lunes, 2 de octubre de 2017

El año más largo

Hoy es 2 de octubre, es decir, mañana es mi cumpleaños, como ya sabéis (o quizá no). Es el último día de mis 32, de mis 25. Hace un año hice una entrada de lo más optimista sobre los 32, hoy los veo de una manera diferente. Entre otras cosas, porque soy un año más viejo.

Empecé los 32 habiendo tomado una decisión importante, arriesgando para poco después perder. Y después de eso mi vida ha sido una verdadera montaña rusa donde, para qué negarlo, han abundado más los bajos que los altos.

Pero bueno, se acaban los 32 y es hora de mirarlo por el lado positivo. Quedarme con todo lo bueno que me ha pasado este año, y aprender de lo malo. Este año he conocido a una gente estupenda, he visitado sitios que no conocía (como Girona o Palma), he hecho amigos con los que sé que puedo contar y que pueden contar conmigo (Rafa, Aitor, Miqui, Víctor, Fran, Pedro, os amo), he reforzado los lazos con algunos otros amigos de toda la vida (Nando, Antonio, Meski) y he aprendido que la gente valiosa es para siempre (Fede). He pasado unas vacaciones estupendas haciendo lo que me gusta y siendo quien me gusta ser (Torremolinos, Folsom y mis rutillas). Me he conocido mejor a mí mismo; con C y con JJ he aprendido que soy un iluso enamoradizo y estoy empezando a asumirlo y a vivir con ello.

Y como me propuse a primeros de año, soy más auténtico, porque me parezco más a lo que he soñado de mí mismo.

En definitiva, soy un año más viejo, con todo lo que eso conlleva. Soy un año más sabio, tengo un año más de experiencia, y oye, últimamente me estoy viendo hasta más guapo, cosa rara en mí.

Estoy deseando empezar los 33.

martes, 12 de septiembre de 2017

Eclipsado

Hay personas a las que te encuentras de repente, pasan por tu vida, te hacen cambiar tu manera de ver las cosas, rompen tus esquemas, te fascinan, y luego siguen su camino. Y sabes que tardarás años en olvidarlas, si es que las olvidas. Son especiales.

Este fin de semana me he encontrado a una de esas personas. No sé si la volveré a ver, aunque me encantaría.

Y sí, este fin de semana he estado en Berlín para Folsom Europe 2017, que es un evento de lo más divertido y que me ha hecho decidir vivir ciertas cosas de otra manera. Pero mi resumen del fin de semana son los dos primeros párrafos. Lo demás está eclipsado.

jueves, 17 de agosto de 2017

Esa frágil autoestima

Me he dado cuenta de una cosa. Por más que me joda, soy una persona vulnerable. Odio serlo. Odio mucho serlo. Odio que la gente sea sensible. Y yo me he dado cuenta de que lo soy.

Ya os oigo pensar, ya, «pues vaya descubrimiento Dani, si todos lo teníamos claro». Todos lo sabíais, sí. Menos yo, hasta ahora.

Me ha quedado claro después de esta última experiencia fallida. Toda la esperanza y la ilusión que había puesto se han visto correspondidas con una hostia en la cara. O con varias.

¿Qué pasa? Que pensando racionalmente sé que es algo que pasa cada día a todo el mundo. Que lo mío no ha sido nada especial, nada extraordinario.

Pero por el lado irracional, no lo puedo evitar, me hace sentir mal, me hace sentir muy mal. Precisamente por como se han desarrollado las cosas, por lo bien que empezaron, lo bonitas que pintaban, y por como se han enfriado. Me ha tocado directamente a la autoestima y la ha hecho casi desaparecer. Me hace sentir que voy a acabar solo porque no va a haber quien me aguante. Que puedo tener un puñado de virtudes, puedo ser buen amigo, buen familiar, buen profesional… pero que como pareja no intereso, no valgo. Lo que ofrezco no gusta.

Como me dijo un compi de trabajo hace poco, «Dani, cuando estés conociendo a alguien, no seas tú mismo». Y ahora mismo estoy convencido de que tiene razón.

Y estar solo no está mal, he estado solo casi toda mi vida, casi todo lo que hago lo hago solo. De hecho siempre me he considerado un tío independiente e incapaz de llevar una vida de pareja tradicional, de estas de dependencia mutua. Pero si acepto que voy a estar solo tengo que reenfocar mi vida. Tengo que dejar de ver a cualquier hombre interesante como una posible pareja. Tengo que dejar de exigir un mínimo nivel de conversación cuando busque sexo; limitarme a follar y nada más. O directamente renunciar a hacerlo.

Porque estos errores son los que llevo cometiendo desde que tengo una vida emocional autónoma y adulta, desde los 23 años. Y por eso me llevé los chascos que me llevé con F, con E, con N, con A, con C y ahora con J.

Ahora mismo no me veo capaz de cambiar, de hacer las cosas de otro modo. Soy débil en ese sentido. Pero debo empezar a proponérmelo si no quiero seguir haciendo el gilipollas y perdiendo los mejores años de mi vida buscando a alguien que no voy a encontrar. Los 32 se me acaban y estoy a mes y medio de poder certificar que han sido un año yermo. De los peores.

miércoles, 14 de junio de 2017

Sin mirar atrás

Ayer por la tarde, mientras iba al centro en bus porque la moto estaba sin batería, iba charlando por WhatsApp con alguien que me interesó en 2016 y me paré a pensar en mi vida.

Llegué a la conclusión de que los acontecimientos del año pasado y principios de este me han hecho más daño del que imaginaba, hasta el punto de que hago todo lo posible por vivir sin mirar atrás. Sigo adelante por inercia, sin ganas de seguir, pero deseando que el tiempo me aleje de lo que pasó y de la persona que fui.

No pasa un día sin que recuerde que hace un año todo estaba bien y que me encargué de destruir todo eso que estaba bien hasta que no quedó nada. No solo en mi vida, sino en la vida de otras personas, lo cual es más mezquino.

Y en la cuestión emocional me siento como atado de pies y manos, no soy capaz de apostar por nadie, no soy capaz de luchar por nadie, no confío lo suficiente como para enfrentarme a ninguna complicación. Y ahí me tienes, encaprichado con alguien y dejando que se aleje sin hacer nada porque no quiero volver a fracasar.

No digo esto para que mi escasa audiencia sienta lástima, no quiero que la tengáis porque no es para eso. Pero para superar un problema hay que reconocerlo. Los demás pasos ya vendrán.

domingo, 4 de junio de 2017

El primer día...

...del resto de mi vida. Como todos los días, vamos.

Habré hecho mis castillos en el aire, pero por mucho que cueste, hay que bajar a la realidad y mirar adelante, a las posibilidades, no a los sueños. Mi excrush me enseñó (sin él querer, por supuesto) a que no me meta en berenjenales y a que no luche por imposibles, así que dejo aquí este coche y el resto del camino lo hago andando.

Eso sí, nadie me quita lo bien que lo he pasado y la gran persona que he conocido este fin de semana.

martes, 23 de mayo de 2017

Ain’t no fun in easy

Como no he aprendido, he visto una piedra y he decidido tropezar en ella.

Me preocupa equivocarme, por supuesto. Y de hecho no sé si la estoy cagando. Sospecho que sí. Lo que sí sé es que me apetece intentarlo.

En lo fácil no hay diversión, como dicen Timebelle.

Pero es que lo que merece la pena no suele ser fácil.

martes, 18 de abril de 2017

You look so fine

Hoy, por un error mío, he acabado oyendo en el coche el disco Version 2.0 de Garbage, un disco que me encanta y que en mi adolescencia (1999) escuché de manera compulsiva, igual que algunos otros (como This is my truth tell me yours, de Manic Street Preachers).

He estado parando la oreja en las canciones y oye, las letras son tremendas, muchas de ellas son destructivas y podría decir que todas son ciertamente oscuras. He intentado buscar de qué iban y solo he llegado a leer que las letras eran de Shirley Manson en su totalidad y que no estaba en una buena época cuando las escribió. La verdad, no me sorprende demasiado.

Voy a hablar, sobre todo, de You look so fine, porque me parece la mejor, la más dura, y me siento muy identificado con ella. (Sí, voy a hablar de mis dramas otra vez, lo siento, pero es mi blog y me lo follo cuando quiero). Os enlazo el vídeo.


It's so insane, you got me tethered and chained. I hear your name, and I'm falling over.

¿Por qué me siento identificado? Porque cuando me gusta alguien me lo tomo así, como explica la canción. Soy obsesivo por naturaleza (no con los amores, sino con todo) y cuando me enamoro de alguien voy con todo. Lo apuesto todo y me da igual lo que pase luego.

Knocked down, cried out, been down just to find out I'm through bleeding for you.

Y claro, no me corresponden, y Dani lo pasa mal y sufre. Y se da cuenta de que es un gilipollas por ser así y por pillarse por gente que no merece la pena.

Drown in me one more time, hide inside me tonight. Do what you want to do, just pretend happy end. Let me know, let it show, ending with letting go.

Cuento cuatro veces en mi vida que me he enamorado. Cuatro. El primero nunca llegó a saberlo, era hetero y yo estaba en el instituto y dentro del armario. Con el tercero empecé una relación un poco disfuncional que acabó a los dos años, pero aún tengo muy buena relación con él.

El segundo y el cuarto me usaron como les apeteció y luego me mandaron a la mierda. Del cuarto os hablé aquí hace unos meses, así que ya estáis al tanto.

¿Qué quiero decir con esto? Nada. Bueno, casi nada. Primero, que estáis leyendo a un gilipollas que va de racional por la vida y luego se enamora de imbéciles. Y segundo, que hay mucha gente deshonesta y aprovechada. No lo seáis, por favor. Sed sinceros. Es duro que te rechacen, pero es más duro que lo hagan después de sacar de ti todo lo que pudieron.

martes, 28 de marzo de 2017

Lo natural siempre es mejor

Lo natural siempre es mejor. ¿A que lo habéis oído alguna vez? ¿A que últimamente has recibido este mensaje, de una forma u otra, por varias vías y de varias personas diferentes? Se ha convertido en un verdadero bombardeo esta obsesión con las bondades de lo natural y de lo malos que son los procesos y los aditivos. Y me refiero sobre todo a la comida, pero no exclusivamente.

Os podría hablar, para empezar, de la gilipollez de los cinco venenos blancos (sal, azúcar blanco, harina refinada, arroz blanco y leche pasteurizada) que a tanto iluminado le ha dado por difundir. Según este estúpido mito, al parecer, el azúcar blanco es malo porque está refinado (pero el azúcar moreno, que tiene prácticamente la misma composición química, no es malo). Todo en orden.

Esta moda absurda es la que nos ha llevado a mirar mal el hecho de que la comida lleve conservantes. «Sin conservantes» es un reclamo típico. ¿Pues sabes qué? Yo quiero que mi comida lleve conservantes. Desde luego, prefiero eso a que se pudra, se infecte o le salga moho.

Los aditivos nos han facilitado la vida de una manera inimaginable. Si no fuera por los aditivos, solo podríamos comer lo que se hubiera recolectado o sacrificado pocas horas antes a poca distancia de nuestra casa. Sin aditivos no existiría la comida preparada o semipreparada, que a muchos os parecerá una abominación, pero hay gente que la necesita para poder tener el trabajo que tiene, por ejemplo. Sin aditivos no existirían las galletas envasadas, no existiría la bollería; no existiría la comida para bebés. Ni siquiera existirían los embutidos. El pan sería ázimo, porque ¿sabes lo que es la levadura? Exacto, un aditivo.

La modificación genética, tan denostada ahora por el asunto de los transgénicos, es la que nos ha permitido tener frutas comestibles, carnosas, con pocas semillas o con buen sabor. Ni el tomate, ni el plátano, ni la sandía, ni el maíz se encuentran en la naturaleza tal y como los conocemos. Por favor, ni siquiera la naranja es un fruto natural. Te invito a que pruebes un día una zanahoria salvaje, a ver si eres capaz de comértela.

Estamos comiendo cada día productos de la agricultura, productos genéticamente modificados durante siglos mediante cruces e injertos; pero rechazamos que se pueda cultivar trigo sin gluten, que permitiría hacer pan para celíacos de una manera mucho más barata… porque es transgénico. Mejor dejarse llevar por bulos y leyendas urbanas que facilitarles la vida a los celíacos.

Dejemos ya de idealizar «lo natural»: no todo lo natural es bueno ni beneficioso, y no todo lo creado por el ser humano es malo ni perjudicial. Cocinar no es natural. Vestirse no es natural. Utilizar la electricidad no es natural, ni la mecánica.

¿Sabes lo que es natural? Natural es hacerse una herida y dejar que se gangrene. Natural es morir de polio a los 10 años. La tuberculosis es natural, el cáncer es natural. ¿La quimioterapia? No, la quimioterapia no es natural. Y no te recomiendo que intentes curarte de cáncer por métodos «naturales», porque todos los que lo han intentado están en el hoyo, desgraciadamente.

Abramos los ojos de una vez. Sí, en la sociedad hay problemas de salud graves, problemas que podríamos y deberíamos solucionar para mejorar. Pero nos encontramos ante la sociedad más sana y más longeva de la historia… ¿seguro que no ha tenido nada que ver que nos hayamos alejado de «lo natural»?

Aceptemos que nuestra sociedad no es «natural», pero es que tampoco le hace falta serlo. Y en vez de dejarnos llevar por el primer iluminado, por el primer blog que nos encontremos alertando de los peligros de cualquier alimento, recurramos a la ciencia y oigamos lo que nos tiene que decir. No, la harina de trigo no es mala. No, el azúcar blanco no es ningún veneno. Ni el glutamato, ni los colorantes, ni la sacarina. Ni, desde luego, la leche (salvo para los intolerantes a la lactosa o los alérgicos a la proteína de leche de vaca).

No hemos llegado hasta aquí creyéndonos a charlatanes sino aplicando el método científico. Sigamos avanzando.

Lectura recomendada: «Los productos naturales, ¡vaya timo!», de José Miguel Mulet. 

domingo, 19 de marzo de 2017

¿El valor para marcharse?

Os lo cuento por aquí: en mi empresa han sacado cuatro de puestos fuera de la ciudad. No para misiones temporales, sino como destinos de larga duración.

Habiéndome planteado mi situación actual, a saber, en mayo hago cinco años en la empresa y, como digo yo, han sido cinco años sin moverme de la silla, creo que lo correcto es aprovechar esta oportunidad y presentar la candidatura a estos puestos.

(A ver, que tampoco está mal, porque mi puesto es el que más me gusta dentro de la empresa, pero a veces se agradece que cuenten con uno para tareas diferentes).

Por supuesto, ya he entrado en modo pánico ante la posibilidad de:
  • hacer una mudanza otra vez
  • tener que tirar un montón de trastos para viajar ligero
  • no tener una residencia fija
  • vivir en un sitio donde los alquileres son desorbitados
y, por último pero no menos importante, abandonar Sevilla.

Llevo casi nueve años aquí y la siento como mi ciudad. No me hace gracia marcharme y que deje de ser mi sitio. Pero hay oportunidades que no se pueden dejar pasar, sobre todo cuando tenemos una edad.

Os iré contando las novedades.

domingo, 12 de marzo de 2017

Why do I always get it wrong


No more sad songs on lonely nights,
no more seeking the wrongs or rights of it.
No more playing the fool for you,
you can do what you wanna do now.

No more sad songs for me to sing,
no more heartaches, no more heartaches,
so now you can't hurt me.

Sometimes I wish that we had never met
'cause you're my weakness, you're my weakness,
you're my one and only regret.

I am running, running, running where you won't find me.
Don't wanna play the fool for you,
so go on your way, do what you gotta do.

domingo, 19 de febrero de 2017

Superatontado

Querida audiencia, vengo a hablar de un tema del que no he hablado nunca por aquí, y del que no suelo hablar en público. Es una cuestión que he llevado en secreto todo lo que he podido.

Os cuento sin más dilación, de chico fui lo que ahora viene en llamarse un niño de altas capacidades intelectuales. Por entonces nos llamaban superdotados o, los más chapados a la antigua, niños prodigio (que hoy suena muy duro, pero estamos hablando de una época en la que a las personas con movilidad reducida se les llamaba «inválidos»).

¿Por qué cuento esto? He leído un hilo en Twitter (enlazo aquí, su autora es Violet, @daintyataraxi) que habla de los mitos alrededor de las personas con este problema (y elijo bien la palabra, problema, porque para mí lo ha sido). Me ha agradado mucho encontrarme el hilo porque me he sentido completamente identificado y, además, reconforta ver que hay gente que ha pasado por lo mismo.

Voy a comentar algunos de los mitos que menciona el hilo pero centrándome en mi experiencia.

«La gente con alta capacidad intelectual lo hace todo bien». Obviamente es falso. Empezando porque la alta capacidad intelectual es exactamente eso, intelectual. Ya de chico, una psicóloga que me trató le dijo a mi madre señora, su hijo es muy inteligente, pero torpe como él solo (dramatización). Mi psicomotricidad aún hoy es decepcionante, y ahora que estoy con las prácticas de moto, puedo asegurar que con 32 años no es nada buena.

Y por otro lado, alta capacidad intelectual no significa infalibilidad. Claro que nos equivocamos, ¡vaya si nos equivocamos!

«La gente con alta capacidad intelectual siempre saca buenas notas». Pues no. He de decir que a mí me dieron un trato especial en el colegio y pude evitar el fracaso escolar, que he leído que se da mucho entre niños con AACC. Pero no, no sacaba siempre buenas notas. La alta capacidad no vale de nada por sí sola: si te faltan otros factores (hola, motivación), no pones interés, no aprendes y no rindes en un examen.

El propio hilo habla de las deficiencias del sistema educativo en este sentido. Nuestro sistema educativo se basa en memorizar y repetir. A mí me costaba la vida aprender cosas de memoria. Primera y fundamentalmente, porque no me interesaba lo más mínimo. ¿Qué ganaba yo aprendiendo datos como un papagayo? No me proporcionaba ninguna satisfacción, así que no lo hacía. Que podréis pensar que uno no estudia por satisfacción, pero si a una persona que tiene curiosidad y que disfruta aprendiendo le dices que, en lugar de aprender, tiene que memorizar, la frustras (sobre todo a un niño, que no sabe gestionar sus emociones). Esto es así.

He dicho que me dieron un trato especial en el colegio, dentro de sus limitadas posibilidades, dado que no existía ningún programa previsto para niños superdotados. En mi caso, el equipo docente se implicó mucho y resolvió que me meterían en clases de dos cursos por delante (hice 4º de EGB con 7 años). Esto provocó diversos problemas, tanto burocráticos como de desarrollo personal. Los burocráticos ya no importan, y los de desarrollo personal los mencionaré ahora.

«La gente con alta capacidad intelectual no necesita ayuda en nada». Otro error. Claro que necesitamos ayuda. Como bien dice Violet, puede que académicamente necesitemos menos ayuda, pero la necesitamos de otro tipo. Ella comenta la ayuda emocional y yo no podría estar más de acuerdo.

No miento a nadie si os digo que crecí con una cierta sensación de soledad. De ser incomprendido, de no encajar, y todo por culpa de esta característica. Los niños con los que estudiaba me veían como algo raro, porque era dos años menor que ellos (a eso sumamos los que no llevaban bien que sacara buenas notas siendo más chico). Con la mayoría me llevaba bien, pero la relación se acababa a la hora que sonaba la sirena, así que crecí sin demasiadas relaciones de amistad (por no decir ninguna).

Y aunque mi familia siempre me quiso mucho, y siempre tuvieron muy buena intención, en este tema muchas veces no resultaron de mucha ayuda. Porque el estigma que tenía en el colegio continuaba en casa. Frases como «no me preguntes, eres tú el superdotado» no me ayudaban en ningún sentido. U otras como «más que superdotado, eres superatontado». (Bonito juego de palabras, a sumar al de «niño podrido» que me hacían los niños del colegio).

«La gente con alta capacidad intelectual no se relaciona». Sé, me consta, que es mentira, que no es una generalidad… pero en mi caso se cumple. Claro que yo encuentro la explicación en mi infancia. Mi característica era mi carta de presentación, así que todos los prejuicios asociados se manifestaban desde el minuto 1. El 80% de las veces que alguien me conocía por primera vez, me ponía a prueba. Me acabé cansando de que cualquier desconocido me preguntara cuánto era la suma de dos números, por dónde pasaba cualquier río, o cualquier otra pregunta que se le ocurriera (cuya respuesta a veces sabía y a veces no). Creo que se puede entender que, con estas experiencias, acabara evitando activamente conocer gente nueva.

A esto hay que sumar, además, la falta de intereses comunes entre otros niños y yo, pues a mí me apasionaban todos estos temas intelectuales, pero las actividades más comunes de niños (jugar a la pelota, a las canicas, etc.) no me interesaban, y además se me daban mal. Por todo esto, no desarrollé de chico las habilidades sociales que, aún hoy, me faltan.

Y voy con el último mito que menciona Violet: «tener alta capacidad es guay». No sé si reírme o llorar. Hoy en día puedo decir que estoy un poco más en paz conmigo mismo, que he aprendido a vivir con esto y con todo lo que me ha conllevado, y por eso he sido capaz de escribir este texto. Pero durante casi toda mi vida, si me hubieran dado a elegir, habría elegido no tener alta capacidad, no tener ese problema que los demás no tenían, y que me trataran como trataban a los demás.

Porque, además, una de las peores consecuencias que ha tenido para mí es la dificultad para aceptar mis limitaciones. La baja tolerancia al fracaso. Crecí oyendo de todo el mundo que lo que hacía no era suficiente, que podía hacerlo mejor. Yo a casa podía llevar algún notable (si el resto eran sobresalientes), pero si eran dos o tres era porque no me había esforzado. Y no niego que en algunos casos era cierto, que podía haberme esforzado más, pero como digo arriba, a nadie le importaba la motivación. Empezando por los docentes, que en muchos casos también me acababan diciendo que tenía que esforzarme más, pero no hacían nada para que quisiera hacerlo.

¿Esto en qué se traduce? En que uno acaba interiorizando que no puede fallar y acaba convirtiendo cualquier error en un drama y en una crisis emocional. ¿Ejemplo? Tener 24 años, ir en coche con alguien a quien no quería decepcionar, pasarme la salida de la autovía e hincharme a llorar por eso. Así eran las cosas.

Para ir terminando, creo que esto os ha podido dar una idea de por qué he llevado en secreto esta cuestión. Me había perseguido durante tantos años, que para mí fue una liberación impresionante conocer gente sin que supieran que tengo/tenía altas capacidades intelectuales. No tener que demostrar nada cuando conozco a alguien, no tener que dar explicaciones (o no más de las necesarias) cuando algo me sale mal. No vivir con el miedo de decepcionar a la gente.

(También, por eso, me cabreaba cuando alguien hablaba de mí y le contaba a otra persona esto. Era una pesadilla que no acababa.)

Hoy soy un tío de 32 años, puedo estar mejor o peor, mis problemas pueden afectarme más o menos, pero las consecuencias de haber sido un niño podrido sé sobrellevarlas. No digo que las haya superado, sino que sé vivir con ellas. Por esto hago esta «salida del armario» con la que no pretendo conseguir nada, sino simplemente desahogarme un poco y dar mi testimonio sobre algo de lo que intentaba no hablar... además de hacer ver que no es oro todo lo que reluce.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Con culpa

En algún momento tenía que pasar, y ha sido hoy. Con casi nueve años de carné, ha sido la primera vez que causo un accidente. Con terceros y con culpa.

He ido a girar a la izquierda sin ceder a los que venían de frente. Ni siquiera vi que existían coches que venían de frente. Hasta que he tenido a la señora encima de mí.

Por suerte no ha sido grave, aunque ahora estoy sin coche. No ha habido ningún daño físico, ni mío ni de la otra señora. Pero por un lado, no sé cómo voy a ir a trabajar, y por otro, tengo un susto que no lo aguanto.

Cada vez que cierro los ojos veo el Nissan azul que viene en mi dirección. Los airbags saltando y el claxon sonando. Y huelo ese asqueroso olor a quemado (¿nitruro de sodio?) que venía con los airbags.

Que estoy exagerando, lo sé. No ha sido nada. De hecho tuve un choque más gordo en 2009, incluso con contractura muscular. Pero este es el primero que es por mi culpa, y este ha sido de frente (el otro fue por alcance). Este lo he visto venir, solo que demasiado tarde. Y, por otro lado, a alguien que hace 60 km cada día lo más normal es que le pase alguna vez algo de este tipo.

Y por supuesto, esto deja en suspenso mis clases de moto. No he parado de pensar que si me hubiera pasado en moto, me habría comido el suelo de mala manera.

Tengo que tener más cuidado y hacer las cosas mejor.

sábado, 28 de enero de 2017

De rupturas y olvidos

Como os he comentado, recientemente lo dejé con mi pareja, con quien había pasado cuatro años.

Ya sabemos que la vida de hoy está expuesta a las redes sociales. Vale, la de todo el mundo no, pero yo hablo por mí. Depende de en qué red social hablo más o menos de mi vida personal. En Facebook la expongo bastante, porque con mis contactos de Facebook tengo un trato bastante personal.

Un par de semanas después de esta última ruptura decidí cambiar mi estado sentimental en Facebook. Me daba algo de miedo, dado que lo que menos me apetecía era que le apareciera a todo el mundo en las noticias «Dani está ahora soltero», y que todo el mundo viniera a preguntar. Por suerte, parece que en Facebook han tenido unos cuantos años para aprender que eso no debe aparecer en las noticias, y así lo hacen. Ese cambio de estado no destaca.

Lo que me sorprendió era que, al cambiar mi estado sentimental, Facebook me ofrecía «darme un respiro», con varias opciones, entre las que estaban dejar de mostrar las actualizaciones de mi ex, ocultar los recuerdos que tenemos en común (fotos y otras publicaciones) o incluso eliminarlo de la lista de amigos.

Yo elegí no hacer nada de eso y dejarlo todo como estaba. Por suerte, la ruptura con mi ex fue amistosa y seguimos teniendo una muy buena relación.

Y afortunadamente, no siento que tenga que ocultar nada de estos cuatro años pasados. Igual que no oculto nada de los dos y medio que pasé con mi pareja anterior. Ha sido un tiempo del que no me arrepiento. Y aunque a veces me dé pena recordar cosas de esos años, no quiero olvidarlas, no quiero hacer como si ese tiempo no hubiera existido. Y eso es algo que mis parejas futuras, si las hubiera, deberán aceptar.

Tuve una pareja con quien pasé seis meses, pero el periodo posterior a la ruptura no fue tan amistoso (éramos mucho más jóvenes e inmaduros, al menos yo) y dos meses después de romper nos dejamos de hablar y acabé por borrar las fotos que teníamos en común en las redes. ¿Sabéis qué? Han pasado ocho años de eso y hoy en día me llevo genial con él. Por suerte, volvimos a hablar, reconocí mis errores, y poco a poco volvimos a establecer una amistad. Hoy lo considero casi imprescindible en mi vida, y si me arrepiento de algo es de no haber mantenido la cabeza más fría en su momento y de haber pretendido borrar el tiempo que pasamos juntos.

Me enorgullezco de decir que todas las parejas serias que he tenido me han hecho crecer, madurar y aprender, de un modo u otro, y hoy tengo claro que el tiempo que pasé con ellos no es un tiempo perdido sino ganado. Aquí les dejo mi reconocimiento.

domingo, 22 de enero de 2017

¿Cuánta Sevilla...?

Estos últimos días que he estado saliendo más y haciendo cosas diferentes, fuera de mi zona de confort, me ha venido varias veces a la mente una pregunta, que curiosamente es el eslogan de la web de Sevilla21, en cuyo foro entraba hace años.

¿Cuánta Sevilla me estoy perdiendo?

Me temo que mucha, y no me gusta, porque cuanto más conozco esta ciudad más la quiero. A ver si este año 2017 hago por conocerla mejor.

lunes, 16 de enero de 2017

El duelo y el rechazo

Queridos amigos, habéis vivido conmigo el amor, el frenesí y el golpe. Ahora vamos a vivir juntos el duelo.

Hoy vengo a hablaros de que soy como un puñetero perro de Pavlov. Condicionamiento clásico.

Soy una persona de naturaleza curiosa. Cuando me interesa algo, quiero saberlo todo. Por ejemplo, cuando en 2010 empecé en el mundo de la musculación, estuve meses leyendo foros, libros, viendo vídeos. Lo mismo con cualquier otro tema que me pueda interesar. Después la obsesión se me pasa y olvido muchos de los detalles que he aprendido, pero me queda un poso, y en algunos casos, el tema del que me «obsesioné» pasa a formar parte de mi vida cotidiana.

(Entre otros motivos, creo que por eso la gente me dice que sé muchas cosas: porque en algún momento me ha podido interesar un tema y he aprendido mucho sobre él, así que retengo algunos conocimientos).

Pues cuando me gusta una persona, me pasa lo mismo. Intento saber mucho sobre ella, conocerla al máximo. ¿Cuál es el problema? Que hago asociaciones mentales bastante fuertes. Y si todo va bien no hay problema, pero si hay algún desengaño o alguna experiencia negativa, todas estas asociaciones me causan un rechazo igual de fuerte. Ejemplo, en 2008 un tipo estuvo engatusándome para luego pasar de mí, así que luego estuve meses sin pisar el Corte Inglés, porque era su tienda favorita y había ido allí con él. No era despecho, simplemente repulsión, no me apetecía estar allí, se me hacía incómodo. No sé si me explico.

En mi desengaño reciente he hecho algunas asociaciones claras. Tal grupo de música cuya discografía me bajé para ponerla en el pen del coche, por si venía a visitarme. Aquella canción que le encanta. Este producto del desayuno que le gusta y por el cual nos picábamos. Hasta ahí bien, son cosas sin las que puedo vivir. El problema es cuando el rechazo me lo provocan elementos menos evitables como, por ejemplo, su ciudad. No me apetece pisarla ni oír hablar de ella, lo cual es bastante ingrato por mi parte, dado que tengo muy buenos amigos allí.

No me gusta ser así, no me gusta funcionar de esta manera tan irracional. No me gusta coger aversión a cosas que no tienen por qué desagradarme, solo porque una persona me haya herido. Al fin y al cabo también tengo buenos recuerdos y son los que deberían primar, incluso al recordar a esta persona, con quien pasé muy buenos momentos.

Y por supuesto, odio ser así de visceral, así de simple, en definitiva. Vivo con eso, porque me ha pasado siempre; solo espero que esta vez no sea por mucho tiempo. A ver si se notan los años y todo mejora rápido ;)

jueves, 5 de enero de 2017

Demasiado lejos, demasiado difícil

Lo siento por ustedes, mis lectores, que habéis estado meses leyendo mis altibajos emocionales. Lo de hoy es un bajo, pero que espero que sea el último en este tema.

Bueno, reconozco que la culpa es mía. Quise jugar a un juego que sabía que casi seguro iba a perder. Y para jugar tuve que arriesgar. Puse en juego esfuerzo, sacrificio, una cantidad económica (que no voy a decir porque soy un caballero pero que no me duele, y que me volvería a gastar) y, lo más doloroso, una relación de cuatro años.

(Este tema, el de la relación, lo trataré en otro momento, si es que reúno el valor. Desde que lo dejamos en septiembre no he sido capaz. Y sé que, al no haber dicho nada aquí, parece que no me ha afectado. Ya escribiré algo).

Que las posibilidades de ganar eran bajas lo sabía. Pero quise ser optimista, porque así soy yo. Cuando me gusta alguien voy con todo... y él me gustaba mucho. Mucho más de lo que me puedo permitir. Pero ay, problema, que para que surja algo, también tengo que gustar yo. Y eso es lo que no funcionó. Yo era consciente de las debilidades de mi oferta, pero por mucho que supiera que lo tenía difícil, si no me presentaba, era seguro que no podía ganar. Y así estamos.

No voy a reprocharle que jugara conmigo. Y no lo haré porque yo sabía que lo estaba haciendo. Cuando alguien solo te cuenta lo que conviene pero calla lo demás, eso no es sinceridad. Y a lo mejor otro no, pero yo me doy cuenta de eso. Mi hermana dice que soy un manipulador, y a un manipulador es difícil engañarlo. Como dice la frase popular, ¿vas a venir a robar a la cárcel?

¿Es mejor así? ¿Es mejor que no haya funcionado? Puede ser. Como una vez dijo sobre mí un ex (al que quiero mucho y al que vi el mes pasado), massa lluny, massa difícil. Demasiado lejos, demasiado difícil. Y esto, si hubiera salido bien, iba a ser difícil. Es que lo fácil no me gusta.

Soy la clase de persona que guarda este tipo de recuerdos. Ahora toca buscarles una caja y esconderlos donde no duelan.
Que duele, sí. Que no se me acaba el mundo, lo tengo clarísimo. Ahora... que no sé cómo me ha dado tan fuerte, y que tardaré en encontrar un tío que me guste así, también lo tengo muy presente. Al fin y al cabo ya me lo dijo mi hermana... «no te había visto así por un tío desde el instituto». Eso son las flechas de Cupido.

Ahora sí empieza la soltería. Y me vais a permitir que la empiece pasando la tarde de Reyes tirado en la cama.

martes, 3 de enero de 2017

Lo que viene en 2017

Hace ya unos cuantos años que no me hago propósitos. Es normal, después la sensación de haberme decepcionado no la soporto. Pero por lo menos, después de 32 años conmigo mismo, ya me conozco y estas cosas ya las sé.

Mi propósito para 2017 es parecerme más a lo que he soñado (y sueño) de mí mismo. Ser más auténtico, como diría la Agrado. En el terreno político, en el físico y en el emocional.

Y eso incluye luchar más por las cosas en las que creo y por las personas con quien quiero estar (y que quieren estar conmigo, detalle importante que en 2016 no siempre recordé).

Sospecho que el 31 de diciembre de 2017 —si sigo vivo— estaré en la misma ciudad, en el mismo trabajo, con las mismas personas, y a grandes líneas igual que ahora, pero seré una persona más completa.

sábado, 31 de diciembre de 2016

En 2016...

Cuenta la leyenda que cada 31 de diciembre yo hacía un resumen de mi año aquí en mi blog. Acabo de comprobar, sin embargo, que la última vez que lo hice fue en 2013, y lo hice tarde.

(Lo que nunca cuento es que esto es plagiado de Almu, pero bueno).

Va siendo hora de retomar las buenas costumbres. Aquí está mi esperadísimo resumen del año.

En este año que acaba, 2016...
  • Conocí Peníscola. Vale, no es que haya viajado poco, es que solo he ido a sitios que ya conocía. Salvo Peníscola.
  • Entablé una amistad más cercana con mis compañeros de curro, sobre todo con Miguel y Jose.
  • Me sacaron una muela del juicio, el primer diente que me quitan. Ahora solo me quedan 31.
  • Terminé de pagar mi coche (¡un año antes de lo previsto!).
  • Me compré una regla de cálculo porque soy así de friki.
  • Voté en unas elecciones generales... tapándome la nariz.
  • Me mudé a Sevilla capital y empecé a compartir piso con mi hermana.
  • En relación con eso, me cambié de gimnasio y ahora estoy en uno chico y lleno de ciclados con morritos. Bueno, como todos.
  • Hice mi primera venta en eBay. Tampoco gran cosa, que saqué 12 euros.
  • Escribí un libro sobre política y marxismo para mi sobrina y lo publiqué en Amazon. Ya he vendido 11 copias, más las que he regalado.
  • Volví a visitar una de mis ciudades favoritas, Berlín, y me arrepentí de no haberme ido allí a vivir hace años.
  • Quise donar sangre y me dijeron que no podía. Maldito rasgo drepanocítico.
  • Mi relación de cuatro años con mi pareja llegó a su fin, la más larga que he tenido hasta ahora.
  • Conocí a alguien que me fascinó y estuve unos meses a pico y pala. Pero vi que el interés no era mutuo, así que me retiré por donde vine (aunque lo siga teniendo presente).
  • Aparte de eso, desvirtualicé a más gente de Twitter a la que le tengo mucho cariño, como Cristòfol, Fran y Vic.
  • Además, volví a ver a amigos de toda la vida a quienes quiero un montón, como Almu, Laura, Iván y Juan (en Madrid), Fran, Nando y Antonio (en Sevilla).
  • Intenté reactivar mi vida sexual, pero solo estuve con dos tíos y uno me pegó ladillas. No me lo ha reconocido.
  • Cumplí 32 años, es decir, que en base binaria ya tengo seis cifras (100000).
  • Fui reelegido delegado de personal en unas elecciones sindicales algo decepcionantes.
  • Decidí no renovar la tarjeta de descuento del cine. Total, estando soltero no voy.
  • Me apunté a la autoescuela para sacarme el permiso de moto.
Y eso es todo lo reseñable. Aunque últimamente estoy más bien decaído, el año no ha sido taaaan malo. Eso sí, espero que 2017 sea mejor. Y gracias a todxs por haber estado conmigo.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Outside

Como ya sabréis, el pasado domingo murió el cantante británico George Michael, vocalista del grupo de los 80 Wham! y luego artista en solitario. Lo recordaréis de canciones míticas como Last Christmas, Wake me up before you go-go (con Wham!), Faith o Freedom (en solitario).

Faith

Nunca fui fan de George Michael. Cuando estuvo de moda yo era muy joven, así que nunca me llamó la atención, aunque a mis hermanas mayores les gustaba. Y posteriormente, en la época en que me empezó a interesar la música, las canciones de este señor no iban conmigo; probablemente, porque eran de un estilo que nunca me gustó (me vienen a la mente As e If I told you that, a ambas puedo encontrarles el gusto hoy, pero hace dieciséis años no).

Si nunca fui su fan, ¿a qué viene que hable ahora de él? Porque lo merece. Os cuento.

Pongo en antecedentes para quien no conozca a este señor. George Michael era homosexual, aunque él no lo declaró públicamente, ni en la época de Wham! ni al principio de su carrera en solitario. En abril de 1998, sin embargo, fue arrestado por acto obsceno en Beverly Hills, California. El acto obsceno fue enseñarle el rabo a otro señor mientras hacía cruising. El problema es que este otro señor era un policía de paisano que le había tendido una trampa.

Lo épico fue la reacción de George Michael. Se negó a declararse inocente en el juicio (nolo contendere) y fue condenado a una multa de 810 dólares y 80 horas de servicio comunitario. Por hacer cruising en un baño público.

Si ya esto es suficiente motivo para estar orgulloso de este hombre (recordemos, un personaje público, famoso), la cosa no queda ahí. En octubre de ese mismo año, y como primer single de su disco recopilatorio, lanza la canción Outside (que se traduce como «fuera, en la calle») donde satiriza todo este acontecimiento. El vídeo es una verdadera parodia de la represión sexual de las leyes estadounidenses, y en la letra habla abiertamente de sus preferencias sexuales: la letra no decía que le gustaran los hombres, eso ya había quedado claro en el escándalo; Outside habla de no recluir tu sexualidad a la intimidad de tu casa. Quería dejar claro que no se arrepentía de su episodio de cruising.

Outside

Esta canción llegó muy, muy adelantada a su tiempo. Si hoy en día cualquier leve demostración de sexo en público escandaliza, podéis imaginar qué se pensaba del cruising en 1998. Pero es que su autor ya estaba adelantado a su tiempo, y con esto no hizo más que gritar contra la asquerosa represión social, contra la homofobia que, si bien ahora es asfixiante, en los años 90 lo era mucho más.

No puedo decir que el gesto de este señor me influyera porque lo vi desde mucha distancia y sin enterarme de lo que pasaba. Yo en 1998 estaba pasando mi pequeño drama particular de sospechar y luego darme cuenta de que era gay, y posteriormente de estar aterrado de que cualquier persona llegara a saberlo (las cosas que pasan cuando uno está en el armario con 13-14 años). Sin embargo, me puedo imaginar que fue de gran ayuda para muchas otras personas que estaban dentro del armario y asustadas por la homofobia de la sociedad en la que vivían. Me lo ha confirmado Owen Jones en su artículo del lunes pasado en The Guardian.

No quiero dejar de enlazar aquí un tuit suyo que resume todo esto.


A George Michael no solo hay que agradecerle eso, nunca tuvo miedo de dar la cara por aquello en que creía. Criticaba duramente la imagen azucarada y sexualmente inofensiva que daban los medios sobre el colectivo gay. Nunca negó ser votante de los laboristas (a pesar de que los defensores de Thatcher se arrogaran a Wham!), e hizo conciertos en favor de los mineros en huelga contra Thatcher (1984) y en favor de las enfermeras del servicio público de salud (2006). Se posicionó públicamente en contra del gobierno de Blair tras su implicación en la guerra de Iraq, lanzando una canción (Shoot the dog) que provocó muchas críticas.

Así que comprenderéis por qué escribo este texto. Aunque no fuera seguidor de su música, tengo claro que fue una persona digna de admiración. Creo que el mundo está peor sin él, y lamento que no haya más gente que aproveche su posición de fama para alzar la voz sobre causas necesarias.

Que descanse.

domingo, 18 de diciembre de 2016

A todo el mundo hay que darle su sitio

En mi casa había conciencia de clase, aunque no habláramos de ella. Desde chico, mis hermanas y mi madre (y mi padre en los pocos años que conviví con él) me enseñaron que hay que respetar y valorar el trabajo de todo el mundo.

Claro que todo esto era mucho más fácil de enseñar cuando mi madre cocinaba y limpiaba en casas ajenas y en restaurantes, y mis hermanas eran camareras, cocineras o secretarias. Después llegaban a casa y compartían todo lo que les pasaba en el trabajo, los problemas con sus jefes o con los clientes (en cada caso).

Cuando tuve mi primer trabajo, muchas de estas cosas me quedaban muy atrás. Había pasado unos cuantos años en la universidad (con el adoctrinamiento elitista que esto conlleva) y, aunque nunca olvidé lo que había aprendido en casa, había detalles en los que no reparaba.

En este trabajo, todos mis compañeros, o la gran mayoría, eran como yo, chavales de veintipocos años, recién egresados y sin experiencia laboral, así que estábamos todos igual de verdes. Excepto uno, con quien me llevaba muy bien. Tenía diez años más que nosotros, había trabajado en sitios muy variopintos y era un tío muy observador, decía cosas muy interesantes. Así que hablaba mucho con él.

Una de las cosas que me dijo un día es que «a todo el mundo hay que darle su sitio», y me puso el ejemplo de que cuando entró en la empresa, el primer día se paró a hablar con el portero y le dijo que desde entonces iba a trabajar ahí. En ese momento no lo entendí. El portero era un señor que trabajaba en la puerta del aparcamiento y con el que nadie se paraba a hablar porque entrábamos en coche y ni siquiera venía de camino hablar con él; si querías hacerlo, tenías que ir expresamente.

Han pasado ocho años desde entonces y ahora puedo entender mucho mejor a lo que se refería. Estamos inmersos en una sociedad de valores clasistas, donde damos más importancia a unas personas que a otras según su relación social, su puesto de trabajo, su poder adquisitivo... y al final nos encontramos con un puñado de gente que desprecia a porteros, recepcionistas, camareros, secretarios, cajeros, limpiadores, y en general a toda la gente que se encuentra trabajando cara al público. La asquerosa máxima liberal de que el cliente siempre tiene la razón ha hecho mucho daño, porque además es mentira. A veces el cliente es, simplemente, gilipollas.

Por simple respeto, es importante valorar y agradecer el trabajo de todas las personas. También por empatía, porque seguro que a todos nos gustaría que nos valoraran y agradecieran nuestro trabajo. Pero es que además tiene un lado provechoso. Cuando las personas sienten su trabajo valorado, seguramente lo hagan mejor y con más ganas, y el resultado será más satisfactorio para nosotros si vamos a ser los receptores de ese trabajo, o si somos sus clientes.

Seguramente, ese portero al que mi compañero fue a presentarse el primer día, lo recordará posteriormente y podrá ayudarlo cuando lo necesite. Si facilitas el trabajo de las personas que limpian, seguro que disfrutarás de lugares más aseados. Si tratas con educación y amabilidad al camarero, puedes estar seguro de que estará más receptivo si tienes alguna petición que hacerle o si hubiera algún problema con la comida. Lo mismo con los secretarios, recepcionistas, y demás personas cuyo trabajo consista en atenderte. Y, desde luego, si eres amable, no se irán a casa pensando en el imbécil que llegó hablándoles con malos modos.

Y, por último, recuerda que por muy cliente que seas y por mucho dinero que tengas, si esa persona no te atendiera, no podrías tener lo que has ido a buscar. Sin su trabajo, tu dinero no vale para nada.

Por todo esto, recuerda dar a cada uno su sitio. Un buenos días, un por favor, unas gracias y una sonrisa, son gratis y pueden marcar una gran diferencia.

(Ya otro día si queréis os cuento la anécdota de cuando me peleé con un señor pijo en una estación de tren a cuenta de su comportamiento con la limpiadora. Ya sabéis que tiendo a ser algo bronquista).