martes, 28 de marzo de 2017

Lo natural siempre es mejor

Lo natural siempre es mejor. ¿A que lo habéis oído alguna vez? ¿A que últimamente has recibido este mensaje, de una forma u otra, por varias vías y de varias personas diferentes? Se ha convertido en un verdadero bombardeo esta obsesión con las bondades de lo natural y de lo malos que son los procesos y los aditivos. Y me refiero sobre todo a la comida, pero no exclusivamente.

Os podría hablar, para empezar, de la gilipollez de los cinco venenos blancos (sal, azúcar blanco, harina refinada, arroz blanco y leche pasteurizada) que a tanto iluminado le ha dado por difundir. Según este estúpido mito, al parecer, el azúcar blanco es malo porque está refinado (pero el azúcar moreno, que tiene prácticamente la misma composición química, no es malo). Todo en orden.

Esta moda absurda es la que nos ha llevado a mirar mal el hecho de que la comida lleve conservantes. «Sin conservantes» es un reclamo típico. ¿Pues sabes qué? Yo quiero que mi comida lleve conservantes. Desde luego, prefiero eso a que se pudra, se infecte o le salga moho.

Los aditivos nos han facilitado la vida de una manera inimaginable. Si no fuera por los aditivos, solo podríamos comer lo que se hubiera recolectado o sacrificado pocas horas antes a poca distancia de nuestra casa. Sin aditivos no existiría la comida preparada o semipreparada, que a muchos os parecerá una abominación, pero hay gente que la necesita para poder tener el trabajo que tiene, por ejemplo. Sin aditivos no existirían las galletas envasadas, no existiría la bollería; no existiría la comida para bebés. Ni siquiera existirían los embutidos. El pan sería ázimo, porque ¿sabes lo que es la levadura? Exacto, un aditivo.

La modificación genética, tan denostada ahora por el asunto de los transgénicos, es la que nos ha permitido tener frutas comestibles, carnosas, con pocas semillas o con buen sabor. Ni el tomate, ni el plátano, ni la sandía, ni el maíz se encuentran en la naturaleza tal y como los conocemos. Por favor, ni siquiera la naranja es un fruto natural. Te invito a que pruebes un día una zanahoria salvaje, a ver si eres capaz de comértela.

Estamos comiendo cada día productos de la agricultura, productos genéticamente modificados durante siglos mediante cruces e injertos; pero rechazamos que se pueda cultivar trigo sin gluten, que permitiría hacer pan para celíacos de una manera mucho más barata… porque es transgénico. Mejor dejarse llevar por bulos y leyendas urbanas que facilitarles la vida a los celíacos.

Dejemos ya de idealizar «lo natural»: no todo lo natural es bueno ni beneficioso, y no todo lo creado por el ser humano es malo ni perjudicial. Cocinar no es natural. Vestirse no es natural. Utilizar la electricidad no es natural, ni la mecánica.

¿Sabes lo que es natural? Natural es hacerse una herida y dejar que se gangrene. Natural es morir de polio a los 10 años. La tuberculosis es natural, el cáncer es natural. ¿La quimioterapia? No, la quimioterapia no es natural. Y no te recomiendo que intentes curarte de cáncer por métodos «naturales», porque todos los que lo han intentado están en el hoyo, desgraciadamente.

Abramos los ojos de una vez. Sí, en la sociedad hay problemas de salud graves, problemas que podríamos y deberíamos solucionar para mejorar. Pero nos encontramos ante la sociedad más sana y más longeva de la historia… ¿seguro que no ha tenido nada que ver que nos hayamos alejado de «lo natural»?

Aceptemos que nuestra sociedad no es «natural», pero es que tampoco le hace falta serlo. Y en vez de dejarnos llevar por el primer iluminado, por el primer blog que nos encontremos alertando de los peligros de cualquier alimento, recurramos a la ciencia y oigamos lo que nos tiene que decir. No, la harina de trigo no es mala. No, el azúcar blanco no es ningún veneno. Ni el glutamato, ni los colorantes, ni la sacarina. Ni, desde luego, la leche (salvo para los intolerantes a la lactosa o los alérgicos a la proteína de leche de vaca).

No hemos llegado hasta aquí creyéndonos a charlatanes sino aplicando el método científico. Sigamos avanzando.

Lectura recomendada: «Los productos naturales, ¡vaya timo!», de José Miguel Mulet. 

domingo, 19 de marzo de 2017

Día del padre

Anoche vi que ya era 19 de marzo y que todo el mundo empezaba a hablar del día del padre y a felicitar, así que hice un par de tuits relacionados con este tema. Pero claro, Twitter no es el lugar para explayarse.

Por ser constructivo, puse un par de tuits recopilando lo bueno que he sacado de mi padre, aunque sean detalles banales. Un pequeño esfuerzo por ser constructivo.

Normalmente me centro en el físico. ¿Por qué? Porque es la herencia que tengo, la genética. Siempre me he parecido mucho a él en la imagen, quien conoce a mi padre me ve en la cara que soy su hijo (he llegado a oír por la calle «mira, el hijo de Antonio», de gente que yo no conocía), y también me ha dejado la barba pelirroja o unas piernas desproporcionadamente grandes (que me gusta tener, pero que luego me causan sufrimiento al comprarme ropa).

Luego hay otras cuestiones que también he sacado de él, como el humor, el ser una persona curiosa e inquieta, o lo más importante, la lucha obrera. Mi padre era delegado de personal en su empresa, igual que yo lo soy hoy. Crecí entre pegatinas y banderines de UGT y eso al final deja huella. (Por favor, no entremos a analizar el nombre del sindicato, no voy a defender muchas de las cosas que ha hecho UGT, pero eso es tema para otro día.)

Como decía, cuando hablo de mi padre me centro en el físico porque poco más puedo sacar de él. Este señor abandonó a mi familia cuando yo tenía 8 años. Hoy puedo entender que el amor se rompa y que las cosas no sean para siempre, pero no puedo perdonar que las cosas se hagan mal a propósito (algo que me enseñó él: una de sus frases era «las cosas o se hacen bien o no se hacen»). Y él lo hizo de la peor manera, de la menos honesta, y de la que más daño nos pudo causar a todos.

Poco contacto tuve con él posteriormente. Un régimen de visitas semanal que se saltaba cuando decía que tenía que trabajar (y que no duró más de cuatro años), la ocasión en que dejó de pasarnos la pensión compensatoria, y cuando nos demandó para que se la devolviéramos diciendo que habíamos cometido fraude. La sensación de ser demandado por tu padre es preciosa, os la recomiendo a todos.

¿Qué me queda, pues? Las consecuencias de todo esto. Las noto en mi vida emocional, básicamente. No es exactamente que creciera sin padre (que sería otra historia), sino que crecí habiéndolo perdido. Eso ha provocado que, por un lado, no soporte el paternalismo de nadie (reacciono de una manera agresiva en cuanto sospecho algún atisbo de paternalismo) y, por otro, sea muy exigente y desconfiado. Con la gente en general y con los hombres (parejas o proyectos) en particular. Ya mi hermana me dijo una vez que yo vivo las relaciones con un pie fuera de ellas, y no se equivocaba... cuando creces viendo a tu madre sufrir de esa manera, acabas por saber desde bien pronto que el amor, o al menos lo que entendemos por amor, es una mentira.

Por todo esto no hablo con mi padre ni quiero hacerlo, a pesar de los juicios de todos esos hipócritas idealistas que me sueltan que tengo que quererlo porque es mi familia. No lo quiero porque no es mi familia, no ha querido serlo, no se ha comportado como tal. Trato a cada uno como se merece.

Así que esto es lo que significa para mí el día del padre. Que, a pesar de todo, no lamento nada, me gusta ser quien soy, no estoy a disgusto con mi vida, y gracias a mi madre y a mis hermanas he llegado a ser el tío que soy hoy, un hombre coherente, honesto, austero y con principios.

¿Habría crecido mejor si mi padre hubiera estado ahí? Puede que sí, pero nunca llegaremos a saberlo, también podría ser que no. ¿He necesitado a mi padre? En ciertos momentos sí, pero desde una visión global, no.

Por eso yo el 19 de marzo, cuando todo el mundo felicita a su padre, yo felicito a todos mis amigos que no han tenido padre. A la vista está que no lo han necesitado.

Pasad buen día del padre.

¿El valor para marcharse?

Os lo cuento por aquí: en mi empresa han sacado cuatro de puestos fuera de la ciudad. No para misiones temporales, sino como destinos de larga duración.

Habiéndome planteado mi situación actual, a saber, en mayo hago cinco años en la empresa y, como digo yo, han sido cinco años sin moverme de la silla, creo que lo correcto es aprovechar esta oportunidad y presentar la candidatura a estos puestos.

(A ver, que tampoco está mal, porque mi puesto es el que más me gusta dentro de la empresa, pero a veces se agradece que cuenten con uno para tareas diferentes).

Por supuesto, ya he entrado en modo pánico ante la posibilidad de:
  • hacer una mudanza otra vez
  • tener que tirar un montón de trastos para viajar ligero
  • no tener una residencia fija
  • vivir en un sitio donde los alquileres son desorbitados
y, por último pero no menos importante, abandonar Sevilla.

Llevo casi nueve años aquí y la siento como mi ciudad. No me hace gracia marcharme y que deje de ser mi sitio. Pero hay oportunidades que no se pueden dejar pasar, sobre todo cuando tenemos una edad.

Os iré contando las novedades.

domingo, 12 de marzo de 2017

Why do I always get it wrong


No more sad songs on lonely nights,
no more seeking the wrongs or rights of it.
No more playing the fool for you,
you can do what you wanna do now.

No more sad songs for me to sing,
no more heartaches, no more heartaches,
so now you can't hurt me.

Sometimes I wish that we had never met
'cause you're my weakness, you're my weakness,
you're my one and only regret.

I am running, running, running where you won't find me.
Don't wanna play the fool for you,
so go on your way, do what you gotta do.