco del tema, pero Sevilla sigue siendo la ciudad en la que más soy yo, en la que más he sido yo, y a la que me encantaría volver. Soy gaditano porque nací y me crié allí, pero soy sevillano porque pasé allí trece años y porque me hice un adulto en Sevilla.

Y porque demasiado a menudo pienso que jamás debí irme de allí, que debí seguir buscando trabajo allí.

Por el otro lado, el tiempo que hemos estado en Cádiz hemos hecho más cosas de las que hacía cuando vivía allí. He visitado la escuela de idiomas, aunque solo fuera para reclamar un título (que al final no me han entregado, ha sido una historia para no dormir que ya os contaré). Hemos ido a la playa de Camposoto, que es mi favorita y a la que el año pasado no fuimos porque no estaba en buenas condiciones. Hemos ido a la Feria de la Isla, después de tantos años sin haberla visitado; sin ser yo un feriante acérrimo, me gusta ir, dar una vuelta, comer allí...

Y sobre todo he pasado tiempo con mi familia: con mis hermanas y con mi sobrina y sobrino.

Uno de mis grandes traumas es el tempus fugit. Es darme cuenta de que el tiempo se va y no vuelve, de que nunca seremos más jóvenes de lo que somos ahora.

Y a mí me está pesando mucho no haber pasado más tiempo con mis sobrinos cuando vivía en Sevilla, y no poder hacerlo ahora que vivo en Barcelona. Por eso tengo que aprovechar el tiempo cuando estoy con mi familia.

También me está haciendo pensar mucho en qué estoy haciendo con mi vida, por qué estoy en Barcelona, por qué tomé las decisiones que me llevaron a estar aquí y si no hubiera sido mejor tomar otras.

Por todo esto, el día de hoy está siendo duro, muy duro. Supongo que ya pasará.

miércoles, 11 de junio de 2025

La relación más extraña que jamás tuve

He leído a algún psicólogo decir que los gays tenemos tan asumida la marginación y el abandono que cualquier persona que nos guste y nos haga un poco de caso ya nos hace engancharnos.

A mí me pasó fugazmente en 2008 con una persona que acabó siendo la persona más estrambótica con la que he tenido algún tipo de relación.

En marzo de 2008 mi vida era extraña. Estaba cambiando y yo no estaba del todo preparado. Yo tenía 23 años y acababa de empezar a trabajar de prácticas en EADS (Airbus), me acababa de sacar el carnet de conducir y me había comprado un coche de segunda mano. En mi tiempo libre seguía haciendo lo mismo: iba a aeróbic por la tarde y a la EOI (estudiaba 5º de alemán), pero no tenía vida social, salvo la que tenía online. Mis amigos de por entonces eran online.

Y online conocí a esta persona, llamémosla F. F tenía 31 años y vivía en Madrid. Nos conocimos en una web de contactos, nos dimos el Messenger y estuvimos unos cuantos días hablando, conversaciones de estas que llegan hasta la noche. Así que después de unos días, me propuso, ¿qué tal si te vienes a Madrid el fin de semana?

Y yo, obviamente, ante el primer hombre que me hacía caso en tres años, dije que vale. Ya por entonces trabajaba, tenía algo de dinero (aunque no era mucho, cobraba 500 euros al mes) y la conexión entre San Fernando y Madrid era muy barata (ida y vuelta costaba 30 euros, aunque eran ocho horas de autobús).

Detalles sobre lo que hicimos ese finde y el otro que fui tampoco puedo dar muchos porque no los recuerdo. Lo que sí recuerdo es a F.

F no era especialmente guapo. Digamos que su fuerte era el interés que mostraba, le interesaba todo, hasta la mínima tontería que se te ocurriera contar.

Sin embargo, todo él estaba envuelto en un halo de misterio. Jamás tuve claro de qué vivía. Si tenía algún trabajo, no era de 8 horas diarias, eso lo sé, porque tenía mucho tiempo libre. Solo sé que no le faltaba de nada. (En su habitación tenía un iPod touch comprado dos semanas antes en su caja, sin desprecintar, aunque no le interesaba porque había salido uno nuevo y se lo quería comprar - de hecho se lo compró estando yo allí).

Decía que era islandés, lo cual me parecía superexótico y a mí, que ya me conocéis, me interesaba por el idioma y por la cultura. Hablaba un castellano muy bueno para ser islandés; de hecho, yo hubiera dicho que era madrileño. Le pregunté un par de veces por cosas del islandés (yo había estudiado un par de cosas básicas unos meses antes, de un libro) y no supo respondérmelas. No pasa nada, pensé; muchos nativos no saben cómo funciona su idioma; aunque él no me soltó ni una frase.

La cuestión es que en los dos fines de semana que estuve allí en su casa apenas pude saber más de él. Ni sobre su familia, ni amigos. Lo único que supe es que su madre aparentemente era una jubilada que vivía en Almería. Ni siquiera coincidí con sus compañeros de piso porque entrábamos y salíamos por donde no nos veían.

Sin embargo, como usualmente se dice, las mentiras tienen las patas cortas. Políticamente no teníamos nada en común; aunque le avergonzaba reconocerlo, era de derecha. Me dijo que no estaba afiliado a ningún partido, pero un día que fuimos a tomar algo vi el carnet del PP en su cartera. Por entonces me cabreé, ahora simplemente me parecería patético.

Y otra mentira, quizá la más absurda, era su identidad. Aunque se preocupaba de que no viera su nombre en ninguna parte, estando conmigo abrió el portátil y entró en la página de la fnac para reservar el iPod touch nuevo que luego iríamos a recoger. En la esquina superior derecha salía el nombre de usuario. El suyo era un nombre bien castellano con dos apellidos bien castellanos. Era F, sí, pero no escrito en islandés, sino en castellano de toda la vida.

Después de ese segundo finde no le volví a interesar. No fue lo que hoy llamarían ghosting, porque contestaba a mis mensajes, pero tarde y sin ganas. Así que obviamente el interés desapareció.

(¿Por qué a mí aún me interesaba? Ay, hijos. Volvemos a la premisa de partida. Era la única persona que me había hecho caso en años).

Casi olvidaba comentar el regalo que me dejó, unas ladillas que descubrí un par de semanas más tarde y que tardé algún tiempo en poder quitarme.

En perspectiva, la conclusión que saqué es que tenía algún tipo de problema con su identidad y tenía que inventarse otra para ser más interesante, no solo para los demás, sino también para sí mismo.

Y en fin, esta es la historia. ¿Moraleja? Ninguna. Podría decir que os queráis y no os dejéis engatusar, pero si os pasa es porque no tenéis la experiencia para evitarlo.

Como epílogo: me lo volví a encontrar años después en páginas de contacto. Yo por entonces tenía 31, y él 32. El extraño caso de la diferencia de edad menguante. Me imagino que en la actualidad, que tengo 40, él tendrá 35.

martes, 20 de mayo de 2025

Frambuesas de Fin de Año

De vez en cuando, en casa compramos frambuesas. Esta semana las hemos visto en el Lidl y las hemos comprado, tenían muy buena pinta.

Para mí las frambuesas son una fruta de Fin de Año, porque en mi familia hay una historia que hace que las identifique así.

El 30 de diciembre de 2011, mi madre, por motivos, fue ingresada en el hospital. Todos los años pasábamos el Fin de Año con ella en su casa, y comíamos las uvas, pero ese año no iba a ser así.

La cuestión es que el repentino ingreso de mi madre en el hospital nos cambió los planes, y nos encontramos la noche del 31 de diciembre en casa de mi hermana (que vivía cerca del hospital). No habíamos hecho cena de Fin de Año, habíamos comprado unos bocadillos en un desavío junto al hospital. Y por supuesto, no teníamos uvas. Lo más parecido que mi hermana tenía para ofrecernos eran unas frambuesas que había comprado unos días antes para hacer una tarta con ellas.

Así que ahí nos tienes, a tres de mis hermanas y a mí delante de la tele y con un platito con doce frambuesas cada uno, preparados para comerlas con las campanadas.

Empezaron las campanadas y mis hermanas comieron una sola frambuesa, porque les resultaron demasiado ácidas y no pudieron seguir. Yo me comí las doce porque el sabor ácido de la fruta, por lo general, me gusta. Así que entré en el año 2012 con 12 frambuesas.

Mi madre se murió definitivamente a la hora de almorzar del día siguiente, el 1 de enero.

Por eso, para mí las frambuesas son una fruta de Fin de Año. Cuando las como no recuerdo la muerte de mi madre como una tragedia; al revés, me hace recordar lo que nos reímos mis hermanas y yo durante las campanadas, en ese Fin de Año improvisado por las circunstancias que nos había tocado vivir.

No serán mi fruta favorita, pero me encantan las frambuesas.


 

jueves, 8 de mayo de 2025

Deslocado

Ya es un poco un lugar común que escuche una canción sobre emigrantes y venga a deciros lo mucho que me identifico. En este caso, es la canción participante por Portugal en Eurovisión 2025. Para no repetirme, simplemente os dejo el enlace al vídeo y el texto.

Conto os dias para mim
Com a mala arrumada
Já quase não cabia
A saudade acumulada.
Cuento los días para mí
Con la maleta hecha
Ya casi no cabía
La nostalgia acumulada.
Do azul vejo o jardim
Mesmo por trás da asa
Mãe, olha à janela,
Que eu tou a chegar à casa.
Desde el cielo veo el jardín
Incluso por detrás del ala
Madre, mira por la ventana,
Que estoy llegando a casa.
Que eu tou a chegar à casa.
Que eu tou a chegar à casa.
Que eu tou a chegar à casa.
Que estoy llegando a casa.
Que estoy llegando a casa.
Que estoy llegando a casa.
Por mais que possa parecer
Eu nunca vou pertencer
Àquela cidade.
O mar de gente, o sol diferente,
O monte de betão,
Não me provoca nada,
Não me convoca casa.
Por más que pueda parecer
Yo nunca voy a pertenecer
A aquella ciudad.
El mar de gente, el sol diferente,
El monte de hormigón
No me provoca nada,
No me llama a casa.
Porque eu vim de longe
Eu vim do meio do mar.
No coração do oceano
Eu tenho a vida inteira.
Porque vine de lejos
Vine de mitad del mar.
En el corazón del océano
Tengo la vida entera.
O meu caminho eu faço a pensar
Em regressar à minha casa
Ilha, paz, Madeira.
Mi camino hago pensando
En regresar a mi casa
Isla, paz, Madeira.
Se eu te explicar palavra a palavra
Nunca vais entender
A dor que me cala
A solidão que assombra a hora da partida.
Si yo te explico palabra a palabra
Nunca vas a entender
El dolor que me calla
La soledad que ensombrece la hora de la partida.
Carrego o sossego de poder voltar
Mãe, olha à janela, que eu tou a chegar.
Cargo la tranquilidad de poder volver
Madre, mira por la ventana, que estoy llegando.
Por mais que possa parecer
Eu nunca vou pertencer
Àquela cidade.
O mar de gente, o sol diferente,
O monte de betão,
Não me provoca nada,
Não me convo...
Por más que pueda parecer
Yo nunca voy a pertenecer
A aquella ciudad.
El mar de gente, el sol diferente,
El monte de hormigón
No me provoca nada,
No me llama...
O mar de gente, o sol diferente,
O monte de betão,
Não me provoca nada,
Não me convoca casa.
El mar de gente, el sol diferente,
El monte de hormigón
No me provoca nada,
No me llama a casa.

miércoles, 7 de mayo de 2025

Primer encuentro con Viena

Podría definir mi relación con el alemán como de amor-odio, pero sin ser ninguna de las dos cosas. Después de tantos años y de tantas experiencias con ella, ahora mismo es una lengua que me resulta de la familia, como de casa. He pasado más de la mitad de mi vida en contacto con ella, empecé a estudiarla con 15 años y ahora tengo 40. No la he estudiado continuamente, pero leo cosas en alemán de vez en cuando, cuando se me cruzan en redes sociales y eso. He llegado a un punto en el que entiendo el 90% de lo que oigo y leo. Por otro lado, no soy capaz de hablarla fluidamente, y me gustaría recuperar mis habilidades en ella, pero no estoy tan motivado como para esforzarme. Ya no es mi lengua favorita como lo fue en mi adolescencia.

La cuestión es que, al menos en mi experiencia, la enseñanza del alemán está extremadamente centrada en Alemania. Esto podréis pensar que es lógico, y siempre está el argumento numérico: el 80% de los hablantes del alemán están en Alemania. Lo que no es tan lógico es que del resto de variedades no se enseñe nada. A mí incluso un profesor llegó a corregirme un uso que está muy extendido en el sur de Alemania y es incluso oficial en el estándar austriaco, solo porque no es oficial en Alemania. Así están las cosas.

(Para los más interesados, se trata del uso de sein como auxiliar para formar el perfecto de los verbos stehen, liegen y sitzen. Que diréis, ¿y por qué lo dices así y no con haben, como les gusta a los profesores alemanocéntricos? Pues primero, porque me resulta más lógico, y segundo, porque así lo interioricé cuando estuve haciendo Erasmus en el sur de Alemania).

También puedo añadir que en el tiempo que he estudiado alemán mientras vivía en Alemania, apenas hubo menciones a Austria o Suiza (ya ni pienses en Bélgica).

Como consecuencia de todo esto, aunque siempre me dio curiosidad Austria, mi conocimiento de Austria y de su capital, Viena, siempre ha sido bastante reducido. De hecho, mi impresión era que Viena era una linda y pequeña capital de un pequeño país sin demasiadas pretensiones; una cosa como podría ser, no sé, Bruselas o Dublín.

Mi impresión empezó a cambiar cuando empecé a estudiar serbocroata y, sobre todo, cuando hice allí una parada de varias horas en enero, de camino a Belgrado. El tiempo fue el suficiente para que Pau y yo pudiéramos acercarnos del aeropuerto al centro, dar un pequeño paseo y comer.

Estando allí me di cuenta de que la ciudad está pagadísima de sí misma. Para quien no entienda esta expresión valenciana, digamos que está encantada de conocerse. El pequeño paseo que dimos ya nos dejó clara la importancia histórica que ha tenido la ciudad. Vale, es algo un poco obvio si conoces la historia europea reciente, pero para mí fue chocante porque no esperaba que hubiera retenido tanto. Parecía que en cualquier momento te fueras a cruzar con Sissí Emperatriz.

La Ópera de Viena

Como he dicho, mi impresión también ha cambiado gracias a mi estudio del serbocroata. El estudio de una lengua nunca se puede hacer independiente de la cultura que la habla, por mucho que lo intentes. Yo no lo he intentado, me ha interesado saber sobre Yugoslavia y la cultura balcánica. Y claro, eso significa que no puedes evitar conocer lo que piensan sobre los vecinos que históricamente han tenido más influencia sobre ellos: los turcos (por el Imperio Otomano) y los austriacos (por el Imperio Austrohúngaro).

Aún a día de hoy la relación entre los pueblos exyugoslavos y Austria es enorme. La cantidad de exyugoslavos que viven en Viena es gigantesca (estando allí unas cuantas horas oímos hablar serbocroata en muchas ocasiones), y los que no viven allí, en su mayoría han visitado Viena al menos una vez. Hay numerosos vuelos diarios entre Viena y Belgrado, así como líneas regulares de autocares. Entre Viena y Zagreb es incluso más sencillo, hay varios trenes diarios.

Eso sí, que la relación sea grande no significa que sea buena. La opinión sobre Austria entre los balcánicos es bastante variopinta, pero tiende más a negativa: en la conciencia colectiva sigue pesando bastante el papel imperialista de Austria en la zona hasta hace poco más de un siglo. Esto no mejora si tenemos en cuenta que los serbios, croatas, bosnios y montenegrinos en Austria no cuentan con la mejor reputación, pues sigue pesando sobre ellos el sambenito de que son inmigrantes pobres y a menudo los austriacos los miran por encima del hombro. Por eso, si rascas entre exyugoslavos, es bastante fácil que encuentres quien critique Austria y los austriacos, a veces de una manera poco sana.

Con todo esto, Viena es una ciudad a la que me apetecería volver, esta vez sabiendo un poco mejor lo que voy a encontrarme allí. También puede ser una oportunidad para reencontrarme con la lengua alemana.

lunes, 21 de abril de 2025

Spice Girls y el elitismo musical en la familia

Hace unos meses descubrí, no recuerdo cómo, que existía un libro sobre la historia de las Spice Girls. Vi reseñas y me pareció interesante, así que lo encontré y lo he estado leyendo desde entonces.

Este retorno al pasado me ha estado trayendo muchas ideas a la cabeza, aunque supongo que no todas las plasmaré en este blog.

Ya os he hablado en otras ocasiones sobre mis gustos musicales, artistas que me gustan o me han acompañado a lo largo de la vida. Este blog tiene 21 años, así que he tenido varias ocasiones, aunque tampoco han sido muy numerosas porque, aunque oigo música muy a menudo, y tengo mis grupos y artistas favoritos, no soy fan acérrimo de nadie. Sin embargo, de más joven sí que he sido bastante fan de algunos grupos o artistas (aunque nunca de una manera exagerada).

Y esto enlaza con el grupo del que os quería hablar, las Spice Girls. La primera vez que vi a las Spice Girls fue una mañana en la tele. Los fines de semana me levantaba temprano; no es que lo hiciera expresamente para ver los dibujos, como hacían otros niños, sino que me despertaba (supongo que por la costumbre) y me ponía a ver la televisión (usualmente los dibujos). El matiz no es tan importante, pero es ese.

Y a veces no veía los dibujos, porque quizá los que estaban echando no eran los que me gustaban. La cuestión es que a finales de 1996, un fin de semana, estaba yo despierto viendo un programa de Canal + de videoclips, y apareció Wannabe, de las Spice Girls, cuando aún no eran famosísimas. De hecho, me dejaron muy impactado porque eran cinco chicas que llegaban, entraban en una fiesta llena de vejestorios y gente bien vestida revolucionándolo todo, y en menos de tres minutos se habían ido.

Fue poco después que todo el mundo empezó a hablar de las Spice Girls. Salían en todas partes, en videoclips, en anuncios, en programas de la tele. No recuerdo que se hablara tanto de ellas en el instituto, pero mis compañeras del conservatorio sí que eran muy fans de las Spice. Y con el tiempo, yo me uní a la ola. Me gustaba mucho su música, y ellas me parecían simpáticas y divertidas.

La cuestión aquí es que las Spice Girls fueron el primer grupo que me gustó por mi propio criterio. En mi casa siempre se había oído música; los fines de semana por la mañana, una vez que acababan los dibujos de la tele, se apagaba y mis hermanas o mi madre ponían la música que ellas elegían. Por eso crecí conociendo mucha música pop de los 80 y principios de los 90.

¿Y qué ocurre? Pues que en cuestiones musicales, en mi casa siempre recibí el rechazo y el desprecio de mi familia. La música que yo quería escuchar era mala, por sistema. Las Spice Girls eran (según mis hermanas) tontas y falsas, y su música no era auténtica. Laura Pausini, otra artista que me encantaba, también era tonta, pero porque era romántica, y su música era aburrida. Un par de años después me aficioné a La Oreja de Van Gogh, y eran unos niñatos tontos que además no tenían respeto por haber elegido ese nombre para su grupo. (Ya ni comento lo de que me gustara Eurovisión, porque Eurovisión era cutre). En definitiva, la música que elegían mi madre y mis hermanas se podía oír por los altavoces, para todo el mundo, pero la mía solo la podía oír yo solo y por la tarde, si me sentaba junto a la cadena de música y me ponía los auriculares.

Este destierro se hizo un poco más liviano cuando me regalaron un walkman en 1998. Al menos ya no tenía que estar sentado en una esquina del salón para poder oír mi música.

Por suerte, mi hermana más pequeña es de mi generación, y ella y yo compartíamos bastantes gustos musicales. Nos aficionamos a la radio y la música pop más o menos a la vez, y nos comentábamos descubrimientos. Fue ella quien primero me habló de Britney Spears, por ejemplo, quien durante dos años fue la artista más oída en mi habitación y en mi walkman.

Por eso, ahora que tengo 40 años y el tiempo ha dado su sitio a mucha gente, me alegro muchísimo de ver lo que han sido esos grupos que me gustaban. Es verdad que mucha de la música que oía en mi época de instituto, aunque me sigue pareciendo buenísima, no ha trascendido, porque sabemos que eso depende de miles de factores y muchos no están relacionados con lo buena o mala que sea tu música. Pero tanto las Spice Girls, como Laura Pausini, como La Oreja de Van Gogh han quedado como artistas/grupos con talento y que han hecho una importante contribución al mundo de la música pop, de una forma u otra.

lunes, 31 de marzo de 2025

Amanecer en la cosecha

He acabado el quinto libro de Los juegos del hambre (antes que el cuarto, que no he sido capaz de pasar de la mitad, pero lo haré) y hay tantas cosas que me gustaría decir. Pero no estoy preparado y creo que es demasiado pronto para hacer spoilers, que solo salió hace dos semanas.

Ya nos lo comentaremos.

domingo, 9 de marzo de 2025

Visita al pasado a través de cartas

En este último viaje que he hecho a Cádiz, ha surgido la oportunidad de ojear con mi hermana algunas cartas viejas que mi madre guardaba, de las que mi padre le había enviado en su juventud.

Mi padre había viajado mucho por trabajo. Las cartas empiezan cuando mi padre está cumpliendo el servicio militar, entre 1968 y 1970; de etapas posteriores hay postales de cuando trabajaba con Abengoa por toda Andalucía, y de nuevo cartas de cuando estuvo trabajando de electricista en la marina mercante, durante toda la década de los 70.

No nos dio tiempo de mirarlas todas porque eran muchas y fue todo bastante improvisado. No estaban ordenadas, así que vimos algunas en orden aleatorio; tenemos pendiente ordenarlas, leerlas, y a mí me gustaría escanearlas.

Las pocas cartas que nos dio tiempo a mirar me hicieron tener sentimientos que no esperaba. Al principio me sentía un poco contrariado porque, al fin y al cabo, estaba leyendo la intimidad de dos personas, que se escribían cartas solo para ellos, sin contar con que nadie más las leyera. Luego, acallé ese sentimiento y empecé a ver de primera mano la historia entre mis padres. Por supuesto que sé que mis padres fueron jóvenes, pero es la típica cosa que no te esperas hasta que te la encuentras: una pareja de chiquillos, él con 19 y ella con 15, enviándose cartas diciéndose lo mucho que se echaban de menos, lo mucho que se querían, y la preocupación porque ella se había quedado embarazada a esas edades (todo insertado en el contexto de la sociedad de la época, el franquismo y el nacionalcatolicismo), seguido de la ilusión cuando nace la niña...

Fue bastante emocionante, y estoy deseando volver a casa de mi hermana (probablemente en verano) para seguir leyendo.