martes, 23 de mayo de 2017

Ain’t no fun in easy

Como no he aprendido, he visto una piedra y he decidido tropezar en ella.

Me preocupa equivocarme, por supuesto. Y de hecho no sé si la estoy cagando. Sospecho que sí. Lo que sí sé es que me apetece intentarlo.

En lo fácil no hay diversión, como dicen Timebelle.

Pero es que lo que merece la pena no suele ser fácil.

martes, 18 de abril de 2017

You look so fine

Hoy, por un error mío, he acabado oyendo en el coche el disco Version 2.0 de Garbage, un disco que me encanta y que en mi adolescencia (1999) escuché de manera compulsiva, igual que algunos otros (como This is my truth tell me yours, de Manic Street Preachers).

He estado parando la oreja en las canciones y oye, las letras son tremendas, muchas de ellas son destructivas y podría decir que todas son ciertamente oscuras. He intentado buscar de qué iban y solo he llegado a leer que las letras eran de Shirley Manson en su totalidad y que no estaba en una buena época cuando las escribió. La verdad, no me sorprende demasiado.

Voy a hablar, sobre todo, de You look so fine, porque me parece la mejor, la más dura, y me siento muy identificado con ella. (Sí, voy a hablar de mis dramas otra vez, lo siento, pero es mi blog y me lo follo cuando quiero). Os enlazo el vídeo.


It's so insane, you got me tethered and chained. I hear your name, and I'm falling over.

¿Por qué me siento identificado? Porque cuando me gusta alguien me lo tomo así, como explica la canción. Soy obsesivo por naturaleza (no con los amores, sino con todo) y cuando me enamoro de alguien voy con todo. Lo apuesto todo y me da igual lo que pase luego.

Knocked down, cried out, been down just to find out I'm through bleeding for you.

Y claro, no me corresponden, y Dani lo pasa mal y sufre. Y se da cuenta de que es un gilipollas por ser así y por pillarse por gente que no merece la pena.

Drown in me one more time, hide inside me tonight. Do what you want to do, just pretend happy end. Let me know, let it show, ending with letting go.

Cuento cuatro veces en mi vida que me he enamorado. Cuatro. El primero nunca llegó a saberlo, era hetero y yo estaba en el instituto y dentro del armario. Con el tercero empecé una relación un poco disfuncional que acabó a los dos años, pero aún tengo muy buena relación con él.

El segundo y el cuarto me usaron como les apeteció y luego me mandaron a la mierda. Del cuarto os hablé aquí hace unos meses, así que ya estáis al tanto.

¿Qué quiero decir con esto? Nada. Bueno, casi nada. Primero, que estáis leyendo a un gilipollas que va de racional por la vida y luego se enamora de imbéciles. Y segundo, que hay mucha gente deshonesta y aprovechada. No lo seáis, por favor. Sed sinceros. Es duro que te rechacen, pero es más duro que lo hagan después de sacar de ti todo lo que pudieron.

martes, 28 de marzo de 2017

Lo natural siempre es mejor

Lo natural siempre es mejor. ¿A que lo habéis oído alguna vez? ¿A que últimamente has recibido este mensaje, de una forma u otra, por varias vías y de varias personas diferentes? Se ha convertido en un verdadero bombardeo esta obsesión con las bondades de lo natural y de lo malos que son los procesos y los aditivos. Y me refiero sobre todo a la comida, pero no exclusivamente.

Os podría hablar, para empezar, de la gilipollez de los cinco venenos blancos (sal, azúcar blanco, harina refinada, arroz blanco y leche pasteurizada) que a tanto iluminado le ha dado por difundir. Según este estúpido mito, al parecer, el azúcar blanco es malo porque está refinado (pero el azúcar moreno, que tiene prácticamente la misma composición química, no es malo). Todo en orden.

Esta moda absurda es la que nos ha llevado a mirar mal el hecho de que la comida lleve conservantes. «Sin conservantes» es un reclamo típico. ¿Pues sabes qué? Yo quiero que mi comida lleve conservantes. Desde luego, prefiero eso a que se pudra, se infecte o le salga moho.

Los aditivos nos han facilitado la vida de una manera inimaginable. Si no fuera por los aditivos, solo podríamos comer lo que se hubiera recolectado o sacrificado pocas horas antes a poca distancia de nuestra casa. Sin aditivos no existiría la comida preparada o semipreparada, que a muchos os parecerá una abominación, pero hay gente que la necesita para poder tener el trabajo que tiene, por ejemplo. Sin aditivos no existirían las galletas envasadas, no existiría la bollería; no existiría la comida para bebés. Ni siquiera existirían los embutidos. El pan sería ázimo, porque ¿sabes lo que es la levadura? Exacto, un aditivo.

La modificación genética, tan denostada ahora por el asunto de los transgénicos, es la que nos ha permitido tener frutas comestibles, carnosas, con pocas semillas o con buen sabor. Ni el tomate, ni el plátano, ni la sandía, ni el maíz se encuentran en la naturaleza tal y como los conocemos. Por favor, ni siquiera la naranja es un fruto natural. Te invito a que pruebes un día una zanahoria salvaje, a ver si eres capaz de comértela.

Estamos comiendo cada día productos de la agricultura, productos genéticamente modificados durante siglos mediante cruces e injertos; pero rechazamos que se pueda cultivar trigo sin gluten, que permitiría hacer pan para celíacos de una manera mucho más barata… porque es transgénico. Mejor dejarse llevar por bulos y leyendas urbanas que facilitarles la vida a los celíacos.

Dejemos ya de idealizar «lo natural»: no todo lo natural es bueno ni beneficioso, y no todo lo creado por el ser humano es malo ni perjudicial. Cocinar no es natural. Vestirse no es natural. Utilizar la electricidad no es natural, ni la mecánica.

¿Sabes lo que es natural? Natural es hacerse una herida y dejar que se gangrene. Natural es morir de polio a los 10 años. La tuberculosis es natural, el cáncer es natural. ¿La quimioterapia? No, la quimioterapia no es natural. Y no te recomiendo que intentes curarte de cáncer por métodos «naturales», porque todos los que lo han intentado están en el hoyo, desgraciadamente.

Abramos los ojos de una vez. Sí, en la sociedad hay problemas de salud graves, problemas que podríamos y deberíamos solucionar para mejorar. Pero nos encontramos ante la sociedad más sana y más longeva de la historia… ¿seguro que no ha tenido nada que ver que nos hayamos alejado de «lo natural»?

Aceptemos que nuestra sociedad no es «natural», pero es que tampoco le hace falta serlo. Y en vez de dejarnos llevar por el primer iluminado, por el primer blog que nos encontremos alertando de los peligros de cualquier alimento, recurramos a la ciencia y oigamos lo que nos tiene que decir. No, la harina de trigo no es mala. No, el azúcar blanco no es ningún veneno. Ni el glutamato, ni los colorantes, ni la sacarina. Ni, desde luego, la leche (salvo para los intolerantes a la lactosa o los alérgicos a la proteína de leche de vaca).

No hemos llegado hasta aquí creyéndonos a charlatanes sino aplicando el método científico. Sigamos avanzando.

Lectura recomendada: «Los productos naturales, ¡vaya timo!», de José Miguel Mulet. 

domingo, 19 de marzo de 2017

Día del padre

Anoche vi que ya era 19 de marzo y que todo el mundo empezaba a hablar del día del padre y a felicitar, así que hice un par de tuits relacionados con este tema. Pero claro, Twitter no es el lugar para explayarse.

Por ser constructivo, puse un par de tuits recopilando lo bueno que he sacado de mi padre, aunque sean detalles banales. Un pequeño esfuerzo por ser constructivo.

Normalmente me centro en el físico. ¿Por qué? Porque es la herencia que tengo, la genética. Siempre me he parecido mucho a él en la imagen, quien conoce a mi padre me ve en la cara que soy su hijo (he llegado a oír por la calle «mira, el hijo de Antonio», de gente que yo no conocía), y también me ha dejado la barba pelirroja o unas piernas desproporcionadamente grandes (que me gusta tener, pero que luego me causan sufrimiento al comprarme ropa).

Luego hay otras cuestiones que también he sacado de él, como el humor, el ser una persona curiosa e inquieta, o lo más importante, la lucha obrera. Mi padre era delegado de personal en su empresa, igual que yo lo soy hoy. Crecí entre pegatinas y banderines de UGT y eso al final deja huella. (Por favor, no entremos a analizar el nombre del sindicato, no voy a defender muchas de las cosas que ha hecho UGT, pero eso es tema para otro día.)

Como decía, cuando hablo de mi padre me centro en el físico porque poco más puedo sacar de él. Este señor abandonó a mi familia cuando yo tenía 8 años. Hoy puedo entender que el amor se rompa y que las cosas no sean para siempre, pero no puedo perdonar que las cosas se hagan mal a propósito (algo que me enseñó él: una de sus frases era «las cosas o se hacen bien o no se hacen»). Y él lo hizo de la peor manera, de la menos honesta, y de la que más daño nos pudo causar a todos.

Poco contacto tuve con él posteriormente. Un régimen de visitas semanal que se saltaba cuando decía que tenía que trabajar (y que no duró más de cuatro años), la ocasión en que dejó de pasarnos la pensión compensatoria, y cuando nos demandó para que se la devolviéramos diciendo que habíamos cometido fraude. La sensación de ser demandado por tu padre es preciosa, os la recomiendo a todos.

¿Qué me queda, pues? Las consecuencias de todo esto. Las noto en mi vida emocional, básicamente. No es exactamente que creciera sin padre (que sería otra historia), sino que crecí habiéndolo perdido. Eso ha provocado que, por un lado, no soporte el paternalismo de nadie (reacciono de una manera agresiva en cuanto sospecho algún atisbo de paternalismo) y, por otro, sea muy exigente y desconfiado. Con la gente en general y con los hombres (parejas o proyectos) en particular. Ya mi hermana me dijo una vez que yo vivo las relaciones con un pie fuera de ellas, y no se equivocaba... cuando creces viendo a tu madre sufrir de esa manera, acabas por saber desde bien pronto que el amor, o al menos lo que entendemos por amor, es una mentira.

Por todo esto no hablo con mi padre ni quiero hacerlo, a pesar de los juicios de todos esos hipócritas idealistas que me sueltan que tengo que quererlo porque es mi familia. No lo quiero porque no es mi familia, no ha querido serlo, no se ha comportado como tal. Trato a cada uno como se merece.

Así que esto es lo que significa para mí el día del padre. Que, a pesar de todo, no lamento nada, me gusta ser quien soy, no estoy a disgusto con mi vida, y gracias a mi madre y a mis hermanas he llegado a ser el tío que soy hoy, un hombre coherente, honesto, austero y con principios.

¿Habría crecido mejor si mi padre hubiera estado ahí? Puede que sí, pero nunca llegaremos a saberlo, también podría ser que no. ¿He necesitado a mi padre? En ciertos momentos sí, pero desde una visión global, no.

Por eso yo el 19 de marzo, cuando todo el mundo felicita a su padre, yo felicito a todos mis amigos que no han tenido padre. A la vista está que no lo han necesitado.

Pasad buen día del padre.

¿El valor para marcharse?

Os lo cuento por aquí: en mi empresa han sacado cuatro de puestos fuera de la ciudad. No para misiones temporales, sino como destinos de larga duración.

Habiéndome planteado mi situación actual, a saber, en mayo hago cinco años en la empresa y, como digo yo, han sido cinco años sin moverme de la silla, creo que lo correcto es aprovechar esta oportunidad y presentar la candidatura a estos puestos.

(A ver, que tampoco está mal, porque mi puesto es el que más me gusta dentro de la empresa, pero a veces se agradece que cuenten con uno para tareas diferentes).

Por supuesto, ya he entrado en modo pánico ante la posibilidad de:
  • hacer una mudanza otra vez
  • tener que tirar un montón de trastos para viajar ligero
  • no tener una residencia fija
  • vivir en un sitio donde los alquileres son desorbitados
y, por último pero no menos importante, abandonar Sevilla.

Llevo casi nueve años aquí y la siento como mi ciudad. No me hace gracia marcharme y que deje de ser mi sitio. Pero hay oportunidades que no se pueden dejar pasar, sobre todo cuando tenemos una edad.

Os iré contando las novedades.

domingo, 12 de marzo de 2017

Why do I always get it wrong


No more sad songs on lonely nights,
no more seeking the wrongs or rights of it.
No more playing the fool for you,
you can do what you wanna do now.

No more sad songs for me to sing,
no more heartaches, no more heartaches,
so now you can't hurt me.

Sometimes I wish that we had never met
'cause you're my weakness, you're my weakness,
you're my one and only regret.

I am running, running, running where you won't find me.
Don't wanna play the fool for you,
so go on your way, do what you gotta do.

domingo, 19 de febrero de 2017

Superatontado

Querida audiencia, vengo a hablar de un tema del que no he hablado nunca por aquí, y del que no suelo hablar en público. Es una cuestión que he llevado en secreto todo lo que he podido.

Os cuento sin más dilación, de chico fui lo que ahora viene en llamarse un niño de altas capacidades intelectuales. Por entonces nos llamaban superdotados o, los más chapados a la antigua, niños prodigio (que hoy suena muy duro, pero estamos hablando de una época en la que a las personas con movilidad reducida se les llamaba «inválidos»).

¿Por qué cuento esto? He leído un hilo en Twitter (enlazo aquí, su autora es Violet, @daintyataraxi) que habla de los mitos alrededor de las personas con este problema (y elijo bien la palabra, problema, porque para mí lo ha sido). Me ha agradado mucho encontrarme el hilo porque me he sentido completamente identificado y, además, reconforta ver que hay gente que ha pasado por lo mismo.

Voy a comentar algunos de los mitos que menciona el hilo pero centrándome en mi experiencia.

«La gente con alta capacidad intelectual lo hace todo bien». Obviamente es falso. Empezando porque la alta capacidad intelectual es exactamente eso, intelectual. Ya de chico, una psicóloga que me trató le dijo a mi madre señora, su hijo es muy inteligente, pero torpe como él solo (dramatización). Mi psicomotricidad aún hoy es decepcionante, y ahora que estoy con las prácticas de moto, puedo asegurar que con 32 años no es nada buena.

Y por otro lado, alta capacidad intelectual no significa infalibilidad. Claro que nos equivocamos, ¡vaya si nos equivocamos!

«La gente con alta capacidad intelectual siempre saca buenas notas». Pues no. He de decir que a mí me dieron un trato especial en el colegio y pude evitar el fracaso escolar, que he leído que se da mucho entre niños con AACC. Pero no, no sacaba siempre buenas notas. La alta capacidad no vale de nada por sí sola: si te faltan otros factores (hola, motivación), no pones interés, no aprendes y no rindes en un examen.

El propio hilo habla de las deficiencias del sistema educativo en este sentido. Nuestro sistema educativo se basa en memorizar y repetir. A mí me costaba la vida aprender cosas de memoria. Primera y fundamentalmente, porque no me interesaba lo más mínimo. ¿Qué ganaba yo aprendiendo datos como un papagayo? No me proporcionaba ninguna satisfacción, así que no lo hacía. Que podréis pensar que uno no estudia por satisfacción, pero si a una persona que tiene curiosidad y que disfruta aprendiendo le dices que, en lugar de aprender, tiene que memorizar, la frustras (sobre todo a un niño, que no sabe gestionar sus emociones). Esto es así.

He dicho que me dieron un trato especial en el colegio, dentro de sus limitadas posibilidades, dado que no existía ningún programa previsto para niños superdotados. En mi caso, el equipo docente se implicó mucho y resolvió que me meterían en clases de dos cursos por delante (hice 4º de EGB con 7 años). Esto provocó diversos problemas, tanto burocráticos como de desarrollo personal. Los burocráticos ya no importan, y los de desarrollo personal los mencionaré ahora.

«La gente con alta capacidad intelectual no necesita ayuda en nada». Otro error. Claro que necesitamos ayuda. Como bien dice Violet, puede que académicamente necesitemos menos ayuda, pero la necesitamos de otro tipo. Ella comenta la ayuda emocional y yo no podría estar más de acuerdo.

No miento a nadie si os digo que crecí con una cierta sensación de soledad. De ser incomprendido, de no encajar, y todo por culpa de esta característica. Los niños con los que estudiaba me veían como algo raro, porque era dos años menor que ellos (a eso sumamos los que no llevaban bien que sacara buenas notas siendo más chico). Con la mayoría me llevaba bien, pero la relación se acababa a la hora que sonaba la sirena, así que crecí sin demasiadas relaciones de amistad (por no decir ninguna).

Y aunque mi familia siempre me quiso mucho, y siempre tuvieron muy buena intención, en este tema muchas veces no resultaron de mucha ayuda. Porque el estigma que tenía en el colegio continuaba en casa. Frases como «no me preguntes, eres tú el superdotado» no me ayudaban en ningún sentido. U otras como «más que superdotado, eres superatontado». (Bonito juego de palabras, a sumar al de «niño podrido» que me hacían los niños del colegio).

«La gente con alta capacidad intelectual no se relaciona». Sé, me consta, que es mentira, que no es una generalidad… pero en mi caso se cumple. Claro que yo encuentro la explicación en mi infancia. Mi característica era mi carta de presentación, así que todos los prejuicios asociados se manifestaban desde el minuto 1. El 80% de las veces que alguien me conocía por primera vez, me ponía a prueba. Me acabé cansando de que cualquier desconocido me preguntara cuánto era la suma de dos números, por dónde pasaba cualquier río, o cualquier otra pregunta que se le ocurriera (cuya respuesta a veces sabía y a veces no). Creo que se puede entender que, con estas experiencias, acabara evitando activamente conocer gente nueva.

A esto hay que sumar, además, la falta de intereses comunes entre otros niños y yo, pues a mí me apasionaban todos estos temas intelectuales, pero las actividades más comunes de niños (jugar a la pelota, a las canicas, etc.) no me interesaban, y además se me daban mal. Por todo esto, no desarrollé de chico las habilidades sociales que, aún hoy, me faltan.

Y voy con el último mito que menciona Violet: «tener alta capacidad es guay». No sé si reírme o llorar. Hoy en día puedo decir que estoy un poco más en paz conmigo mismo, que he aprendido a vivir con esto y con todo lo que me ha conllevado, y por eso he sido capaz de escribir este texto. Pero durante casi toda mi vida, si me hubieran dado a elegir, habría elegido no tener alta capacidad, no tener ese problema que los demás no tenían, y que me trataran como trataban a los demás.

Porque, además, una de las peores consecuencias que ha tenido para mí es la dificultad para aceptar mis limitaciones. La baja tolerancia al fracaso. Crecí oyendo de todo el mundo que lo que hacía no era suficiente, que podía hacerlo mejor. Yo a casa podía llevar algún notable (si el resto eran sobresalientes), pero si eran dos o tres era porque no me había esforzado. Y no niego que en algunos casos era cierto, que podía haberme esforzado más, pero como digo arriba, a nadie le importaba la motivación. Empezando por los docentes, que en muchos casos también me acababan diciendo que tenía que esforzarme más, pero no hacían nada para que quisiera hacerlo.

¿Esto en qué se traduce? En que uno acaba interiorizando que no puede fallar y acaba convirtiendo cualquier error en un drama y en una crisis emocional. ¿Ejemplo? Tener 24 años, ir en coche con alguien a quien no quería decepcionar, pasarme la salida de la autovía e hincharme a llorar por eso. Así eran las cosas.

Para ir terminando, creo que esto os ha podido dar una idea de por qué he llevado en secreto esta cuestión. Me había perseguido durante tantos años, que para mí fue una liberación impresionante conocer gente sin que supieran que tengo/tenía altas capacidades intelectuales. No tener que demostrar nada cuando conozco a alguien, no tener que dar explicaciones (o no más de las necesarias) cuando algo me sale mal. No vivir con el miedo de decepcionar a la gente.

(También, por eso, me cabreaba cuando alguien hablaba de mí y le contaba a otra persona esto. Era una pesadilla que no acababa.)

Hoy soy un tío de 32 años, puedo estar mejor o peor, mis problemas pueden afectarme más o menos, pero las consecuencias de haber sido un niño podrido sé sobrellevarlas. No digo que las haya superado, sino que sé vivir con ellas. Por esto hago esta «salida del armario» con la que no pretendo conseguir nada, sino simplemente desahogarme un poco y dar mi testimonio sobre algo de lo que intentaba no hablar... además de hacer ver que no es oro todo lo que reluce.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Con culpa

En algún momento tenía que pasar, y ha sido hoy. Con casi nueve años de carné, ha sido la primera vez que causo un accidente. Con terceros y con culpa.

He ido a girar a la izquierda sin ceder a los que venían de frente. Ni siquiera vi que existían coches que venían de frente. Hasta que he tenido a la señora encima de mí.

Por suerte no ha sido grave, aunque ahora estoy sin coche. No ha habido ningún daño físico, ni mío ni de la otra señora. Pero por un lado, no sé cómo voy a ir a trabajar, y por otro, tengo un susto que no lo aguanto.

Cada vez que cierro los ojos veo el Nissan azul que viene en mi dirección. Los airbags saltando y el claxon sonando. Y huelo ese asqueroso olor a quemado (¿nitruro de sodio?) que venía con los airbags.

Que estoy exagerando, lo sé. No ha sido nada. De hecho tuve un choque más gordo en 2009, incluso con contractura muscular. Pero este es el primero que es por mi culpa, y este ha sido de frente (el otro fue por alcance). Este lo he visto venir, solo que demasiado tarde. Y, por otro lado, a alguien que hace 60 km cada día lo más normal es que le pase alguna vez algo de este tipo.

Y por supuesto, esto deja en suspenso mis clases de moto. No he parado de pensar que si me hubiera pasado en moto, me habría comido el suelo de mala manera.

Tengo que tener más cuidado y hacer las cosas mejor.